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jueves, 8 de diciembre de 2022

¿Estuvo Grace Kelly en Salou?

ADVERTENCIA: los hechos que se narran a continuación podrían herir la sensibilidad de alguien.


Hace unos días, en una de esas agradables sobremesas entre amigos que te refuerzan  las ganas de vivir,  nos contó uno la escena que vio y que le dejó impactado hace muchos años. Tan divertida me pareció la anécdota, que pensé que sería bueno compartirla  para que más gente pudiera disfrutar de ella. Así que, ahí va: 

Sería a mediados de los 80. Estaba el hombre veraneando en Salou y como de costumbre, después de un chapuzón, paseaba por la orilla de la playa disfrutando del relajante efecto de la arena mojada bajo los pies. Antes de dar la vuelta, donde empiezan las rocas húmedas e irregulares que forman el espigón que separa la playa del puerto deportivo, vio a un par de chiquillos jugando por allí. El más pequeño, que tendría cuatro o cinco años, se encaramaba en cueros por aquellos riscos mientras su hermana, del parentesco se enteraría enseguida, más modosita, hacía surcos en la arena con una pala. Una estampa playera de lo más convencional, vaya. A pocos metros, bajo una sombrilla y con un churumbel agarrado a una teta, estaba sentada la que sería la madre de las criaturas que, con voz acorde a su generosa constitución, gritó:

«¡Gracekelly, Gracekelly! ¡Saca a tu hermano de ahí que se va a desollar los huevos!»

(Hay que puntualizar aquí que el glamuroso y peculiar  nombre de la niña,  fue pronunciado con arreglo a las normas estrictamente castellanas. Con todas las letras).

Pocas veces las ínfulas principescas y el desparpajo más popular habrán fusionado de manera tan graciosa y contundente, no os parece. 



O sea que sí, Grace Kelly estuvo en Salou.


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Vacaciones, ese mito

Verano del 76


martes, 21 de junio de 2022

Verano del 76

Este relato de "humor hiper breve", que presenté con escaso éxito al concurso con ese nombre que se convocó en mi pueblo hace unos meses, cuenta una anécdota estrictamente real que viví a mediados de los 70 en un pueblecito del pirineo donde pasaba unos días con mi abuelo. Puede que no sea gran cosa, pero al menos breve, sí es.


Era una bochornosa tarde de agosto.  Con catorce años, algo de sobrepeso y una clara propensión a la vagancia, todavía no había caído yo en el vicio de la siesta, por lo que a esa hora solía dedicarme a holgazanear por las calles del pueblo donde veraneaba. En eso estaba cuando  vi a una parejita en los veladores de la plaza a la que servían dos cocacolas en dos vasos altos rebosantes de hielo y limón.  El chisporroteante sonido, la melena rubia de ella y millones de dólares en publicidad, causaron un efecto fulminante  en mi córtex cerebral. —80 pesetas, —oí decir al camarero. «Con 150 que tengo me da para 3, pero si…».  Creyéndome dotado de una inteligencia superior, crucé la calle y entré en la única tienda que había por allí. 13 pesetas la botella. «Jajaja. ¡Qué chollo!» —me dije. Al salir, exultante, noté que la temperatura del refresco, que no había pasado por la nevera, claro, no era la óptima, pero bah, tampoco había que ser tan exquisito.



Me refugié del sol en el patio de al lado dispuesto a saciar mi sed cuando me percaté de que me faltaba algo. Aunque no se me daban mal las cuentas, está claro que no era el típico chaval avispado, con recursos para todo, así que no vi otra opción que comprar un abrebotellas. Con mi cocacola cada vez más recalentada metida en un bolsillo de mis jeans de tergal volví a la tienda. Por suerte tenían abridores, aunque… solo de un modelo grabado en relieve y policromado en el que se podía leer "Recuerdo de Ordesa". —No, no hace falta que lo envuelva para regalo, gracias, —dije. 120 pesetas me costó la broma. Mientras apuraba a la fuerza aquel brebaje tibio, apesadumbrado por el estrepitoso fracaso de mi plan, los de la pareja de antes seguían en la terraza riendo tan felices, ajenos al papel que habían representado en la pequeña tragicomedia que acababa de protagonizar, cuyo guion, con alguna pequeña variante, repetiría tantas veces a lo largo de mi vida.


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domingo, 29 de marzo de 2020

Cómo sobrevivir en los grupos de whatsapp. La guía definitiva.


Igual me he pasado con lo de definitiva. Pero el que me conoce ya sabe que soy muy de titulares.

Si ya estábamos enganchados al whatsapp antes de que empezara la cuarentena, no hace falta que os diga cómo está la cosa desde entonces. Una locura. Imagino que pasará lo mismo con el resto de redes sociales, pero como esta es la que más uso, pues de esta voy a hablar. Y en especial, de los grupos, su punto fuerte en mi opinión, pero también el más crítico. 



O sea que vamos al tema ya de una vez. A continuación, a modo de guía para navegantes y para conocer a qué nos enfrentamos, me he atrevido a proponer una clasificación en la que se podrían encuadrar la mayoría de las especies que hoy coexisten en las procelosas aguas de ese maremágnum que forman los grupos de whatsapp. Espero que os sea útil:

El rebotador. Este es un espécimen muy común. Admitámoslo, todos, en algún momento, somos rebotadores. Pero al rebotador puro lo reconoceréis porque al inicio de sus mensajes siempre, digo siempre, sale una flechita gris y la palabra "reenviado". Y aun dentro de este conjunto hay grados muy diversos. Desde el más pernicioso, que reenvía indiscriminadamente todo lo que le llega por otros grupos, hasta el que, algo más contenido, se limita a rebotar cosas que al menos tienen alguna relación con lo que se está comentando. Un pesado, en cualquier caso.

El exhibicionista. Su medio natural es el Instagram y el Facebook, pero también se mueve con soltura en este hábitat. No pierde ocasión de mostrar a todo el mundo la felicidad que embarga cada momento de su vida. No es muy dañino, aunque puede ser bastante empalagoso si se expone con demasiada frecuencia.

El activista. En muchos  grupos, no en todos afortunadamente,  suele haber uno o varios individuos, que a sabiendas de que se encuentran entre personas con tendencias políticas diferentes, no tienen empacho en lanzar acaloradas soflamas contra la agrupación política que no es de su cuerda. Ante esto, la  mayor parte del personal, con buen criterio, suele tener el buen gusto de no replicar. La paciencia, combinada con una buena dosis de indiferencia, suele ser el mejor antídoto.

El atrae fakes. En realidad suele ser una variante del rebotador, pero con una sensibilidad especial, una tendencia natural a la difusión de bulos, fakes y teorías conspiratorias de todo tipo. El no va más de esta clase es cuando se combina con el activista. Un cóctel realmente explosivo.

El inoportuno. Este tipo puede ser en realidad cualquiera de los otros, incluso de los pasivos (los que casi nunca participan). Se manifiesta cuando en medio de una conversación, o justo después de lanzar algún mensaje personal o en el que has puesto especial interés, zas, te corta el rollo con un tema que no tiene nada que ver dejándote con un palmo de  narices. Os ha pasado, ¿verdad? Para evitar esto, recomiendo siempre echar un vistazo al grupo antes de compartir nada nuevo.

El caza vampiros. Es justo lo contrario del atrae fakes, sobre el que se lanza como un águila ratonera en cuanto huele un bulo. Aunque a veces puede llegar a ser un poco pedante, suele ser útil para mantener cierto equilibrio en el frágil ecosistema grupal.

El felicitador feliz. Esta subespecie puede combinarse con todas las demás, pero tiene la particularidad de que suele contar entre sus miembros con muchos de los llamados pasivos que, agazapados en sus madrigueras, esperan la llegada de un cumpleaños para salir exultantes entre tartas, confeti y serpentinas para felicitar al interesado en día tan señalado. No pasa nada, es un tipo aceptado socialmente. Solo que yo, puestos a elegir, prefiero en estos casos una llamadita o un  mensaje personal. Manías mías. 

El creativo. Por definición, sería lo opuesto al rebotador. Acostumbra a aportar contenidos de elaboración propia. A veces es difícil distinguirlo del exhibicionista. Hay que tener cuidado con eso. En todo caso, al menos si alguien se molesta en escribir un mensaje o lo que sea de su puño y letra, qué menos que leerlo.

El adulador. Emparentado con el felicitador feliz suele aparecer, a modo de palmero,  tras la intervención de un activista de su misma manada, con el que comparte las mismas pulsiones pero con menor iniciativa. 

El despistado. Suele recibir antes un burofax que un mensaje de whatsapp. Por urgente que sea. No tiene mala intención, pero a veces es exasperante.

El dictator. Jamás escribe con el teclado. Se limita a hablar por el el micro. Largas parrafadas, por lo general.  Si es por una deficiencia visual, o física, está en su derecho. Pero por vagancia... no tiene perdón. De las dos variantes de este ejemplar, el que te envía directamente los audios es claramente el más fastidioso. Por lo menos  al texto, aunque suele estar lleno de erratas de la transcripción, le puedes echar un vistazo y te haces una idea de que va. En el caso del audio lo mejor es obviarlo directamente y en caso de alegación decir que tienes la memoria llena.

En fin. Probablemente existan muchos más tipos de los que acabo de describir. Al fin y al cabo esto no es un estudio científico. Es solo un divertimento. Y no creo que nadie o casi nadie pueda decir que no se haya infiltrado en algún momento en prácticamente cada uno de todos estos tipos. Yo seguro que sí. En todos. Pero bueno. El único fin de este "estudio" es arrancar una sonrisa a alguien en estos días tan extraños. Y, quién sabe. Quizá también haya a quien le sirva para reflexionar un poco sobre este fenómeno del whatsapp, del que formamos parte, queramos o no.



miércoles, 26 de octubre de 2016

Zorba el griego en la Gran Vía

Al que no haya visto la película "Zorba el griego" o no recuerde como suena un sirtaki, la danza tradicional griega, le recomiendo que vea y escuche al menos un fragmento del vídeo que he puesto aquí debajo. Para ponerse en situación, más que nada. Y porque vale la pena.




El asunto es que los martes por la tarde solíamos juntarnos a tocar la guitarra un grupo de amiguetes y un día estuvimos ensayando un poco algunos acordes del conocido tema de la película compuesto por Mikis Theodorakis (solo el nombre ya suena a sirtaki). El caso es que a José Manuel, que aunque llevaba poco tiempo con esto de la guitarra se lo tomaba muy a pecho, le gustó  enseguida la cadencia casi hipnótica de esa música y allí estuvimos dándole un buen rato. Hasta ahí todo normal. 

El jolgorio empezó a la mañana siguiente de ese ensayo, cuando me dirigía al trabajo. Todavía era de noche. Después de aparcar la bicicleta en Económicas estaba cruzando el bulevar de la Gran Vía cuando vi unos metros más abajo al mismísimo José Manuel. Ni corto ni perezoso me dispuse a darle una sorpresa a tan temprana hora. Me aproxime a él por detrás tarareando el "sirtaki" que practicábamos el día anterior. Empecé bajito, pero al ver que no me hacía caso comencé a aumentar el volumen al tiempo que bailoteaba a su lado creyéndome el mismísimo Anthony Quinn. Qúizá llevaba auriculares y por eso no me oía.  Ya cantaba a grito pelado cuando le eché el brazo por encima para que se uniera a la fiesta al estilo de la famosa danza cuando le vi la cara por primera vez. ¡Tierra trágame! ¡No era José Manuel! Era un tío que me miraba con cara entre asustada y perpleja.  Intenté disculparme atropelladamente, pues estaba algo sofocado por el canto y el baile, pero por su expresión me da que no creyó ni una sola palabra de lo que le decía.  El hombre fue acelerando el paso, alejándose de mi, seguramente convencido de que yo era un enajenado que la había tomado con él  así, sin más ni más, por puro azar. ¡Dios, qué ridículo me he sentí! 

Pero qué magnífico hubiera sido acabar bailando esa danza con un desconocido, con los brazos enlazados, como Zorba y su amigo.  En medio de la Gran Vía. Un día cualquiera a las ocho de la mañana.

sábado, 27 de febrero de 2016

Una tarde en las Rebajas

Está más que comprobado que cualquier persona civilizada y educada puede perder los papeles si se encuentra en una situación lo suficientemente estresante. Quién no se ha puesto como un energúmeno al volante alguna vez. O quién no se ha acalorado más de la cuenta por una discusión sobre fútbol, o cualquier otro tema intrascendente. Bueno, pues otra de las situaciones que más estrés generan, siempre dentro de la burbuja esta del primer mundo desde la que escribo esto,  son las "Rebajas". A los hechos me remito.

Siempre me han parecido bochornosas y completamente ajenas a mi las imágenes del primer día de rebajas que suelen dar año tras año por televisión. Esas aglomeraciones a la puerta de los grandes almacenes esperando la hora de apertura me inspiraban en el mejor de los casos vergüenza ajena. Pero como nunca se puede decir, de este agua no beberé, ahí va mi historia. No me siento especialmente orgulloso de mi papel en este sainete, pero... así sucedió.

La parte que podría llamarse "El principio de todo"

Resulta que mi hijo pequeño nos había pedido unas zapatillas de fútbol-sala último modelo para Navidad. Unos días antes de marcharnos al pueblo las estuve mirando y las vi en el Corte Inglés. Para ser de plastiquillo me parecieron carísimas,  ¡60 euros! Pero como era lo único que pedía, pues hice de tripas corazón y me las envolvieron para regalo. Hasta ahí todo normal. El asunto se puso interesante el día 8, cuando ya estaban en marcha las Rebajas.


Las zapatillas de marras.

Como decía al principio, no soy muy de rebajas ni de gastar sin más ni más, pero esa tarde estaba dando una vuelta por el centro y me puse a curiosear un poco por la planta de deportes de Independencia. Aunque casi nunca compro nada, suelo echar un vistazo por allí de vez en cuando. Pues bueno, cuando pasaba por la sección de  zapatillas me acerqué  por ver si estaban las que le había regalado a mi hijo y... justo. Allí estaban. En primera línea. Al 50%.  Inmediatamente se me puso cara de tonto. ¡Esa humillación no podía quedar así!

La parte que se podría llamar "Crímen y castigo"

Mientras bajaba a casa iba urdiendo el plan. Devolvería las zapatillas y compraría otras iguales al precio rebajado. Como soy muy mirado me daba cosa devolverlas y comprarlas yo mismo, no fueran a pensar que era un aprovechado sin pudor alguno, así que impliqué a mi mujer en la trama. Para evitar el problema de que justo a la hora de adquirir las nuevas rebajadas no hubiera de la talla del niño, un 45 calza la criatura con 14 añitos, le dije a mi mujer que subiera ella primero y las comprara. Luego una vez que saliera del establecimiento, donde estaría yo esperando, entraría y haría la devolución como si tal cosa. Un plan sencillo. Aparentemente.

Subimos juntos en el tranvía repasando los detalles. Mi mujer aun le echó un último vistazo a las deportivas para asegurarse de cuál era el modelo exacto. Me sentía como un delincuente ultimando los pormenores de un crimen. Una turbadora mezcla de excitación y culpa. En esos pensamientos estaba cuando vi salir a mi esposa con la bolsa roja conteniendo el preciado "botín", nunca mejor dicho. Casi ni nos miramos, no hubiera alguien al tanto de nuestras maquinaciones.

Ya en la planta de deportes me acerqué nervioso al dependiente. Era el mismo joven simpático y deportista que me había atendido amablemente hacía unos quince días, cuando hice la compra. Como ya había asumido mi condición de miserable sin escrúpulos, no me importó mentir y excusar mi devolución aduciendo que al niño le habían regalado otras iguales. Patético, ya que el chico no me había pedido ninguna explicación. Solo el ticket de compra. El mismo ticket que antes de salir de casa me había asegurado de poner en la bolsa junto con la caja de las zapatillas. Pero... ¡Horror! ¡No estaba allí! Le di la vuelta a la bolsa, abrí la caja, rebusqué en todos los bolsillos ante la mirada entre reprobatoria y compasiva de dependientes y público en general. Nada. No me cabía duda de que Dios me había castigado por mi ruindad. Sí, tenía lo que merecía.  Mientras bajaba por las escaleras mecánicas como un cerdo colgado de los ganchos del matadero iba pensando en dónde demonios había podido perder el maldito ticket de compra. De repente  tuve una revelación. Como a cámara lenta me vi a mi mismo sacando la caja de la bolsa en el tranvía cuando mi mujer quiso ver el modelo por última vez. ¡Estúpido de mi! En ese momento se debió de caer el dichoso papelito. En medio del tranvía.

La parte que podría llamarse "El último tranvía"

El rencuentro con mi mujer fue algo tenso, la verdad. ¿Qué haces que bajas con las zapatilla otra vez?- me dijo- He perdido el ticket. -¿Eh? pero, ¿dónde lo llevabas?- Lo había puesto en la bolsa junto a la caja de las zapatillas.- Ya. ¿Y por qué no lo guardaste en la cartera o en un bolsillo como hace todo el mundo?- Yo qué se. Pensé que allí estaría más seguro. Pero claro, como me hiciste sacar la caja de la bolsa en el tranvía, pues allí se caería- No, si encima la culpa la tendré yo. ¡Lo que me faltaba! - No cariño, no quería decir eso... - Ya, ya... Bueno pues quédate tú con las dos bolsas de zapatos que me voy a dar una vuelta- Vale. Yo voy a intentar recuperar el ticket. - Iluso, como que lo vas a encontrar así como así. - Bueno, al menos lo intentaré. Hasta luego cielo.-Adiós.
En fin. Mi plan había fracasado estrepitosamente. Sólo me quedaba una remota esperanza de arreglar un poco aquel desaguisado: encontrar el ticket.

El tranvía de Zaragoza. 

Y a eso me puse. Antes de nada utilicé el móvil para consultar los tiempos entre paradas y así pude calcular más o menos  cuando volvería a pasar en dirección contraria el convoy en el que habíamos subido hacía un rato.  Para afinar más, introduje mi tarjeta bus en la máquina y pulsé "consultar", así pude ver que habíamos montado en la parada de mi casa a las 17:53. Con esto deduje que el tranvía-objetivo podría estar a punto de llegar a "Plaza de España", donde me encontraba. Aunque probablemente habría un tiempo de maniobra para el cambio de sentido en el final de línea que debería tener en cuenta. Pero como no podía fiarme pensé que lo mejor sería ir subiendo y bajando en paradas consecutivas para poder revisar varios trenes y aumentar así las probabilidades de éxito.

La primera intentona resultó frustrante. En "Plaza de España" el tranvía iba hasta los topes, como cabía esperar en un primer sábado de rebajas, claro. Apenas pude moverme para intentar mirar de lejos por la zona que creía habíamos ocupado al subir. Me bajé algo desanimado en "Plaza del Pilar" y esperé al siguiente confiando en tener mejor suerte. Esta vez, aunque también había mucha gente, se fue bajando en las siguientes paradas y pude inspeccionar a fondo todos los rincones por donde sospechaba podía haber caído el ticket. Algún papelito me aceleró el pulso por un instante, pero al verlo de cerca, nada. Ya me había pasado de la parada de mi casa y las posibilidades de éxito estaban casi agotadas. Paré en "Campus Norte" y me puse a esperar mi último tren.

La parte que podría llamarse "Vuelta a casa"

No había nadie en el andén. En los cinco minutos que estuve allí, con los dos pares de zapatillas, las normales y las rebajadas, me pregunté qué sentido tenía toda aquella peripecia. Por suerte no me dio mucho tiempo a reflexionar porque enseguida apareció allí el tranvía. Iba prácticamente vacío. Me dispuse a entrar por la puerta mas próxima a la zona caliente y... !Zas! Nada más entrar lo vi en el suelo. Justo en el sitio que había imaginado. Me abalancé como un loco ante el asombro de una parejita que estaba al lado y lo agarré con fuerza. Casi no tuve ni que mirarlo. Era mi ticket. ¡Lo había encontrado! Por primera vez en aquella tarde sonreí y me sentí plenamente relajado. Y no por haber recuperado aquellos 60 euros, que también, sino por haber recuperado algo mucho más valioso. Otro tipo de papeles que había perdido aquella misma tarde.




lunes, 23 de diciembre de 2013

¡Que no me toquen los huevos!

Hoy quiero hablar de un tema muy serio: Desde hace unos años  los "huevos rotos" se han convertido en uno de los platos reclamo en restaurantes y chiringuitos de todo pelaje. Supongo que la inusitada popularidad de esta simple e innecesaria  receta  se debe al mundo del famoseo, casa real incluida. Parece ser que esta gente no se había comido unos huevos con patatas en condiciones en su vida y tuvo que pasar por casa Lucio o similares para que se los sirvieran en bandeja y ya medio masticados, no se fueran a atragantar.

Y es que lo que no puedo entender de ninguna manera es qué necesidad hay de que el cocinero de turno te rompa los huevos encima de las patatas. ¿Qué motivo hay para semejante tropelía? ¿Es que  se supone que los comensales no sabemos romperlos con tanta gracia? ¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco o qué? 

Unos huevos fritos con patatas y jamón de toda la vida. Ayer los hicimos  y nos los zampamos con mi hijo (él, este plato en concreto y yo, otro igual). Aun me tiemblan las piernas cuando lo recuerdo.

Vamos a ver, toda la vida se ha visto que cuando se hacían huevos fritos para un grupo, nadie en su sano juicio quería el que se le había roto la yema. Da igual que se acabara de romper justo en el momento de echarlo en el plato. Y ahora qué pasa, ¿que a nadie le importa que te los destrocen adrede, con saña y si te descuidas delante de tus narices? Venga, no me jodas. La gracia y la grandeza del huevo frito, probablemente el mayor logro gastronómico de la humanidad, consiste precisamente en administrar al gusto de cada cual el modo en que se saborea tan exquisito manjar. Y muy especialmente esto es así en lo tocante a la eclosión de las yemas, auténtico climax sensorial, que puede abordarse de distintas formas; con un pedazo de pan, con una patata frita o incluso con  tenedor y cuchillo (los hay así de salvajes) si así se nos antoja, pero siempre según el criterio de cada uno.  Y no solo la forma es importante, el tempo con el que se degusta el plato tiene igual o mayor trascendencia, y cada uno sabe el ritmo que debe llevar para obtener el máximo placer. Si, exactamente igual que en otros íntimos menesteres. De hecho, cuando hablamos de una ración con dos o más huevos, que es lo normal, y sabemos dosificar bien esos momentos críticos,  la experiencia puede llegar a ser auténticamente multiorgásmica. El que lo ha probado lo sabe. 

Por eso, dejar que alguien te estropee tan intenso goce, y encima te cobre, no tiene ninguna justificación. Si algún día caigo por un restaurante  de esos de relumbrón, cosa que dudo, y se tercia el tema,  pienso pedir explícitamente "huevos fritos sin romper con patatas" bajo amenaza de cortarle los suyos al cocinero si veo que ha mancillado en lo más mínimo la integridad de los que me sirven. Que no me toquen los huevos. 


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jueves, 23 de febrero de 2012

El atomizador prodigioso.

El otro día, mientras trotaba por lo que queda de lo que hace 4 años fue la EXPO 2008, me vino a la memoria un hecho curioso que me sucedió por aquellos días y que creo puede ser edificante recordar aquí, en este momento, por ejemplo.


No recuerdo exactamente si fue antes, durante o después de la muestra internacional, pero el hecho es que, sin duda al amparo de aquel evento, el Heraldo de Aragón obsequió, junto a uno de sus números, un filtro atomizador para fomentar entre sus lectores el ahorro en el consumo de agua. ¡Una gran idea!





Como ciudadano concienciado que soy, me hice con  un ejemplar del periódico antes de que se agotara. Cuando llegué a casa, satisfecho con mi "adquisición",  abrí el sobre promocional y leí atentamente  el folleto en el que se relataban las bondades del pequeño filtro como medio para disminuir el consumo de agua. Además, el "kit" incluía una bolsa especial de plástico, de tres litros exactos, creo, para que pudiésemos cuantificar fácilmente y en nuestra propia casa el ahorro conseguido tras el cambio de difusor. "Miel sobre hojuelas", pensé yo. "Así podré enseñarles a mis hijos de una forma experimental y didáctica, la importante contribución que un pequeño gesto  puede suponer para el consumo de agua en una familia, en una ciudad o incluso, a escala global." 


Ya tenía previsto el guión. Tras hacer las mediciones, calcularíamos el porcentaje de ahorro obtenido y después, como ejercicio, les propondría estimar lo que eso supondría si, por ejemplo, la mitad de la población de Zaragoza adoptase una medida similar. También podríamos calcular el ahorro en euros viendo el precio del metro cúbico en la factura del agua. Etc. etc. El asunto se presentaba interesante.

Así, mientras preparaba meticulosamente los materiales para el  experimento, fantaseaba con la idea de que algún día, en un futuro, cuando alguno de mis hijos estuviera enjuagando la maquinilla de afeitar en el lavabo quizá recordaría con una sonrisa  aquel día en que su padre le enseñó cómo ahorrar agua cambiando una piececilla que se enroscaba en la boca del grifo. Si. Sería probable que ese momento pasase a formar parte de aquellos recuerdos de la infancia que perduran para siempre. Que incluso se transmiten a los nietos. Quién sabe.  

Así que, con la posteridad como perspectiva, y aunque los críos no parecían tan entusiasmados como yo hubiera deseado, empezamos el experimento. Colocamos la bolsa medidora en el grifo de la cocina y cronómetro en mano, medimos el tiempo que tardaba en llenarse. Para ser más cuidadosos repetimos la medida dos veces con idéntico resultado: 8,5 segundos. Perfecto. Ya solo faltaba desenroscar el viejo filtro y roscar el atomizador para volver a medir. Con la ayuda de unos alicates el cambio fue sencillo. El tiempo de llenado fue de 6,2 segundos, tras repetir la medida tres veces y ver que no había errores. 

¡¡FRACASO ABSOLUTO!! corearon mis hijos al unísono. ¡Con el nuevo atomizador el consumo aumentaba un 25%! Adiós eternidad.

En vano intenté justificar el fiasco diciéndoles  que la cal a lo largo de los años habría obturado parcialmente el filtro antiguo, y que por eso..

En fin. Que mi cuento de la lechera, versión medioambiental, acabó tan bruscamente como el original. Y es que los clásicos, nunca pasan de moda.