miércoles, 16 de julio de 2025

Querida Carmen, perdona que no te felicite hoy por tu santo pero...

Querida Carmen, o Pablo, o cualquiera que celebre hoy su santo, perdona que no te felicite hoy, pero...

Pero es que no soy yo de los que tienen estas cosas muy en cuenta. Tan arbitrarias, por otro lado, que si te llamas Jorge o Pilar te felicitan, pero si te pusieron Luis o Ángela, ni flores. En fin. Eso sí, si nos encontramos hoy por ahí, una palmotada en la espalda con un págate algo, no te lo quita nadie, eso faltaría. Que ya me he enterado bien de que hoy es tu santo.

Y ese es el tema. Que uno ya no puede ir por la vida tan feliz, sin saber quién cumple años hoy o qué santo se celebra: siempre hay alguien al punto de la mañana que te lo recuerda, quieras o no, y ya después, todo el mundo, con naturalidad, como si hubieran señalado en rojo ese día en su agenda más personal, se suma a la avalancha de buenos deseos, copas de champán, tartas, confeti y hasta fuegos artificiales, como si hubieran tenido todo eso escondido en el cajón de la cómoda esperando el gran día. Y es que en whatsapp es todo tan fácil y... tan barato.

Sí, ya sé que con esta actitud mía parezco un insociable y un desaborido. Probablemente lo sea. Pero de verdad que no es porque no te tenga aprecio, amigo, amiga. Tú bien lo sabes. Es otra cosa. Un abrazo.

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viernes, 14 de febrero de 2025

55 minutos

5:50 a.m. Suena la alarma del móvil de mi mujer. Es una música acariciante, tranquila. Muy apropiada para esas horas. No sé si el resto de la gente se preocupa por estos detalles, pero debería.  Nosotros, lo primero que hacemos cuando ella se cambia el móvil es eso, elegir juntos la melodía que nos despertará durante los próximos dos o tres años. Si eso no es importante, qué lo es. 


Ella suele levantarse un poco antes que yo, entre otros motivos, porque prefiere desayunar sola. Mientras la oigo trajinar por la cocina, disfruto a tope acurrucándome entre las sábanas.  No me despierto del todo. Solo lo justo para ser consciente de esa intensa sensación de plenitud. Y así permanezco quieto,  sonriendo para mí mismo, sabiéndome un privilegiado y gozando sin pudor de ello. 


Al poco, mientras oigo correr el agua de la ducha, el aroma a café y a tostadas se apodera de mí y me impulsa a levantarme mientras decido si me inclinaré por el aceite de oliva o por la mantequilla. Normalmente reservo esta para los sábados y me decanto por el otro entre semana, que escancio generosamente sobre la rebanada crujiente ya refrotada con un diente de ajo con su piel y todo.


Tras la fase salada, paso a las galletas, magdalenas, o cualquier cosa con la que poner un digno fin al  desayuno. En esas suelo estar cuando aparece mi esposa tan fresca y estilosa como para presentarse a un casting de una serie de abogadas de éxito.


─ Vas a llamar la atención de tan guapa, ─le digo sinceramente.

─ A qué fin ─me dice ella, sabiendo que miente, mientras me da un fugaz beso  antes de irse─. Hueles a ajo.

─Tranquila, no pienso besar a nadie más hoy.


Son las 6:45 de la mañana. De una mañana cualquiera. 


viernes, 22 de noviembre de 2024

¡Viva la música!

Acabo de encontrarme con este pequeño texto, muy apropiado para un día como hoy, que escribí en 2017 y que por algún motivo nunca llegué a publicar. Parece mentira lo que ha cambiado todo en solo  7 años; helaba en noviembre, y ¡se pirateaba música!

22 de noviembre de 2017

Lo que son las cosas. Esta mañana, sin haberme percatado de que se celebraba el día de Santa Cecilia, patrona de la música, me ha pasado  algo que... bueno, seguid leyendo y veréis de qué se trata.

Eran las ocho y media, hacía un frío intenso y me disponía a coger el coche que tenía aparcado en la calle San Joaquín de Barbastro. En esa calle, aun estando protegida del río por la calle de Las Fuentes, siempre se hielan los parabrisas de los coches en invierno. Y a pesar de que estamos en este otoño seco y más cálido de lo habitual, por las mañanas la rosada cae con la misma fuerza de siempre.

Así que he rebuscado en la guantera y he encontrado lo que necesitaba. Una vieja cinta de cassette que conservo exclusivamente para estos menesteres.
No se ha inventado nada como una cassette para rascar el hielo del parabrisas. Pero debe usarse como cuchilla la parte donde se lee la cinta magnética, con lo que tras la operación queda inutilizada como soporte musical. Pero quién, salvo algún nostálgico, utiliza las viejas cintas para oír música hoy en día.

Era una cassette TDK de las grabables, inocentes precursoras de la masiva piratería actual. No tengo ni idea de qué debí de grabar en esa cinta seguramente allá por los años 80. Quizá un LP de Boney M, o algo de La Orquesta Mondragón. No lo sé. Lo curioso es que pasados más de treinta años aquella música me ha vuelto a sacar de un apuro. Y siendo hoy el día que es,  quién sabe, quizá Santa Cecilia haya tenido algo que ver.


domingo, 20 de octubre de 2024

Barbastro - Zaragoza: el viaje

Este texto aparece en el libro Azules y Tierras. Barbastro y otros mundos. Un gran libro sobre la memoria en el que tuve el honor de participar junto a más de 160 firmas, muchas de reconocido prestigio, gracias a la inciciativa y coordinación de Juan Carlos Ferré y que se publicó en 2022 a beneficio de la Asociación Alzheimer de Barbastro Somontano.


Barbastro - Zaragoza: el viaje

Abril de 2021. Este fin de semana deberíamos haber ido a dar una vuelta por la casa de Barbastro. Con esto de la pandemia en un año casi no hemos aparecido por allí. Y hay que ir al pueblo de vez en cuando. Estuvimos hablando del asunto mi mujer y yo, pero ninguno de los dos mostró una urgencia excesiva. Total, que aquí nos hemos quedado. En Zaragoza.  Nunca he sido de mucho viajar.

Después de todo este tiempo casi sin salir de casa,  así como mucha gente está loca por tirarse a la carretera, a mi resulta que me da más pereza que antes  lo de hacer las maletas, coger el coche y todo eso. No sé si será una especie de síndrome de Estocolmo o qué. En fin. Quizá la semana que viene nos animemos.

Este asunto me ha traído a la memoria los viajes que hacíamos con mi familia a la capital maña cuando era yo un crío, en los 70. Íbamos una o dos veces al año. Era un viaje importante. Solíamos aprovechar el día de San Ramón del Monte, por ser fiesta local en Barbastro.  Mi madre, mi hermano y yo viajábamos detrás y mi abuelo Domingo al lado de mi padre que conducía su flamante 600 descapotable de color beige. Cuando veo uno de esos hoy, aparte de la ternura que me inspira,  me parece que estoy ante un coche de juguete. Solo meternos allí los cinco era ya una aventura. Y claro, el viaje era toda una odisea. 

Al pasar por El Pueyo mi madre nos hacía rezar un avemaría para que la Virgen nos protegiera de los peligros que nos esperaban. No era para menos. La  estrecha y bacheada carretera se las traía. Sobre todo en las empinadas revueltas de bajada y subida que había que dar hasta cruzar el puente sobre el río Alcanadre a la altura de Lascellas. Por lo que nos contaban, muchos coches, incluso autobuses, se habían despeñado por aquellos desfiladeros. Daba miedo. Pero pasado ese mal trago tocaba atravesar Angüés y después Siétamo. En el primero de estos pueblos se solía parar a la vuelta a comprar pan o pastillos en la panadería que había en la  misma carretera. Tenían mucha fama. Aunque, en cuestión de pastillos, que me perdonen, pero el de calabaza, que es el que más me gusta, no alcanzaba ni de lejos el punto del que hacían y hacen en la panadería Sierra de mi pueblo.  

Pero volviendo al viaje, al  rato estábamos pasando por el centro de Huesca. Allí, alguna vez parábamos a la ida o a la vuelta a tomar un chocolate con nata o  una copa de nata a palo seco en la Granja Anita. Era algo sublime que no habíamos visto nunca en Barbastro. Faltaban siglos para que se inventaran los sprays que venden en los supermercados  y que ahora conocen tan bien en la mayoría de bares y restaurantes. Allí tenían una máquina que hacía nata de verdad. Chantillí, le llamaba la gente fina. Un placer solo comparable a un buen chute de leche condensada directamente del tubo. Una locura. 

Aunque ya digo que no siempre se paraba en Huesca. Siguiendo la ruta, lo que sí era obligatorio a esas alturas del trayecto, era la parada a media mañana en Las Parras de Zuera. Había un amplio aparcamiento de tierra y gravilla al otro lado de la carretera en el que siempre había montones de coches y camiones, señal inequívoca de los sitios en los que hay que detenerse, sí o sí,  a reponer fuerzas. Se debía tener mucho cuidado al cruzar, pues también allí había muerto mucha gente atropellada, según decían. Y el sitio estaba siempre abarrotado. Pero valía la pena arriesgarse. ¡Ah, aquellos bocadillos de tortilla recién hecha! Creo que solo  los que nos zampábamos con los amigos  en el bar París de la calle Monzón, años después, alcanzaban ese nivel. Desde luego, es lo que requería un viaje de aquella envergadura. Así que, ya con fuerzas renovadas, encarábamos la última etapa hasta Zaragoza. Así, de tirón. ¡Bueno era mi padre con el seiscientos!

Aparcábamos el coche, no era cuestión de dejarlo por ahí en cualquier sitio,  en el garaje de la Posada de las Almas, donde más tarde comeríamos el menú del día. Creo recordar aquel vetusto comedor iluminado con una gran vidriera de Los Borrachos de Velázquez. Un lugar mágico con más de tres siglos de historia que desgraciadamente cerró ya hace unos años y  por el que todavía rondarán los espíritus de sus huéspedes, famosos toreros, artistas, políticos  y hasta el mismísimo Goya, según las crónicas.

Y ya a pie, empezábamos el recorrido habitual por la ciudad. Las bombas del Pilar era lo que más nos interesaba a mi hermano y a mí. Después,  las escaleras mecánicas del Sepu, donde además, siempre nos compraban alguna cosa. Luego, a Hierros Alfonso, en el Coso, la ferretería total, que sigue siendo hoy uno de los mejores lugares para  encontrar cualquier cosa que uno necesite al modo tradicional, es decir, preguntando al personal de la tienda. Esta era siempre una visita obligada por motivos comerciales. Mi abuelo compraba allí, al por mayor, clavos, tornillos, etc., y él a su vez les suministraba, esto ya por Transportes Viñola o Casasnovas, mangos de guadaña y sillas plegables que "fabricábamos" en el taller familiar. Lo pongo entrecomillado porque yo, como ya he contado en alguna ocasión y para disgusto de mi abuelo y mi padre, pronto me declaré unilateralmente alérgico a la madera. Qué paciencia tuvieron conmigo. 

Después de comer, paseábamos un rato por la calle Alfonso y entrábamos en los almacenes Gay, que también tenían escaleras mecánicas. ¡Qué maravilla! Luego comprábamos frutas de Aragón y adoquines de caramelo para algún compromiso, ya se sabe, lo normal cuando se viaja, y preparábamos la vuelta a casa, que mi hermano y yo haríamos medio dormidos después de tanta peripecia. Soñando con lo que íbamos a fardar al día siguiente con aquellas camisetas rojas con un escudo y aquellas cantimploras de plástico azul que nos habían comprado.  Me río yo de Cancún. Aquello eran viajes.


lunes, 5 de agosto de 2024

Nacido en la calle Las Fuentes

Artículo publicado en el librito que edita cada año para las fiestas  la asociación de vecinos del barrio de San Joaquín de Barbastro. La calle Las Fuentes es una de las más  representativas del barrio y del propio municipio.


Yo nací en esta calle, en el nº 44 para ser exactos, y, para ser más preciso aún, en el dormitorio de mis padres, que estaba justo tras uno de los dos balcones de la fachada principal. Mi madre, con la ayuda de la comadrona, llevó el asunto razonablemente bien, según me contó, aunque desde que empecé a asomar la cabeza a primera hora de la mañana estuve remoloneando un buen rato, como me confirmó  Avelina, de “Casa Latre”, vecina y amiga de mi madre desde niñas, que estuvo esperando impaciente a ver si nacía. Había dejado abajo el carro lleno de  verduras para ir a su puesto en la plaza del Mercado, muy cerca  del sitio que hoy ocupa el monumento a las hortelanas, magnífica obra en bronce de José Noguero, oriundo por cierto de la misma calle Las Fuentes, donde su padre tenía una carpintería.

Por aquel tiempo, Antonio, padre de Avelina, estaba construyendo, pared con pared con nuestra casa, el edificio alto de pisos de alquiler por el que tantas familias de Barbastro y de fuera pasaron hasta principios de los 90. El mismo Antonio, al poco de nacer yo, fue el que oyó los gritos y saltó por el tejado hasta la falsa de  casa para auxiliar a mi madre, que, conmigo en brazos, intentaba defenderme del ataque furibundo de un gato que, no se sabe por qué, saltó sobre ella y sobre mí con una saña inusitada. Yo no sufrí ni un arañazo, pero mi madre estuvo tiempo recuperándose de las heridas que le provocó el animal. Me contó varias veces aquel extraño suceso, en el que el gato acababa dentro de un saco en el fondo del río Vero. En aquellos años no se andaban con chiquitas. 

Acabada la obra, los bajos se utilizaron mucho tiempo como vaquería, por lo que,  ya de chaval, mi madre me mandaba a diario a por la leche recién ordeñada. Para ello utilizaba el mismo cazo vitrificado, azul por dentro y marrón por fuera,  en el que  se herviría después. La propia Avelina se encargaba de llenarlo con una vetusta medida de medio litro que sumergía en la enorme lechera de aluminio que tenían en la cocina de casa. No resultaba muy cómodo transportar aquel recipiente casi lleno sin tapa y sujeto por un asa lateral que pesaba lo suyo, pero,  en compensación, una vez fría y azucarada, me solía  zampar, a cucharadas o sobre una rebanada de pan, la generosa cantidad de nata que se quedaba en la superficie tras el hervor. Una delicia.

Hablando de delicias, recuerdo perfectamente el intenso aroma a tomate que en verano inundaba la calle, especialmente cuando se embotellaba, con ayuda de un embudo y una  aguja gorda de las de hacer media. En aquella época no eran comunes los botes con tapa a rosca por lo que las botellas de vino o licores eran el único recipiente apropiado para conservar durante el resto del año aquellos excedentes de tomate. En mi casa no teníamos huerta, pero sí muchas familias amigas de la propia calle que nos suministraban de todo y en cantidad. ¡Qué suerte la nuestra!

Justo en frente del balcón que he comentado al principio,  donde pasábamos muchos ratos en verano con la persiana a modo de toldo, había un almacén del ayuntamiento en el que se guardaban los útiles de la limpieza urbana. Pasé horas mirando al personal que entraba y salía de allí con aquellas enormes y rústicas escobas y aquellos carros grises con cubos de cinc en los que se recogía la basura. No es de extrañar que cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, dijera sin dudar: “barrendero”, lo que provocaba la lógica sorpresa de quien solo pretendía ser cortés, ante  mi madre o mi padre, con aquel crío cabezón y timiducho  que era yo.

Calle Las Fuentes desde el balcón de mi casa en los años 70. A la derecha, Casa del Guish, ya desaparecida, que lindaba con el almacén municipal hacia el que se dirigían los operarios del centro de la imagen


Otro de los entretenimientos en aquel balcón era ver el trasiego de remolques cargados de olivas, camiones cisternas y demás  que generaba el molino de Aceites Noguero, que estaba justo al lado del local del ayuntamiento. El intenso aroma de las aceitunas maduras rezumando su apreciado néctar  persiste en mi memoria tanto como el de los tomates, o el del pan con vino y azúcar en las tardes de verano. 

Está claro que no se es (o no se debería ser) más ni menos por haber nacido en un sitio o en otro, pero lo que sí es seguro es que el lugar y la época en que uno creció, sus gentes, sus circunstancias, conforman una parte importante de lo que uno acaba siendo.  Algo que permanece para siempre y que, en mi caso, me permite decir con orgullo: “Soy de Barbastro, nacido en la calle Las Fuentes”.

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domingo, 14 de enero de 2024

El sueño de Dominic

Tras el éxito obtenido el año pasado con el cuento titulado "¡Chas!" este año he repetido con este otro. Esta vez, el tema era "inclusión y medio ambiente". 

Ahí va:



El sueño de Dominic



En un lugar recóndito del África Central. 2003.


Hacía unas horas que se habían apagado los motores. Un silencio bullicioso de humedad y vida volvía a llenarlo todo,  como si nada hubiera pasado, como si los bulldozers no acabaran de  rasgar con sus zarpas aquel bosque milenario. Una herida roja y profunda de barro y raíces sangrantes palpitaba  ante la mirada entre incrédula e indiferente  de monos, serpientes y otros habitantes de la selva. Dominic y los suyos, sin embargo, sí sabían qué significaba todo aquel desastre. Desde que llegaron las primeras máquinas que taladraban la tierra dos años antes todos decían que iban a abrir una mina para extraer la piedra negra. Cuando empezaran a machacar y lavar el mineral, el fértil valle en el que familias como la suya vivían de la mandioca, el  café, el azúcar, quedaría cubierto de un lodo oscuro que arruinaría sus tierras para siempre. Eso contaban que había pasado en valles vecinos.  Su padre y otros como él habían protestado ante aquel atropello, pero los soldados se los llevaron y nunca más se supo de ellos. Esa noche, Dominic sintió que aquella llaga en la jungla  se abría en su pecho con tal violencia que el grito que salió de su garganta acalló por unos instantes el estruendoso fragor de la selva.



Isla del Hierro. 2005


Por primera vez desde hacía mucho, al sentir la ropa seca y el abrazo de aquella mujer joven que lo miraba con ternura, Dominic se echó a llorar. Lloró durante mucho rato, hasta que los sorbos a un tazón de sopa caliente consiguieron serenarle. Cuando le preguntaron su edad, dijo que tenía 13 años, aunque no estaba muy seguro. Desde que tuvo que abandonar el poblado, su vida había sido tan desgraciada que  sobrevivir día a día e intentar salir de aquella miseria se habían convertido en su única y agotadora ocupación. Al poco, empezó a notar que el aire salado ya no le quemaba la garganta y vio que el sol volvía a brillar en el horizonte con aquella luz que le recordó a la que iluminaba la plaza de su aldea a la hora del recreo. Sí. Ahora podría volver a pensar en el futuro otra vez.



París. 2023


Agencia EFE.  El Dr. Dominic Rêveur, que dirige el departamento de desarrollo de  materiales para las nuevas tecnologías y el medio ambiente del prestigioso instituto INTCZ, cuyos laboratorios principales se encuentran en Zaragoza,  presentó ayer ante la comunidad científica los alentadores resultados que están obteniendo con los nuevos materiales sintéticos a base de carbono y sílice que sustituirán muy pronto a los que hasta ahora se extraían de minerales como el Coltán, que tantos desastres humanos y ambientales han generado y todavía generan en muchas regiones del mundo, principalmente en el África Central. 



Vuelo París Beauvais-Zaragoza. Horas más tarde


Dominic, reclinado en su asiento del avión, repasaba la parte final de la nota  que le habían pedido desde el Instituto para enviar a los medios:


…“Los avances científicos pueden ser y serán de gran ayuda para lograr un futuro mejor para la sociedad y el medio ambiente,  pero si estos avances no van acompañados de unas políticas valientes que favorezcan la verdadera cooperación y la paz entre los pueblos de la tierra, de muy poco servirán. Mientras nuestros dirigentes se dejen llevar por el egoísmo y los intereses económicos  en vez de dedicar su esfuerzo a luchar por la solidaridad entre las naciones y por la igualdad entre todas las personas, de poco valdrá todo el trabajo que muchas de estas personas hacen en el campo de la ciencia para que nuestros hijos puedan vivir en un mundo mejor, más humano y sostenible”.


Cerró el portátil y cogió el móvil. Había prometido  a su madre que la llamaría cuando acabara el acto y, con la vorágine de entrevistas y felicitaciones, todavía no lo había hecho. La pantalla negra reflejó su rostro cansado. Y durante un breve instante creyó  ver que los ojos que le miraban eran en realidad los de aquel niño asustado en medio de la selva. Miró por la ventanilla y allí seguía aquella mirada que ahora empañaba una lágrima  mientras la herida roja del atardecer se cerraba en el horizonte.


― Hola mamá. 


― Si. Todo ha ido bien. 

domingo, 3 de septiembre de 2023

Caminar o correr, esa es la cuestión.

De haber nacido hombre de armas en la Edad Media seguramente hubiera tenido la funda de mi espada hecha unos zorros, pero no por mi fiereza en combate, no es lo mío, sino por la de veces que me la habría tenido que envainar. Veréis por qué digo esto.

Si alguien ha seguido en este blog  mi pequeña trayectoria en esto del correr, sabrá que al principio ensalcé las virtudes de mi flamante Garmin, uno de los primeros relojes con GPS, para, al poco tiempo, renegar de su uso aduciendo que era más el estrés que me provocaba estar pendiente del aparatito, que lo que realmente me aportaba. También hice al poco una encendida soflama sobre la superioridad del trote frente a la caminata

Pues bien, respecto a lo primero, después de diez años sin ningún tipo de gadget, he vuelto a caer. En mi defensa diré que no ha sido por iniciativa propia, sino porque me  regalaron para  mi cumple uno de estos nuevos relojes deportivos que abultan lo que uno normal y te dan hasta la hora. La cosa es que desde que lo tengo me he habituado a llevarlo puesto todos los días en vez de el reloj clásico, creo que porque me reconforta ver que prácticamente siempre supero holgadamente el 100% de actividad física diaria recomendada. Uno es así de simple.

Y en cuanto a lo de correr o caminar, que es lo relevante, tengo que decir ahora que gracias al relojito este he descubierto que los beneficios que obtengo de la actividad física no dependen tanto de la intensidad del ejercicio como de la distancia recorrida. Es más, por lo que me dice mi reloj tras registrar dos sesiones de entrenamiento con distancias similares, caminar a buen ritmo 10 km quema mucha más grasa que si hago esa misma distancia corriendo:




No me creo a pies juntillas lo que dicen estos cacharros, sobre todo en las variables calculadas como las calorías quemadas y demás, pero aunque los números no sean muy precisos, al menos las tendencias supongo que sí tienen su fundamento. 

Pero es que aparte de los datos anteriores, que como digo pueden ser cuestionables, lo que también he notado es que desde que subo caminando a trabajar todas las mañanas, unos cuatro kilómetros, me encuentro tan en forma o más que cuando salía a correr tres o más días por semana (ahora salgo  una o dos veces). 

Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

 

domingo, 9 de julio de 2023

Un cinco no es suficiente

Uno se las da a veces de cultureta con criterio hasta que la realidad te agarra por los hombros y te dice: "Pero quién te has creído que eres, chaval". 

Eso me pasó más o menos aquella noche. Veréis. Habíamos acabado de cenar pronto y pensamos en ver alguna película. Solo quedaba decidir cuál. Casi nada. Mucho antes de que las plataformas llegaran para hacernos la vida más fácil y feliz, ¡Ja! te podías pegar un rato zapeando entre canales buscando algo interesante sin encontrar nada, sí,  pero ahora... ahora la cosa es mucho peor. Como las opciones son infinitas, si no tienes muy claro qué es lo que buscas, algo de lo más habitual al menos en mi caso, el fiasco está prácticamente garantizado. Y ya si estás tres o cuatro para ponerte de acuerdo, lo normal es no llegar a ningún consenso, obligando a los más prudentes a retirarse a sus aposentos antes de acabar a malas mientras tú acabas solo en el sofá amodorrándote con uno de los episodios de Viaje al centro de la tele. Tanta gaita para volver a La Primera y encima para ver lo mismo que veíamos en el siglo pasado. En fin. 


Pero ese día sí tenía una idea concreta. Un amigo me  había recomendado  "Cinco lobitos", película bien valorada por crítica y público por lo que enseguida hubo quorum y le dije a mi hijo que la buscara sin más. Vale. Con poner "cinco", será suficiente, convinimos ingenuamente los dos. Efectivamente, al momento nos aparecieron unas cuantas pelis que incluían ese numeral en el título, entre ellas la que queríamos, claro. 

El problema es que justo al lado nos apareció una cuyo título nos llamó poderosamente la atención: "El ataque del tiburón de cinco cabezas". Con ese nombre estaba claro que se trataba de un subproducto de ínfima calidad. Pero, no sé cómo, una mezcla de curiosidad y olor a sangre debió de nublar nuestro sentido común. Un rápido vistazo a Filmaffinity un 2,2 sobre 10 tenía de valoración―, nos terminó de convencer y dejó al descubierto nuestro lado más friki: una película tan mala merecía una oportunidad, nos dijimos. Y he de decir que la cinta, que visionamos de principio a fin los tres que estábamos en casa, cubrió totalmente nuestras expectativas. 

Días más tarde, ya recobrada en parte la cordura, vimos por fin "Cinco lobitos" y nos gustó mucho. Una película totalmente recomendable. Pero no sé por qué me da que después de leer esto habrá quién ponga "cinco" en el buscador y no pensando precisamente en los últimos premios Goya. No pasa nada. Hay momentos para todo.

martes, 20 de junio de 2023

Solo para adultos

Desde que los chicos son mayores, solemos, mi mujer y yo,  pasar unos días tranquilos en la playa a primeros de junio, cuando todavía puedes pasear por la orilla sin hacer equilibrios para no pisar a nadie. Se está bien, sí, aunque últimamente, serán cosas de la edad, empezaba a importunarnos demasiado la algarabía constante que montaban los críos en los hoteles a los que íbamos; en el comedor, en la piscina, por no hablar de las diabólicas actividades de animación con canciones infantiles a todo volumen que, curiosamente, solían empezar justo a la hora de la siesta. No podéis ni imaginar las estrofas alternativas que se me ocurrían en ese delicado momento cuando empezaba a sonar el "Veo veo, qué ves...". Así que este año, antes de que la cosa fuera a mayores, decidimos buscar un hotel "sin niños".   

Y por lo que pudimos ver, no éramos los primeros en relacionar relax vacacional con ausencia de chiquillería corriendo o berreando a tu alrededor: la oferta de este tipo de establecimientos es sorprendentemente abundante. En realidad, parece ser que no es legal prohibir el alojamiento de familias con hijos pequeños en ningún hotel de cualquier categoría, pero la sola recomendación "para adultos" junto con  la inexistencia de piscinas de chapoteo, tronas, menús infantiles, etc., suelen disuadir al más despistado. Total que reservamos nuestra escapada romántica en lo que parecía, por las fotos,  un hotel idílico especial para parejitas. ¡Qué emoción!


Una de las  imágenes promocionales de la cadena de hoteles con la etiqueta "solo para adultos" en la que nos hospedamos. 


Nada más llegar, para hacer hora mientras nos preparaban la habitación, nos fuimos a la piscina a refrescarnos un poco. Y sin necesidad de tocar el agua nos dimos un buen baño, pero de realidad. La media de edad rondaría los 70 años. De repente estábamos en una especie de previo de los viajes del Imserso muy distinto del glamuroso pack vacacional que creíamos haber contratado.  Me voy a dar un chapuzón, dije. Pues yo me voy a tumbar un rato al sol. El agua estaba agradablemente fría y las tumbonas eran magníficas.

Queríamos tranquilidad, y la tuvimos.  A paladas.  Y no teníamos nada que alegar. Elegimos un hotel solo para adultos, y aquello lo era. En vez de carritos de bebé, había andadores y sillas de ruedas. Al fin y al cabo, es lo que probablemente nos tocará utilizar en unos años. Y ya puestos, más vale ir haciéndose a la idea.

En fin. Un ejemplo más de cómo el devenir de la vida lo va poniendo a uno en su sitio, unas veces con  sutileza, otras bruscamente, pero siempre de forma inexorable. Da igual las ideas y fantasías que uno tenga en la cabeza. La vida  manda.

Aparte de todo, estuvimos de maravilla. Y es que, independientemente de la edad que uno tenga, si se tiene la suerte de tener más o menos para vivir y algo de salud, tanto si estás en tu pisito,  como en un hotel de lujo o incluso en el pueblo con los suegros, esto de estar por el mundo, no me digáis que no,  sigue siendo de lo más entretenido. 

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domingo, 12 de febrero de 2023

El jilguero y el Kindle

Hace ocho años una buena amiga de mi mujer le regaló este libro acompañado de una cariñosa nota manuscrita (por la que he sabido lo de los años). En ese tiempo, ambos, mi mujer y yo, hemos hecho algún intento de abordar la lectura de esta monumental novela, pero para enfrentarse a un tocho de casi 1200 páginas, hay que tenerlo muy claro. Y como siempre había  otras lecturas más ligeras a mano, no veíamos el momento de atacarlo. No obstante, en su defensa (del libro), tengo que decir que durante todos estos años ha mantenido intacta su dignidad: nunca abandonó su posición de privilegio sobre la mesilla de noche, eso sí, la de la casa del pueblo. Y como la perseverancia lo puede casi todo, al final, esta pasada Navidad le llegó su turno.

Después de volver a encontrarme por ahí con alguna elogiosa referencia a esta obra y aprovechando que tenía unos días de vacaciones pensé que sería una buena ocasión para enfrascarme en su lectura. Y así fue. La novela narra en  primera persona el tortuoso tránsito de la niñez a la edad adulta de un chico corriente que pierde a su madre en un dramático suceso que marcará toda su vida. Esto que podría parecer así una historia mas o menos convencional, se convierte en una  lectura apasionante gracias a las peculiares circunstancias que envolvieron aquel trágico incidente y a la magistral y cercana forma de narrar que tiene Theo, el protagonista por obra y gracia de la autora, claro—,  que hace que empaticemos inmediatamente con él y no tengamos gozosamente  mas remedio que acompañarlo hasta el final. 

El único problema que le encontré al libro era su volumen y su peso. Una cuestión ajena a su contenido pero que me hacía entre algo y bastante incómoda su lectura. Y es que para uno que está acostumbrado a leer en posturas más bien yacentes en el sofá o en la cama, tener un peso de casi kilo y medio apoyado en el esternón o, casi peor, sujeto en el aire con una o con las dos manos, resulta al cabo de un rato bastante engorroso, la verdad. Y es aquí donde la pura suerte vino a hacerse cargo del asunto de la forma más providencial, como sucede solo muy de vez en cuando.

En papel o en ebook. Un pedazo de libro.

Nunca nos habíamos interesado en casa por los lectores de ebooks, los llamados eReaders. Para qué más cacharros electrónicos habiendo libros de papel. Pero mira tú por dónde que justo en esos días previos a la Navidad, ya enganchado y un poco magullado— con "El jilguero". O sea que me vino como caído del cielo. Qué cosa más ligera y práctica. Y además se puede leer con la luz apagada sin molestar a nadie con la suave retroiluminación que incorpora. Una maravilla. 

Aunque cada vez que paso por la estantería y veo el ejemplar de papel, allí, anónimo, uno más entre  otros muchos libros que sí tuvieron la dicha de ser leídos página a página... Él que estuvo tantos años  junto a nuestra cama, como un perro fiel, esperando paciente nuestra atención. ¡Maldita sea!  Cuando lo veo allí, tengo que apartar la mirada. 


jueves, 26 de enero de 2023

¡Chas!

Con este breve cuento, obtuve el primer premio en un concurso convocado por el organismo público para el que trabajo. Debía girar en torno a dos ejes, el agua y la igualdad, y no debía superar las dos páginas. Nunca me había dado por escribir un cuento, pero lo tomé como un reto, y parece que el resultado convenció a la mayoría del jurado. El otro día una compañera me dijo que se lo leyó a su hija pequeña  a la hora de dormir y se quedó un rato con los ojos como platos  haciéndole preguntas sobre las protagonistas de la historia. Me doy por satisfecho.

Aquí va el cuentecito:

¡Chas!

Flora y Pura se conocieron por casualidad una mañana de principios de verano a la sombra de una higuera. Aunque para ellas el tiempo discurre mucho más lento que para las personas, las gotas de agua no tienen una vida independiente muy larga que se diga, así que nada más verse se pusieron a hablar de sus cosas. Flora, orgullosa de su transparencia, le contaba a Pura que había nacido esa misma mañana justo debajo del pétalo de una Margarita. Había pensado llamarse Rocío, como la mayoría de las que llegaban al mundo de aquella manera, pero le parecía un nombre demasiado corriente para una gotita tan preciosa y singular como ella. Pura, a su vez, le contó que había caído hacía un rato sobre la hoja de trébol en la que estaba desde la higuera, donde fue a caer la tarde anterior durante un chaparrón. Las dos presumían de su noble origen, al que atribuían sin duda su belleza y frescura.

En esas estaban cuando vieron allí al lado a una humilde y turbia gotita que se había quedado agarrada al tallo de una amapola.

—Y tú, ¿quién eres y de dónde has salido? —le dijeron las dos entre risitas.

—Me llamo Chas.

—¡Ja, ja! ¿Pero qué nombre es ese? —rieron Flora y Pura al unísono.

—No sé, es lo primero que oí cuando nací esta mañana. Mi mamá, a la que solo pude ver un momento mientras se colaba en la tierra, era una gota cristalina como vosotras y al caer desde esa higuera sobre el suelo, ¡Chas!, salí salpicada y llegué hasta aquí.

—Como nosotras, dice. ¿Pero has visto qué pinta tienes? Ni siquiera se puede ver nada a través de ti. Tú nunca serás como nosotras. Además, nuestra madre no está enterrada como la tuya. La mía está en el aire —dijo Flora— y la de Pura en el cielo, ¿verdad, querida? —dijo mirando cómplice a su amiga.

—Pobrecita. Qué historia más triste.

Y así, Flora y Pura siguieron a lo suyo sin hacer caso a Chas que las miraba algo afligida sin entender muy bien por qué la trataban así.

Aunque Chas solo conoció a su madre un instante, en términos humanos, ya sabemos que para las gotas de agua el tiempo va muy, muy despacio, pudo escuchar lo que ella le decía mientras se iba infiltrando poco a poco en la tierra húmeda:

“Pequeña Chas, no tengas miedo. Aunque ahora te encuentres sola y tu aspecto no sea tan brillante y limpio como el de las demás, debes saber que eres tan importante como ellas. Todas tenemos el mismo valor. Separadas parece que no somos nada, pero juntas somos capaces de dar la vida a todo lo que nos rodea. Ese simple tallo sobre el que estás ahora, nos necesita. Yo misma voy a saciar su sed en un momentito. Y sí, podrás sentir mi caricia y mi dulzor, cuando suba a tu lado en forma de savia. Y yo notaré tu abrazo al pasar junto a ti. Y puede que esta misma tarde, volvamos a estar juntas de nuevo en esas hojitas de arriba, desde donde, quizá mañana, volvamos a ascender hacia lo alto ya sin ser nosotras mismas para, más tarde, juntas o separadas, aquí, o en la otra parte del mundo, eso no importa, volver a ser nuevas gotas de agua y poder cumplir nuestra importante misión. Es el milagro de la vida, hija mía. Hasta siempre.”

Y mientras recordaba emocionada estas palabras de su madre, Chas, ya mucho más tranquila, empezó a notar una leve brisa que la hizo tambalearse y empezó a descender. Mientras lo hacía se topó con Pura y Flora, que la miraban sorprendidas viendo que su destino común se aproximaba de forma inexorable.

No temáis —les dijo—, agarraos a mí, todo irá bien.

martes, 3 de enero de 2023

El gran libro de la memoria de Barbastro y otros mundos. El mejor regalo de Reyes.

Cuando Juan Carlos Ferré me propuso hace ya dos años colaborar en este libro a beneficio de la asociación  Alzheimer Barbastro y Somontano me sentí muy honrado e ilusionado. No era para menos. Iba a ser la primera vez que uno de mis escritos aparecía en un libro de verdad. Al principio pensé que se trataría de un volumen recopilatorio con una treintena de artículos o así, que no estaba nada mal, pero con el paso de los meses, la amplitud de  miras de Juan Carlos y su red de contactos (y contactos de contactos) hizo que el proyecto fuera creciendo tanto en volumen como en diversidad de contenidos y formatos hasta convertirse en la obra monumental que podemos disfrutar hoy. 

Me atrevo a decir que el libro, titulado "Azules y tierras: Barbastro y otros mundos", está compuesto de lo mismo que están hechas nuestras propias vidas: de memoria. Y en eso confluye plenamente con el objetivo de la asociación a la que se destinarán los ingresos que genere su venta: luchar contra el olvido. Mantener vivo el recuerdo de lugares, de personas, de historias que sucedieron, es de lo más importante y humano  que podemos hacer, también por nosotros mismos.

El libro incluye cientos de interesantes artículos y contenidos gráficos de otros tantos autores, algunos de ellos tan relevantes como Manuel Vilas, por ejemplo.

Un regalo muy recomendable para hacer y para hacerse.

De venta en las librerías de Barbastro. 

(También disponible para comprar por internet.)


jueves, 8 de diciembre de 2022

¿Estuvo Grace Kelly en Salou?

ADVERTENCIA: los hechos que se narran a continuación podrían herir la sensibilidad de alguien.


Hace unos días, en una de esas agradables sobremesas entre amigos que te refuerzan  las ganas de vivir,  nos contó uno la escena que vio y que le dejó impactado hace muchos años. Tan divertida me pareció la anécdota, que pensé que sería bueno compartirla  para que más gente pudiera disfrutar de ella. Así que, ahí va: 

Sería a mediados de los 80. Estaba el hombre veraneando en Salou y como de costumbre, después de un chapuzón, paseaba por la orilla de la playa disfrutando del relajante efecto de la arena mojada bajo los pies. Antes de dar la vuelta, donde empiezan las rocas húmedas e irregulares que forman el espigón que separa la playa del puerto deportivo, vio a un par de chiquillos jugando por allí. El más pequeño, que tendría cuatro o cinco años, se encaramaba en cueros por aquellos riscos mientras su hermana, del parentesco se enteraría enseguida, más modosita, hacía surcos en la arena con una pala. Una estampa playera de lo más convencional, vaya. A pocos metros, bajo una sombrilla y con un churumbel agarrado a una teta, estaba sentada la que sería la madre de las criaturas que, con voz acorde a su generosa constitución, gritó:

«¡Gracekelly, Gracekelly! ¡Saca a tu hermano de ahí que se va a desollar los huevos!»

(Hay que puntualizar aquí que el glamuroso y peculiar  nombre de la niña,  fue pronunciado con arreglo a las normas estrictamente castellanas. Con todas las letras).

Pocas veces las ínfulas principescas y el desparpajo más popular habrán fusionado de manera tan graciosa y contundente, no os parece. 



O sea que sí, Grace Kelly estuvo en Salou.


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sábado, 8 de octubre de 2022

Díxame pescá con tú

Si  me hubieran dicho hace tan solo tres meses que me iba a leer una novela escrita en aragonés, así, sin rechistar y sin que nadie me lo mandara, seguramente habría puesto cara de "qué me estás contando". Pero ya sabéis cómo va esto, más vale no decir de esta agua no beberé, porque fácil que al poco estés bebiendo de esa misma, pero a morro.  Pues eso, que no solo acabo de leerme la novela del título, sino que la he disfrutado de principio a fin y, ojo, ¡sin haber tenido que mirar ni una sola vez el diccionario! 

Y os preguntaréis y sino es  igual porque os lo voy a contar de todas formas qué  bicho me ha picado para haberme hecho cambiar así de rumbo. Pues uno de buen tamaño, más grande que yo, al que me arrimé este verano junto a la plaza de toros de Barbastro. Estábamos dándole al jamón y al pan con tomate en un picoteo que se había organizado con motivo del festival BFOTO y empezamos a charrar de una cosa y otra. Entre el vino del somontano, la buena noche que hacía y varias aficiones que vimos que teníamos en común, congeniamos enseguida. 

Así que al día siguiente, rechirando por internet, me encontré con varios escritos de Chuan de Fonz, que es el nombre artístico que Juan Carlos Marco me dijo que empleaba para estos menesteres y, ahí empezó todo. Este Chuan es un fenómeno. Tiene una gracia especial para contar historias realmente divertidas, en las que el uso del aragonés es un elemento fundamental.  Para mi, que nunca me había interesado mucho por esto de las lenguas autóctonas, fue como una revelación.

Y es que leyendo los textos de Chuan me he dado cuenta de la cantidad de modismos aragoneses que reconozco como propios, o al menos me resultan muy familiares, porque los he oído a mi padre, a mis abuelos,  que eran de La Fueva, o a los de mis amigos que eran de Olsón, de Abizanda, de Estada,... Incluso mi madre o mi abuelo Domingo que eran nacidos en Barbastro, usaban también muchas de esas expresiones que hoy sigo usando.  No sé si quien no haya vivido por estas redoladas  entenderá tan fácilmente esta fabla, pero por probar poco perdéis, porque si sí, que casi seguro que sí, ya tos digo yo que tos ferá gozo.

Esta es la novela de Juan Carlos Marco que obtuvo el  Premio de Novela Corta en Aragónes Ziudá de Balbastro en 2018.  Me ha encantado. Aunque el título pudiera hacer pensar a alguien que se trata de un cuentito simple sin demasiado enjundia, de eso nada, es una novela moderna, bien estructurada y con mucha miga. Trata sobre un joven estudiante alemán que en los años 60 se traslada a un pueblo de la baja Ribagorza, donde, aparte de estudiar la lengua propia del lugar, en la que está escrita la propia novela, se enamora de una moza de armas tomar. Las vicisitudes que atraviesan a lo largo de toda su vida sirven para tejer esta emotiva historia sobre la familia, el amor, la amistad que mantiene el interés hasta el final. Y lo bueno es que el aragonés en que está escrita enriquece mucho la propia obra. De alguna manera, el acerbo cultural de las gentes que habitaron estos territorios, que son los nuestros, continua vivo en esas palabras, y seguirá vivo mientras haya quien siga hablando, escribiendo o leyendo estas lenguas. Pero lo mejor de todo es que no hay que esforzarse, solo hay que abrir el libro y empezar a pasarlo bien.






viernes, 29 de julio de 2022

Perdición

El otro día vi por ahí un mensaje que me pareció muy esclarecedor:

 "Cuando los teléfonos estaban sujetos a un cable, el ser humano era libre".

Probablemente, acabada de leer esta frase, levantaría la mirada de mi móvil y vería al resto de mi familia en la misma posición que yo: ensimismado cada uno en su pantallita. Y puede que en ese momento me dieran ganas de estampar el teléfono contra el suelo, patearlo como un loco y fumarme acto seguido un cigarro tranquilamente despatarrado en el salón de casa. 

Pero como soy una persona formal y pacífica, y hace más de veinte años que dejé el tabaco, me contuve, respiré  y dejé correr el asunto.  Y me conformé con preguntarme en qué momento de la historia de la telefonía se empezó a torcer todo. Y  entonces me acordé de aquella anécdota del contestador automático, quizá el inicio de todo esto, que ya conté hace años pero que creo vale la pena recuperar ahora. Ahí va.

Sería a principios de los 90, cuando los móviles no existían ni en las pelis de James Bond. Había puesto mi  piso del pueblo en alquiler y en el anuncio figuraba el  teléfono fijo que tenía allí, claro, y como entonces no estaba mucho por casa me hice con un contestador automático, que era un aparato que había que enchufar al teléfono si querías que la gente pudiera dejarte un mensaje cuando no estabas. Qué cosas, verdad. 


Contestador automático de los años 90. Así como los modelos anteriores grababan en cintas de cassette, estos ya no necesitaban  soportes magnéticos. 


El caso es que tras varios días sin aparecer por el pueblo nos acercamos mi amigo Joaquín y yo a ver si había alguna llamada interesándose por lo del piso. Le dimos al "play" y escuchamos las grabaciones. Había bastantes. Muchas sin interés. Pero la que nos hizo reír  y nos conmovió al mismo tiempo y hoy todavía recordamos bastante a menudo, es la que intentaré transcribir a continuación:

— Click

— Este es el contestador automático del 97431... , si quiere dejar algún mensaje hágalo después de la señal. (Esto es lo que oiría más o menos la persona que dejó el mensaje)

— 

— 

—  piiiiiiiip (la señal)

— 

—  Cloing-Cloing (ruido de monedas tragadas por el aparato de una cabina telefónica)

—  ¡! (Alboroto que denota dos o tres mujeres dentro de la cabina)

—  ¡Oigaaaa! (Con voz suplicante y un tanto descompuesta)

—  ¡pero no ves que no hay nadie, Paqui, que es un contestador de esos! (La que asesora a Paqui por detrás)

—  ¡Hostia puta, pues se me ha tragao una moneda de 500!

—  ¿Que has echao cien duros? ¿No tenías na más pequeño o qué?

—  ¡No, no tenía otra cosa joder! (aumenta el alboroto en el hábitáculo)

—  ¡Pues dí algo Paqui!

—  ¡Qué voy a decir...no ves que es una máquina!

—  ¡Ayyyyyyyyy! (Voz lastimera, casi un llanto)

—  ¡Esto es la perdición del ser humano! (con la misma voz lastimera)

—  click

— 

—  tu tu tu tu tu.. (Han colgado el teléfono)

Desde aquel día, la última frase de Paqui se ha convertido para mi amigo Joaquín y yo en un comodín que usamos habitualmente y que cuando estamos juntos surge al unísono cuando nos topamos con cualquiera de los múltiples desatinos que lleva aparejados el vertiginoso progreso tecnológico en el que  intentamos sobrevivir día a día.

¡Ay Paqui! ¡Cuántas veces nos hemos acordado de ti!  

martes, 12 de julio de 2022

La fábrica de sueños

Mi abuelo era carpintero. Y la primera gran decepción que se llevó conmigo, el hijo mayor de su única hija, debió de ser el día que le dije, siendo yo un crío todavía, que era alérgico a la madera. Naturalmente ningún médico me había diagnosticado de tal dolencia.  En realidad lo que me pasaba era que me  incomodaba enormemente aquel ambiente siempre lleno de polvo de serrín, el ruido de las máquinas y sobre todo, aquel tacto áspero de la madera seca de haya. Si hubiera sido pino, con su fragante aroma a montaña, pero no, era haya seca. Y yo era así de repelente y tiquismiquis de chaval. 

Años 30. El taller de mi abuelo, Domingo Puertas, en su primera época. En las facturas figuraba como ”Fábrica”. Él es el de la izquierda, con chaleco. Su hermano Cándido es el otro con la misma prenda. Los dos que recogen mangos del suelo eran de relleno, para aparentar. Ya funcionaba el márketing por aquél entonces.

Total que el pobre hombre vio claramente que su ojito derecho no tenía ninguna intención de seguir con el negocio familiar. A pesar de esa perspectiva poco halagüeña, seguí siendo su nieto favorito. Y yo continué frecuentando el taller, así lo llamábamos siempre, para cualquier cosa que no fuera trabajar, porque entonces, claro está, aparecía mi supuesta alergia.


Lo bueno del taller era que cuando las máquinas dejaban de atronar y el polvo del serrín se había asolado, se convertía en el lugar perfecto  para idear o construir cualquier cosa. Había montones de herramientas de todo tipo y maderas de todas las formas y tamaños. ¡Incluso había listones y tablas de pino! Con una de aquellas tablas recorté la caja de la guitarra eléctrica con la que actuamos aquel día de la foto. Debía de ser el año 1980. Desde luego aquello no era la obra de un luthier, pero funcionaba y no desentonaba demasiado. Y la había hecho yo, lo que me llenaba de orgullo y satisfacción.


Grupo actuacion lit.jpg
1980. Nuestra primera y única actuación. Una carrera breve pero intensa. De izquierda a derecha: Pepe Canut, Carlos Lueza, Jesús Gracia, yo con mi guitarra casera de color naranja y Juan Carlos Lalueza. 


Otro de los logros salidos de aquel lugar y quizá el que más éxito tuvo fue una bola de espejos, como las que había entonces en las discotecas. En el taller, que también era cristalería y tienda de enmarcaciones, ramas del negocio en las que sí me impliqué durante las vacaciones y demás, había material de sobra. Lo único que necesitábamos era una esfera sobre la que pegar los cuadraditos de espejo que íbamos recortando. Lo más apropiado que encontramos fue un tipo de pelota de plástico que había en aquella época que era hueca y sin presión. Como pelota para jugar era bastante mala porque le dabas dos patadas y se abollaba, pero para nuestro propósito era ideal, pues podías agujerearla (para colgarla del techo) y pesaba poco. La compramos en "El Barato", junto con su cubo, su pala y su rastrillo. Era el kit completo o nada.


En el garito que teníamos en la falsa de la casa de Jorge Pascau funcionó durante varios años y con notable éxito la famosa bola de espejos. ¡Qué guateques montábamos!


Mi padre también trabajaba en el taller, más por las circunstancias, se casó con la hija de mi abuelo, que por vocación de ebanista. Porque él era tratante, oficio que aprendió de su padre, mi abuelo Antonio,  en sus años jóvenes en La Fueva. Su querencia por el asunto le hizo reconvertir el negocio, tras la muerte de mi abuelo, en una compraventa de antigüedades, mueble rústico y restauración. A este último asunto se acabó dedicando mi hermano, que tenía, y tiene,  buenas manos para la madera.


Como es natural, mi padre quiso imbuir en su primogénito aquel espíritu negociante que él tenía. Desgraciadamente también a él lo decepcioné. Por si el hombre no se había dado cuenta de mis escasas aptitudes para el trato, el gitano Pedro se lo dejó bien claro una calurosa tarde de verano.  A regañadientes, acompañé a mi padre a ver algún mueble que el otro quería enseñarle. Nada más verme y tras presentarme mi padre, sentenció: "Este chico no tiene mordiente". Aquellas palabras debieron de caer como una losa sobre  las expectativas de mi progenitor. Yo en aquel momento, aunque entendí perfectamente lo que significaban, no me di cuenta de su verdadero alcance: mi futuro como emprendedor, mucho antes de que se pusiera de moda tal palabra, era nulo. Y así lo confirmaron los años. Jamás he sido capaz de montar ningún tipo de negocio por mi cuenta. No todos valemos para empresarios. Qué se le va a hacer. Pero eso sí, que me quiten lo vivido… y lo soñado aquellos años.



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martes, 21 de junio de 2022

Verano del 76

Este relato de "humor hiper breve", que presenté con escaso éxito al concurso con ese nombre que se convocó en mi pueblo hace unos meses, cuenta una anécdota estrictamente real que viví a mediados de los 70 en un pueblecito del pirineo donde pasaba unos días con mi abuelo. Puede que no sea gran cosa, pero al menos breve, sí es.


Era una bochornosa tarde de agosto.  Con catorce años, algo de sobrepeso y una clara propensión a la vagancia, todavía no había caído yo en el vicio de la siesta, por lo que a esa hora solía dedicarme a holgazanear por las calles del pueblo donde veraneaba. En eso estaba cuando  vi a una parejita en los veladores de la plaza a la que servían dos cocacolas en dos vasos altos rebosantes de hielo y limón.  El chisporroteante sonido, la melena rubia de ella y millones de dólares en publicidad, causaron un efecto fulminante  en mi córtex cerebral. —80 pesetas, —oí decir al camarero. «Con 150 que tengo me da para 3, pero si…».  Creyéndome dotado de una inteligencia superior, crucé la calle y entré en la única tienda que había por allí. 13 pesetas la botella. «Jajaja. ¡Qué chollo!» —me dije. Al salir, exultante, noté que la temperatura del refresco, que no había pasado por la nevera, claro, no era la óptima, pero bah, tampoco había que ser tan exquisito.



Me refugié del sol en el patio de al lado dispuesto a saciar mi sed cuando me percaté de que me faltaba algo. Aunque no se me daban mal las cuentas, está claro que no era el típico chaval avispado, con recursos para todo, así que no vi otra opción que comprar un abrebotellas. Con mi cocacola cada vez más recalentada metida en un bolsillo de mis jeans de tergal volví a la tienda. Por suerte tenían abridores, aunque… solo de un modelo grabado en relieve y policromado en el que se podía leer "Recuerdo de Ordesa". —No, no hace falta que lo envuelva para regalo, gracias, —dije. 120 pesetas me costó la broma. Mientras apuraba a la fuerza aquel brebaje tibio, apesadumbrado por el estrepitoso fracaso de mi plan, los de la pareja de antes seguían en la terraza riendo tan felices, ajenos al papel que habían representado en la pequeña tragicomedia que acababa de protagonizar, cuyo guion, con alguna pequeña variante, repetiría tantas veces a lo largo de mi vida.


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viernes, 6 de mayo de 2022

Cumpleaños feliz

Todos los cumpleaños felices se parecen, pero, los que salen raros, aun siendo felices, lo son cada uno a su manera. 

Yo los cumplo hacia mitad de abril. Estaréis de acuerdo conmigo en que la cosa no puede ser más irrelevante, y más si me conocéis y sabéis lo poco dado que soy a celebrar estas efemérides (no suelo felicitar a nadie en los grupos de wasap ni en el facebook, por ejemplo, salvo en círculos muy íntimos).  Lo único "destacable" esta  vez es que la cifra era de las redondas, por lo que habiendo nacido en la década de los 60... podéis haceros una idea. (No oculto mi edad, pero en esto sigo la política de mi madre, que no quiso que en su esquela figuraran los años que tenía, sino su fecha de nacimiento: «Quien quiera saberlo, que  haga cuentas» decía. Tenía estas cosas. Y yo también, como se ve).


El caso es que dado lo singular de la cifra, el día "D" habíamos organizado una comida campestre en una huerta a las afueras de Barbastro  en la que nos juntamos toda la familia —poco más de una docena, hermanos, cuñadas y sobrinos incluidos—.  Estuvo muy bien, la verdad, y me di por homenajeado más que de sobras. Pero es que, además, el sábado, ya de vuelta en Zaragoza, un amigo cubano que cumplía los mismos años que yo había preparado una fiesta con música en vivo a la que asistimos del orden de 40 invitados ataviados al modo caribeño. Aparte de comer, beber y bailar como hacía años, también me uní a la banda con guitarra y micro, por lo que disfruté aquella noche tanto como el propio interesado. Fue espectacular. 

Así que, colmado ya de celebraciones cumpleañeras, encaré la semana siguiente con ánimo de volver a la siempre reparadora rutina diaria.  Aunque me quedaba un asunto por resolver. Y es que el fin de semana siguiente, el de San Jorge, la gente de  mi coro  había organizado un "retiro" en una casa rural con actividades varias, culturales, gastronómicas, musicales, etc. que fue un éxito y al que me hubiera apuntado de buena gana. Lo más extraño de todo fue la razón por la que no fui:  mi mujer, que suele ser la que me anima a estas cosas, me convenció esta vez de que un día tan señalado en el que nos gusta pasear por Independencia ojeando  libros y comprando alguno antes de echar el vermú, no sería lo mismo si yo no estaba. Este chantaje emocional, que quizá a alguna pareja le podrá parecer normal, era desde luego algo completamente inusual en la mía, pero como soy bastante fácil de camelar, aunque un pelín contrariado, no le di muchas vueltas y me excusé como buenamente pude con los del coro.

Pero mi candidez va mucho mas allá. No contento con tragarme lo del paseo romántico entre libros, va un amigo, me llama y me dice que me cede una invitación para dos menús en el restaurante del parque deportivo Ebro para el mismo día de San Jorge. Que le han tocado en un sorteo del Heraldo, al que están suscritos sus padres, y que no pueden ir ni él, ni nadie de su familia por no sé que cantidad de excusas peregrinas que me creí con naturalidad, hasta el fondo. Así de inocentón es uno. Lógicamente cuando se lo comenté a mi mujer, la cabecilla de la trama,  le pareció fenomenal. A mi no es que me hiciera mucha gracia eso de tener que coger el coche para ir a un restaurante que no tiene nada de glamuroso, con la cantidad de sitios coquetos que hay en Zaragoza. De hecho, me pareció un poco extraño, para un periódico con esa solera, pero lo achaqué al declive de la prensa escrita: «El Heraldo ya no es lo que era» me dije.

La mañana del 23 salió desapacible y fría. Y con pintas de que iba a ir empeorando. «¿No te coges algo más de abrigo? —me dijo mi mujer al salir de casa. —Para qué. Total, dentro del comedor tampoco creo que haga falta y en cuanto acabemos nos volvemos a casa». Cuando llegamos al aparcamiento se veían varios grupos en la zona de barbacoas. «Pobre gente, vaya día han elegido para comer al aire libre», pensé en voz alta mientras mi mujer mantenía el tipo sin pestañear. Al acercarnos a la puerta del bar me pareció ver a alguien conocido. «No es posible». Pero sí. Allí estaban todos, o casi: mis amigos del trabajo, el que me pasó las invitaciones que no podía aprovechar, los de la sección barbastrense en Zaragoza, gran parte del grupo "caribeño"... En fin. Una auténtica y multitudinaria fiesta sorpresa que no me esperaba en absoluto. A pesar de que hizo un día malísimo, la lluvia nos respetó hasta que acabamos la tarta. Creo que desde mi primera comunión no había tenido tanto regalo. Hasta algún discurso en verso me prepararon. Fue todo muy emocionante. 

Lo que no pudimos fue rematar la faena cantando y guitarreando como estaba previsto  —habían traído instrumentos y  todo— porque la carpa donde nos refugiamos cuando empezó a llover estaba abarrotada y no reunía condiciones.  Total que poco a poco se fue marchando la gente y los últimos nos animamos a seguir la fiesta en casa. Eso de dejar las guitarras sin desenfundar, no lo veíamos muy decoroso. Así que, gintonic va, gintonic viene, estuvimos un buen rato rememorando los 80. Lo pasamos genial. Tan relajados estábamos que el virus se unió también al jolgorio y nos pilló a tres de siete. Afortunadamente, después de una semana de trancazo, medio confinados, con mascarilla y todo eso, parece que hemos salido de esta. 

Lo del cumpleaños estuvo muy bien. No me puedo quejar. Aunque no me vendría mal un mes de mayo más tranquilito. Sin sobresaltos. Que también ahí está la felicidad.


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