Acabo de encontrarme con este pequeño texto, muy apropiado para un día como hoy, que escribí en 2017 y que por algún motivo nunca llegué a publicar. Parece mentira lo que ha cambiado todo en solo 7 años; helaba en noviembre, y ¡se pirateaba música!
La cosa empezó el 1 de septiembre de 2009. Serían sobre las 11 de la mañana. Estaba tumbado en la playa de Calafell. Me levanté y en vez de emprender el habitual y relajante paseo por la orilla del mar me eché a correr. (sigue)
viernes, 22 de noviembre de 2024
¡Viva la música!
domingo, 20 de octubre de 2024
Barbastro - Zaragoza: el viaje
Este texto aparece en el libro Azules y Tierras. Barbastro y otros mundos. Un gran libro sobre la memoria en el que tuve el honor de participar junto a más de 160 firmas, muchas de reconocido prestigio, gracias a la inciciativa y coordinación de Juan Carlos Ferré y que se publicó en 2022 a beneficio de la Asociación Alzheimer de Barbastro Somontano.
Barbastro - Zaragoza: el viaje
Abril de 2021. Este fin de semana deberíamos haber ido a dar una vuelta por la casa de Barbastro. Con esto de la pandemia en un año casi no hemos aparecido por allí. Y hay que ir al pueblo de vez en cuando. Estuvimos hablando del asunto mi mujer y yo, pero ninguno de los dos mostró una urgencia excesiva. Total, que aquí nos hemos quedado. En Zaragoza. Nunca he sido de mucho viajar.
Después de todo este tiempo casi sin salir de casa, así como mucha gente está loca por tirarse a la carretera, a mi resulta que me da más pereza que antes lo de hacer las maletas, coger el coche y todo eso. No sé si será una especie de síndrome de Estocolmo o qué. En fin. Quizá la semana que viene nos animemos.
Este asunto me ha traído a la memoria los viajes que hacíamos con mi familia a la capital maña cuando era yo un crío, en los 70. Íbamos una o dos veces al año. Era un viaje importante. Solíamos aprovechar el día de San Ramón del Monte, por ser fiesta local en Barbastro. Mi madre, mi hermano y yo viajábamos detrás y mi abuelo Domingo al lado de mi padre que conducía su flamante 600 descapotable de color beige. Cuando veo uno de esos hoy, aparte de la ternura que me inspira, me parece que estoy ante un coche de juguete. Solo meternos allí los cinco era ya una aventura. Y claro, el viaje era toda una odisea.
Al pasar por El Pueyo mi madre nos hacía rezar un avemaría para que la Virgen nos protegiera de los peligros que nos esperaban. No era para menos. La estrecha y bacheada carretera se las traía. Sobre todo en las empinadas revueltas de bajada y subida que había que dar hasta cruzar el puente sobre el río Alcanadre a la altura de Lascellas. Por lo que nos contaban, muchos coches, incluso autobuses, se habían despeñado por aquellos desfiladeros. Daba miedo. Pero pasado ese mal trago tocaba atravesar Angüés y después Siétamo. En el primero de estos pueblos se solía parar a la vuelta a comprar pan o pastillos en la panadería que había en la misma carretera. Tenían mucha fama. Aunque, en cuestión de pastillos, que me perdonen, pero el de calabaza, que es el que más me gusta, no alcanzaba ni de lejos el punto del que hacían y hacen en la panadería Sierra de mi pueblo.
Pero volviendo al viaje, al rato estábamos pasando por el centro de Huesca. Allí, alguna vez parábamos a la ida o a la vuelta a tomar un chocolate con nata o una copa de nata a palo seco en la Granja Anita. Era algo sublime que no habíamos visto nunca en Barbastro. Faltaban siglos para que se inventaran los sprays que venden en los supermercados y que ahora conocen tan bien en la mayoría de bares y restaurantes. Allí tenían una máquina que hacía nata de verdad. Chantillí, le llamaba la gente fina. Un placer solo comparable a un buen chute de leche condensada directamente del tubo. Una locura.
Aunque ya digo que no siempre se paraba en Huesca. Siguiendo la ruta, lo que sí era obligatorio a esas alturas del trayecto, era la parada a media mañana en Las Parras de Zuera. Había un amplio aparcamiento de tierra y gravilla al otro lado de la carretera en el que siempre había montones de coches y camiones, señal inequívoca de los sitios en los que hay que detenerse, sí o sí, a reponer fuerzas. Se debía tener mucho cuidado al cruzar, pues también allí había muerto mucha gente atropellada, según decían. Y el sitio estaba siempre abarrotado. Pero valía la pena arriesgarse. ¡Ah, aquellos bocadillos de tortilla recién hecha! Creo que solo los que nos zampábamos con los amigos en el bar París de la calle Monzón, años después, alcanzaban ese nivel. Desde luego, es lo que requería un viaje de aquella envergadura. Así que, ya con fuerzas renovadas, encarábamos la última etapa hasta Zaragoza. Así, de tirón. ¡Bueno era mi padre con el seiscientos!
Aparcábamos el coche, no era cuestión de dejarlo por ahí en cualquier sitio, en el garaje de la Posada de las Almas, donde más tarde comeríamos el menú del día. Creo recordar aquel vetusto comedor iluminado con una gran vidriera de Los Borrachos de Velázquez. Un lugar mágico con más de tres siglos de historia que desgraciadamente cerró ya hace unos años y por el que todavía rondarán los espíritus de sus huéspedes, famosos toreros, artistas, políticos y hasta el mismísimo Goya, según las crónicas.
Y ya a pie, empezábamos el recorrido habitual por la ciudad. Las bombas del Pilar era lo que más nos interesaba a mi hermano y a mí. Después, las escaleras mecánicas del Sepu, donde además, siempre nos compraban alguna cosa. Luego, a Hierros Alfonso, en el Coso, la ferretería total, que sigue siendo hoy uno de los mejores lugares para encontrar cualquier cosa que uno necesite al modo tradicional, es decir, preguntando al personal de la tienda. Esta era siempre una visita obligada por motivos comerciales. Mi abuelo compraba allí, al por mayor, clavos, tornillos, etc., y él a su vez les suministraba, esto ya por Transportes Viñola o Casasnovas, mangos de guadaña y sillas plegables que "fabricábamos" en el taller familiar. Lo pongo entrecomillado porque yo, como ya he contado en alguna ocasión y para disgusto de mi abuelo y mi padre, pronto me declaré unilateralmente alérgico a la madera. Qué paciencia tuvieron conmigo.
Después de comer, paseábamos un rato por la calle Alfonso y entrábamos en los almacenes Gay, que también tenían escaleras mecánicas. ¡Qué maravilla! Luego comprábamos frutas de Aragón y adoquines de caramelo para algún compromiso, ya se sabe, lo normal cuando se viaja, y preparábamos la vuelta a casa, que mi hermano y yo haríamos medio dormidos después de tanta peripecia. Soñando con lo que íbamos a fardar al día siguiente con aquellas camisetas rojas con un escudo y aquellas cantimploras de plástico azul que nos habían comprado. Me río yo de Cancún. Aquello eran viajes.
lunes, 5 de agosto de 2024
Nacido en la calle Las Fuentes
Artículo publicado en el librito que edita cada año para las fiestas la asociación de vecinos del barrio de San Joaquín de Barbastro. La calle Las Fuentes es una de las más representativas del barrio y del propio municipio.
domingo, 14 de enero de 2024
El sueño de Dominic
Tras el éxito obtenido el año pasado con el cuento titulado "¡Chas!" este año he repetido con este otro. Esta vez, el tema era "inclusión y medio ambiente".
Ahí va:
El sueño de Dominic
En un lugar recóndito del África Central. 2003.
Hacía unas horas que se habían apagado los motores. Un silencio bullicioso de humedad y vida volvía a llenarlo todo, como si nada hubiera pasado, como si los bulldozers no acabaran de rasgar con sus zarpas aquel bosque milenario. Una herida roja y profunda de barro y raíces sangrantes palpitaba ante la mirada entre incrédula e indiferente de monos, serpientes y otros habitantes de la selva. Dominic y los suyos, sin embargo, sí sabían qué significaba todo aquel desastre. Desde que llegaron las primeras máquinas que taladraban la tierra dos años antes todos decían que iban a abrir una mina para extraer la piedra negra. Cuando empezaran a machacar y lavar el mineral, el fértil valle en el que familias como la suya vivían de la mandioca, el café, el azúcar, quedaría cubierto de un lodo oscuro que arruinaría sus tierras para siempre. Eso contaban que había pasado en valles vecinos. Su padre y otros como él habían protestado ante aquel atropello, pero los soldados se los llevaron y nunca más se supo de ellos. Esa noche, Dominic sintió que aquella llaga en la jungla se abría en su pecho con tal violencia que el grito que salió de su garganta acalló por unos instantes el estruendoso fragor de la selva.
Isla del Hierro. 2005
Por primera vez desde hacía mucho, al sentir la ropa seca y el abrazo de aquella mujer joven que lo miraba con ternura, Dominic se echó a llorar. Lloró durante mucho rato, hasta que los sorbos a un tazón de sopa caliente consiguieron serenarle. Cuando le preguntaron su edad, dijo que tenía 13 años, aunque no estaba muy seguro. Desde que tuvo que abandonar el poblado, su vida había sido tan desgraciada que sobrevivir día a día e intentar salir de aquella miseria se habían convertido en su única y agotadora ocupación. Al poco, empezó a notar que el aire salado ya no le quemaba la garganta y vio que el sol volvía a brillar en el horizonte con aquella luz que le recordó a la que iluminaba la plaza de su aldea a la hora del recreo. Sí. Ahora podría volver a pensar en el futuro otra vez.
París. 2023
Agencia EFE. El Dr. Dominic Rêveur, que dirige el departamento de desarrollo de materiales para las nuevas tecnologías y el medio ambiente del prestigioso instituto INTCZ, cuyos laboratorios principales se encuentran en Zaragoza, presentó ayer ante la comunidad científica los alentadores resultados que están obteniendo con los nuevos materiales sintéticos a base de carbono y sílice que sustituirán muy pronto a los que hasta ahora se extraían de minerales como el Coltán, que tantos desastres humanos y ambientales han generado y todavía generan en muchas regiones del mundo, principalmente en el África Central.
Vuelo París Beauvais-Zaragoza. Horas más tarde
Dominic, reclinado en su asiento del avión, repasaba la parte final de la nota que le habían pedido desde el Instituto para enviar a los medios:
…“Los avances científicos pueden ser y serán de gran ayuda para lograr un futuro mejor para la sociedad y el medio ambiente, pero si estos avances no van acompañados de unas políticas valientes que favorezcan la verdadera cooperación y la paz entre los pueblos de la tierra, de muy poco servirán. Mientras nuestros dirigentes se dejen llevar por el egoísmo y los intereses económicos en vez de dedicar su esfuerzo a luchar por la solidaridad entre las naciones y por la igualdad entre todas las personas, de poco valdrá todo el trabajo que muchas de estas personas hacen en el campo de la ciencia para que nuestros hijos puedan vivir en un mundo mejor, más humano y sostenible”.
Cerró el portátil y cogió el móvil. Había prometido a su madre que la llamaría cuando acabara el acto y, con la vorágine de entrevistas y felicitaciones, todavía no lo había hecho. La pantalla negra reflejó su rostro cansado. Y durante un breve instante creyó ver que los ojos que le miraban eran en realidad los de aquel niño asustado en medio de la selva. Miró por la ventanilla y allí seguía aquella mirada que ahora empañaba una lágrima mientras la herida roja del atardecer se cerraba en el horizonte.
― Hola mamá.
― Si. Todo ha ido bien.
domingo, 3 de septiembre de 2023
Caminar o correr, esa es la cuestión.
De haber nacido hombre de armas en la Edad Media seguramente hubiera tenido la funda de mi espada hecha unos zorros, pero no por mi fiereza en combate, no es lo mío, sino por la de veces que me la habría tenido que envainar. Veréis por qué digo esto.
Si alguien ha seguido en este blog mi pequeña trayectoria en esto del correr, sabrá que al principio ensalcé las virtudes de mi flamante Garmin, uno de los primeros relojes con GPS, para, al poco tiempo, renegar de su uso aduciendo que era más el estrés que me provocaba estar pendiente del aparatito, que lo que realmente me aportaba. También hice al poco una encendida soflama sobre la superioridad del trote frente a la caminata.
Pues bien, respecto a lo primero, después de diez años sin ningún tipo de gadget, he vuelto a caer. En mi defensa diré que no ha sido por iniciativa propia, sino porque me regalaron para mi cumple uno de estos nuevos relojes deportivos que abultan lo que uno normal y te dan hasta la hora. La cosa es que desde que lo tengo me he habituado a llevarlo puesto todos los días en vez de el reloj clásico, creo que porque me reconforta ver que prácticamente siempre supero holgadamente el 100% de actividad física diaria recomendada. Uno es así de simple.
Y en cuanto a lo de correr o caminar, que es lo relevante, tengo que decir ahora que gracias al relojito este he descubierto que los beneficios que obtengo de la actividad física no dependen tanto de la intensidad del ejercicio como de la distancia recorrida. Es más, por lo que me dice mi reloj tras registrar dos sesiones de entrenamiento con distancias similares, caminar a buen ritmo 10 km quema mucha más grasa que si hago esa misma distancia corriendo:
Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.
domingo, 9 de julio de 2023
Un cinco no es suficiente
Uno se las da a veces de cultureta con criterio hasta que la realidad te agarra por los hombros y te dice: "Pero quién te has creído que eres, chaval".
Eso me pasó más o menos aquella noche. Veréis. Habíamos acabado de cenar pronto y pensamos en ver alguna película. Solo quedaba decidir cuál. Casi nada. Mucho antes de que las plataformas llegaran para hacernos la vida más fácil y feliz, ¡Ja!, te podías pegar un rato zapeando entre canales buscando algo interesante sin encontrar nada, sí, pero ahora... ahora la cosa es mucho peor. Como las opciones son infinitas, si no tienes muy claro qué es lo que buscas, algo de lo más habitual al menos en mi caso, el fiasco está prácticamente garantizado. Y ya si estás tres o cuatro para ponerte de acuerdo, lo normal es no llegar a ningún consenso, obligando a los más prudentes a retirarse a sus aposentos antes de acabar a malas mientras tú acabas solo en el sofá amodorrándote con uno de los episodios de Viaje al centro de la tele. Tanta gaita para volver a La Primera y encima para ver lo mismo que veíamos en el siglo pasado. En fin.
Pero ese día sí tenía una idea concreta. Un amigo me había recomendado "Cinco lobitos", película bien valorada por crítica y público por lo que enseguida hubo quorum y le dije a mi hijo que la buscara sin más. ―Vale. Con poner "cinco", será suficiente―, convinimos ingenuamente los dos. Efectivamente, al momento nos aparecieron unas cuantas pelis que incluían ese numeral en el título, entre ellas la que queríamos, claro.
El problema es que justo al lado nos apareció una cuyo título nos llamó poderosamente la atención: "El ataque del tiburón de cinco cabezas". Con ese nombre estaba claro que se trataba de un subproducto de ínfima calidad. Pero, no sé cómo, una mezcla de curiosidad y olor a sangre debió de nublar nuestro sentido común. Un rápido vistazo a Filmaffinity ―un 2,2 sobre 10 tenía de valoración―, nos terminó de convencer y dejó al descubierto nuestro lado más friki: una película tan mala merecía una oportunidad, nos dijimos. Y he de decir que la cinta, que visionamos de principio a fin los tres que estábamos en casa, cubrió totalmente nuestras expectativas.
Días más tarde, ya recobrada en parte la cordura, vimos por fin "Cinco lobitos" y nos gustó mucho. Una película totalmente recomendable. Pero no sé por qué me da que después de leer esto habrá quién ponga "cinco" en el buscador y no pensando precisamente en los últimos premios Goya. No pasa nada. Hay momentos para todo.
martes, 20 de junio de 2023
Solo para adultos
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Una de las imágenes promocionales de la cadena de hoteles con la etiqueta "solo para adultos" en la que nos hospedamos. |


