domingo, 16 de enero de 2022

El arte de envejecer

Este año los Reyes  vinieron por primera vez  a mi casa en modo "amigo invisible". No sé por qué han tardado tanto en dar este paso en la nuestra, con el tiempo que llevan así en otras, porque la verdad es que está muy bien esta modalidad. Te evitas lo de pensar qué te pides, escribir la carta y todo eso, y además, como ni siquiera sabes qué rey se va a ocupar de tu regalo, el efecto sorpresa está asegurado.

Así que la mañana del día 6 nos reunimos junto a la puerta de la terraza del salón, en eso no ha habido cambios, y empezamos a abrir los regalos de cada uno. ¡Oooh!¡Mira! Todo iba según lo previsto cuando me puse a abrir el mío.  Era un paquetito ligero. «Una cartera de bolsillo», pensé algo resignado. Pero al ir quitando capas vi que era un librito. Cuando leí el título, "El arte de envejecer",  torcí un poco el morro, «Vaya, me ha tocado el Rey mago graciosete.  Qué se le va a hacer. Me lo tomaré con deportividad». Es verdad que voy teniendo ya una edad, pero tampoco hacía falta restregármelo por la cara de esta forma, para empezar el año.  

Pero al momento mi expresión cambió al ver que el autor era Cicerón. «Este no es un advenedizo que pretende forrarse con un libro de autoayuda», me dije. Al darle la vuelta ya fue verdadero interés lo que sentí conforme iba leyendo. Esto es lo que ponía:

"¿Te preocupa que la vejez inevitablemente signifique perder tu libido, tu salud e, incluso, tus ganas de jugar?  Bueno, Cicerón tiene buenas noticias para ti.  En El arte de envejecer, el gran político y filósofo romano describe elocuentemente cómo podemos lograr que la segunda mitad de la vida sea la mejor parte de todas, y quizá descubrir que la lectura y la jardinería son en realidad mucho más placenteros que el sexo.  Lleno de sabiduría atemporal y orientación práctica, este breve y encantador clásico, originalmente titulado 'Sobre la vejez', aborda directamente los grandes temores a envejecer y argumenta por qué estas preocupaciones son muy exageradas, o totalmente equivocadas.  Montaigne dijo que el libro de Cicerón «le abre a uno el apetito por envejecer».  En un mundo obsesionado con la búsqueda inútil de la juventud, sus lecciones son hoy más relevantes que nunca".

Otra ventaja de este libro es que es de bolsillo "de verdad". Y como ya decían los clásicos: "lo bueno si breve..."

No hace falta decir que me zampé el libro en dos sentadas. Y vaya si me gustó. Y es que, a quién no le reconforta comprobar que lo que nos pasa ahora no es nada nuevo, que las tribulaciones que a veces nos quitan el sueño a nosotros, que nos creemos tan modernos y tan listos, son prácticamente las mismas que tenían entretenidos a nuestros antepasados hace 2000 años. Y casi más me reconforta saber, sí, ya sé que es un poco perverso, que son las mismas que pondrán en su sitio a nuestros hijos y nietos, por más que piensen que su condición de milenials, generación Z, influencers, tiktokers, o lo que sea, les va a  librar de pasar por caja, mucho antes de lo que esperan. Jeje.

Pero no hay que dramatizar.  Lo bueno es que los antiguos no solo se preocuparon por las grandes cuestiones fundamentales que nos plantea la vida en un momento u otro, sino que también encontraron algunas respuestas. ¡Y lo mejor es que estas son validas también para nosotros! Así, lo que nos muestra Cicerón en este libro no es que el paso de los años represente un menoscabo en la capacidad de ser feliz, sino todo lo contrario. Ahí está la gracia  de esta pequeña joya que os vengo a recomendar. Ah, y vale para cualquier edad. Si ahora no la veis útil, es cuestión de dejarla en la estantería y esperar un poco. Nada más.

jueves, 13 de enero de 2022

Altisidora, Altisidora

No es la primera vez que me pasa. Un día tienes noticia de un  personaje, un lugar, o lo que sea, del que no habías oído hablar en tu vida y al poco resulta que te lo encuentras hasta en la sopa.  Pues esto es lo que  me pasó, más o menos, con la bella Altisidora, personaje femenino que aparece, según cuentan, en la segunda parte del Quijote. Obra de la que, por si no ha quedado claro, confieso que no he leído más allá de los pasajes más conocidos en mi época de estudiante. Y eso que he intentando atacarla en varias ocasiones. Pero nada. Tendré que vivir con esa mancha en mi currículum. 

El asunto es que este verano, de vacaciones y totalmente despreocupado por mis carencias lectoras, coincidió que estaba por Barbastro los días en los que se celebraba el festival de fotografía emergente BFOTO. Así que, para un año que podía, me involucré un poco en alguna de las actividades que se organizaban. En ese momento, a finales de agosto, con la vacunación viento en popa, dábamos por sentado que lo de la pandemia, el gel y la mascarilla, estaba prácticamente superado. Y ya lo veis. Aquí estamos, con el virus más envalentonado que nunca. Pero bueno, ese es otro tema. El caso es que una de aquellas cálidas noches cenamos al aire libre en San Ramón del Monte. Me tocó sentarme justo en frente de Juan Cerón, fotógrafo que presentaba uno de los trabajos más interesantes, "Anaqronías", que consistía en una serie de fotografías en gran formato con un estilo pictórico clásico muy cuidado. En todas ellas el autor había introducido algún elemento actual, lo que convertía un trabajo, de por sí bello y  técnicamente impecable, en algo mucho más impactante. 


La bella Altisidora. Fotografía de Juan Cerón. (Perteneciente a la serie titulada Anaqronías)

En cada una de las fotos Juan nos muestra su particular interpretación de un personaje femenino secundario del Quijote. Y así es como conocí y caí rendido ante los encantos de "su" Altisidora. Después de la cena, mientras el resto del personal se quedaba un rato más, bajamos caminando tranquilamente hasta el pueblo Juan y yo. Hacía una noche magnífica. Por el camino fuimos hablando de una cosa y de otra y también de cómo se había organizado para hacer aquellas fotos que, evidentemente, llevaban detrás un importante trabajo de producción; modelos, vestuarios de época, iluminación,... En fin. Un paseo de la más agradable y enriquecedor.

Hasta aquí, todo normal. Lo curioso es que, ya de vuelta en Zaragoza, a primeros de septiembre, vuelvo a oír hablar de Altisidora. Y me entero de que es así, precisamente con ese singular nombre, Altisidora,  con el que Manuel Salvador, el protagonista de "Los besos" de Manuel Vilas, llama a Montserrat, su compañera de viaje en el libro. Y le da ese nombre solo cuando la ve a través de los ojos del amor y la pasión, volviendo al original el resto del tiempo. Quizá alguien se pregunte por qué lo llamo "Manuel Salvador" cuando en el libro se llama solo Salvador. Pues porque después de leerlo, así como Salvador renombra a su amada como Altisidora evocando al personaje cervantino, yo, ya puestos, renombro a Salvador como Manuel Salvador, porque me recuerda muy mucho al autor que lo ha creado. Y claro, mientras leía las andanzas de la Altisidora de Manuel Vilas, no podía evitar imaginarme a la de Juan Cerón, sabiendo que, a su vez, las dos tenían su origen en la imaginación del mismísimo Miguel de Cervantes. Cosas veredes, amigo Sancho.

En todo caso, si queréis disfrutar como yo he hecho de estas modernas Altisidoras, y de sus circunstancias, os recomiendo por un lado visitar la página de Juan cerón y por otro, leer "Los besos" de Manuel Vilas. Ambas acciones os resultarán muy gratificantes, espero. Y seguramente mucho más, si sois gente más cultivada que yo y habéis leído la novela de Cervantes, que sería lo que debería hacer, si tuviera valor, para cerrar así el círculo y conocer por fin en su contexto original a la auténtica Altisidora. Aunque, quién sabe. Quizá todo esto ha sido una señal y aun estoy a tiempo de lavar mi expediente.


sábado, 30 de octubre de 2021

Dos medianas con doble de queso

Qué historia habrá detrás de esta imagen. No se abandona la herramienta de trabajo así como así. Iba yo camino a la oficina y me ha llamado tanto la atención que he sacado la foto. Llovía un poco. La farolas todavía estaban encendidas.


Una mala noche, seguramente. Puede que una discusión con un cliente demasiado exigente. De esos hay muchos. O un altercado de tráfico que ha acabado en una bronca de las gordas. O puede que una llamada personal de las que hacen que tu vida se tambalee de repente. O quién sabe si algo todavía peor. Un atropello. Un infarto. Una agresión. Aunque tal vez no ha sido nada tan grave. Simplemente una gota que ha colmado el vaso.

Puestos a elegir, prefiero pensar que ha sido esto último. O todavía mejor. Un momento de lucidez. Algo del estilo de -Sabéis que os digo, que aquí os quedáis con vuestros macdonals, vuestros restaurantes chinos y vuestros kebabs. No me compensa. Total, lo de estudiar ingeniería no es lo mío. Sí, a mi madre le hacía ilusión que fuera ingeniero. Como el primo Andrés, que se colocó al licenciarse en la Balay y ahora está de jefazo en la Bosch, en Munich. Qué fenómeno Andresito. Mi padre no decía nada, ni dice. Tiene bastante con el trabajo del campo. Pero yo sé de sobras que le gustaría que estuviera con él, con la faena que hay entre la tierra y los animales. Además, si vuelvo, se animaría a modernizar los riegos y la granja, que ya lo dejó caer el día del bautizo de Luis, el de mi hermana Carmen, que por cierto, casi no vienen por casa desde que el Joan está de mosso en Sabadell. Y como ella lleva allí un cátering con su cuñada, pues entre una cosa y otra no tienen tiempo para nada.  Y claro, a mi madre tampoco le iría mal que estuviera yo por allí. Porque mi padre para la tierra sí, pero para la casa y los papeles, nada. Y además, a mi lo que de verdad me ha gustado siempre es la historia. Igual me matriculo por la Uned como José Luis, el de casa Marcial. Que las tardes de invierno son muy largas. Y bueno. Lo del whatsapp que me ha enviado Rosa, la pequeña de las chicas de Madrid que cogieron la panadería, también me ha ayudado lo suyo, la verdad. Un mensaje privado, no por el grupo, invitándome a su cumpleaños en la peña este sábado. Y llevaba un corazón. De los gordos.  O sea que, lo que os decía. Que me largo. Aquí dejo la mochila. Si alguien tiene hambre, hay dos pizzas medianas con doble de queso, algo frías ya. He estado un buen rato aquí, sentado en este banco. Nunca hubiera pensado que fuera tan cómodo-.

domingo, 29 de agosto de 2021

Sueños de ganchillo

Estábamos el otro día ordenando cajones por casa cuando salió a relucir un lote de pequeñas labores de ganchillo que amarilleaban allí desde hacía tiempo. Las más recientes las tejería mi madre, hará unos seis o siete años. Las más  antiguas podrían tener más  de un siglo, pues habrían salido de las  manos de abuelas, tías, bisabuelas, que mi suegra y mi madre habían ido guardando desde niñas.

Qué hacer con todos esos tapetes, pañitos y  ribetes hechos a mano por antepasadas nuestras. Mujeres de nuestra familia que vivieron épocas muy distintas a esta y que dedicaron muchas tardes de su vida a esa labor mitad manual mitad espiritual de crear formas geométricas con aguja e hilo. Las imagino junto a la ventana, al calor del brasero en invierno, o en el balcón lleno de geranios en verano, tejiendo para el ajuar de sus hijas, o sus nietas, soñando para ellas un futuro  mejor. O quien sabe si reviviendo aquel amor  de juventud que nunca llegó a ser. Porque lo bueno de este tipo de trabajos es que, aunque exigen cierta concentración, aquietan el espíritu y permiten dar rienda suelta a la imaginación mientras se ejecutan. Como lo de colorear mandalas, solo que el resultado es mucho más útil y perdurable.


En eso estábamos cuando surgió la idea. Por qué no unimos todas las piezas, a modo de pachtwork, y hacemos un cubre sofás o algo así. Dicho y hecho. El asunto requirió unas cuantas horas de trabajo, pero creo que valió la pena. Cuando este invierno nos arropemos con esta mantita a la hora de la siesta  nos reconfortará saber que, al menos en parte, hemos cumplido aquel sueño que soñaron nuestras madres y abuelas mientras tejían. Y volveremos a sentir el calor de sus manos y de su regazo bajo los suaves nudos de algodón.




domingo, 4 de julio de 2021

El día del libro del universo

El pasado 23 de abril, aprovechando que se empezaba a poder viajar un poco, nos fuimos mi mujer y yo a dar una vuelta por Barbastro, que ya tocaba. Hacía una mañana fresca y soleada  de esas en las que da gusto estar en el mundo.  Y además, estaban los libreros con sus tenderetes por las aceras, lo que aun le daba más lustre al día festivo. 

En medio de ese ambiente nos acercamos a uno de los puestos y saludamos  al propietario. Era una de las tres librerías de toda la vida de mi pueblo, entre las que, por tradición y amistad, procuro distribuir equitativamente mis escasas adquisiciones bibliófilas. Tengo que reconocer aquí que mi naturaleza poco dada al gasto me ha hecho asiduo de las muchas y bien nutridas bibliotecas que hay en Zaragoza. La municipal del barrio del Actur me cae tan cerca que podría visitarla en pantuflas sin llamar demasiado la atención. Al fin y al cabo las bibliotecarias  ya me tienen como de la casa y yo me siento allí como si fuera la mía, aunque todavía no me he atrevido a bajar con el batín de raso. No me extrañaría que en el palacio de Liria, por ejemplo, amén de un entorno menos familiar, hubiera más distancia entre las habitaciones principales y su hermosa, vetusta y sospecho que poco actualizada biblioteca. 

Pero estábamos en Barbastro, conversando con  nuestro amigo el librero y se me ocurrió así de pronto preguntar por el libro ese del universo del que habían estado hablando esa misma mañana en la radio cuando veníamos en el coche:

—¿Del universo? No caigo. 
—Sí hombre, sí, ese de esta chica de Zaragoza, Irene Vallejo, que ha tenido un montón de premios y...
—¡Ah! El infinito, hombre, El infinito en un junco. 


Mira que había oído ese título montones de veces. Pero nada. En fin. Total que me sacó un ejemplar y empecé a ojearlo. Era más gordo de lo que imaginaba. Solo con leer los elogiosos comentarios de J.J. Millás, me quedé convencido. (Cualquier libro que aspire a algo en este país debe llevar unas líneas de Millás en la faja). También puede que me influyera el hecho de que llevaba tiempo sin comprarle ni un boli al hombre. Y quizá también me animó lo que me había dicho antes  mi mujer: -Si se lo pides, lo vas a tener que comprar. Ya lo sabes-. Un día es un día. Así que cerramos el trato  y nos fuimos a tomar un vermú.

Aunque estaba dentro de una bolsa, se notaba que el libro nuevo estaba ahí, apoyado descuidadamente sobre el taburete. Y ese simple hecho le daba un aire mucho más bohemio a la ceremonia del vino y la tapa. Nada que ver. Allí  mismo coincidimos con un colega aficionado como yo a esto de contar historietas y estuvimos hablando sobre nuestros respectivos proyectos en ese ámbito, que por cierto se limitaban a alguna  colaboración en el periódico local y poco más. Pero a pesar de lo modesto de esas perspectivas, con la segunda copa de tinto, el ambiente no era ya solo bohemio, sino abiertamente literario. Lo que hace el vino del Somontano. 

Volvimos a Zaragoza al día siguiente. Yo estaba entonces enfrascado en la lectura de "El camino del tabaco" de Erskine Caldwell, una muy recomendable novela, por cierto, por lo que solo leí el prólogo del "Infinito", reservándomelo para más adelante. Pero cuando pasé por la habitación de mi hijo, que acababa de trajinarse la trilogía de los Pilares de Ken Follet, se me ocurrió la idea de dejarle el libro de Irene Vallejo en la mesilla. A ver qué pasaba. Este tipo de artimañas no  suelen funcionar, la verdad. Pero sin embargo ese día, al cabo de un rato, cuando iba por el pasillo vi encendida la luz del cabecero de su cama y me di la vuelta sonriente y sigiloso, esperando no molestarlo antes de que mordiera bien el anzuelo.  Y vaya si lo mordió. Un éxito.

En estos tiempos, da más gusto ver a un hijo leyendo un libro, que si se lo lee uno mismo. O eso me ocurre a mi. Por eso, cuando veo esa  luz que se escapa por la rendija de la puerta y escucho el susurro de las hojas al pasar, se me pone una sonrisilla bobalicona  y sigo por el pasillo tan feliz como aquél día soleado y fresco.  Aquel día del libro del universo.


Añadido.

Al poco de esto, me topé en mi biblioteca, ya imaginaréis cuál, con un breve libro recopilatorio de artículos de la misma Irene Vallejo titulado El futuro recordado. Me lo llevé a casa pensando que sería un buen anticipo del que compré. Lo leí casi de un tirón. Una maravilla. Cada página, que es lo que ocupa cada uno de los textos, trata sobre un tema de actualidad sobre cuyo fondo, como nos cuenta Irene, dueña de una lucidez y erudición insólitas, ya reflexionaron los clásicos muchos siglos atrás. Se queda uno con ganas de más. Pero no hay problema. Me espera el infinito. 


miércoles, 9 de junio de 2021

Breve historia de la informática (I)

A lo de breve se le podría añadir "muy incompleta" y "falta de rigor", pero esto no es la Wikipedia, oigan. 

Allá va.


Primera época

    Sería a principios de los 70 cuando un compañero de clase del colegio Escolapios de Barbastro y amigo del barrio me trajo a casa una tarde la primera calculadora que había visto yo en mi vida. Era una Casio blanca de plástico muy parecida a la de la foto. Puede que fuera ese mismo modelo. Tenía una estrecha pantalla negra de cristal en la que se iluminaban unos dígitos perfectos, cuadriculados, de un verdiazul fulgurante. Una clase de números que solo había visto en alguna película de ciencia ficción como 2001, Odisea en el espacio. Aquella máquina del futuro me tenía hipnotizado. El padre de mi amigo, que era el dueño de una fábrica importante, la había comprado en Canarias por 13000 pesetas, una ganga al parecer, pero que era un dineral entonces. Algo que casi nadie se podía permitir, claro. Ni lo de ir a Canarias, ni lo de comprarse aquel juguetito.  Todavía recuerdo perfectamente aquel aroma dulzón tan especial a circuito electrónico  que despedía el liviano y mágico objeto mientras lo tenía en mis manos. Fue la primera vez que sentí esa excitante sensación, y la revivo intensamente cada vez que desempaqueto un móvil nuevo, por ejemplo. Lo del olfato es increíble. 

Una de las primeras calculadoras Casio.  Años 70


    
No sé cómo convencí a mi amigo de que me dejara la calculadora hasta el día siguiente. Pero me la dejó. Me pasé horas haciendo multiplicaciones y divisiones larguísimas, maravillado ante  aquellas cifras verdes que aparecían al instante sin más ruido que el suave clic de las teclas y que iluminaban mi alcoba convirtiéndola en una especie de nave espacial. Me agazapé allí para gozar solo, embriagado de aquél aroma, frente a aquel tenue resplandor, sabedor de que era dueño exclusivo, aunque fuera por unas horas,  de aquella maravilla de la técnica.  

    Fue como una revelación. Junto a la curiosidad propia de esa edad, ya tenía yo entonces cierta propensión a evitar las tareas tediosas, e intuí que aquella nueva tecnología podría serme de gran ayuda en un futuro próximo. Y así fue. Supongo. Ya en el BUP todos tirábamos de calculadoras Casio para hacer las cuentas. Eran algo más evolucionadas y resultaban relativamente asequibles. 

    He dicho todos, pero no. Había alguna excepción, gente lista por lo general con una visión más a largo plazo (o con progenitores o algún hermano mayor de esas  características) que usaban calculadoras  Hewlet Packard. Solo con ese nombre ya se veía que eran algo raro.  Funcionaban como al revés:  en vez de poner "A+B=" y ya está, como en las Casios,  en las Hewlet Packard había que poner A "Enter" B +. Algo realmente extraño, que no entendíamos los demás pero que con el tiempo se demostraría un modo más eficiente de operar y que estaba más en consonancia con los lenguajes de programación de los que se empezaba a oír hablar. La de veces que nos quedaba de darle al Enter y pensábamos que aquello no iba con nosotros. Pues sí. eran los albores de la informática. Al menos en mi breve historia.

    Faltaban uno o dos años para que tuviera mi primer "ordenador". El Commodore 64. Pero eso lo dejaré para el siguiente capítulo. 


martes, 1 de junio de 2021

Descifrando las nuevas tarifas eléctricas

Puede que "Intentando descifrar..." hubiera sido más correcto, pero tratándose de un titular, tampoco hay que ser tan exquisito. Bueno. Al grano. Cualquiera que haya estado al tanto de las noticias estos días se habrá enterado de que hoy, día uno de junio de 2021, entran en vigor las nuevas facturas de la luz. Y según lo que nos han ido contando, parece que el meollo del asunto va a estar en la variación del coste del consumo según franjas horarias. Todo eso del valle, el llano y la punta (qué lástima, podían haber puesto "cumbre" en vez de "punta" y todo hubiera quedado mucho más bucólico). 


Y el primer resultado de este cambio, antes de entrar en detalles, ha sido provocar el desasosiego general del personal. Con este embrollo de peajes, cargos, potencia contratada, tarifas varias, etc., quien más quien menos está pensando en cuadrar sus horarios de trabajo con los de poner la lavadora, planchar la ropa, recoger a los niños del cole y  mil cosas más adaptándolos a esta nueva situación que nos ha caído encima. Como si  no estuviéramos ya suficientemente entretenidos intentando sobrevivir en medio de esta pandemia y sus múltiples crisis colaterales. Pero tranquilos. Todo es por nuestro bien.

Fuente oficial: CNMC

O esa es la idea que nos intenta vender el Gobierno. Este es el titular que aparece en la página oficial de la presidencia:

"La nueva factura eléctrica, que entrará en vigor el próximo 1 de junio, fomentará el ahorro energético, la eficiencia, el autoconsumo y el despliegue del vehículo eléctrico"

Lo que yo digo. Con estas nueva facturación nos regalan la oportunidad de ahorrar. Qué más se puede pedir. Y si tu vida es más de montaña que de llano o valle, te jodes, por perroflauta. Y si no pensabas gastarte treinta mil euros de nada en cambiar tu viejo y contaminante opel astra familiar por un coqueto corsita eléctrico, es que eres un inconsciente y un negacionista climático. Punto.

Bien. Una vez introducido un poco el asunto, entraré en detalles:


Lo de las franjas horarias no va a afectar, al menos de momento, a más de la mitad de los usuarios. Por lo tanto, es probable que te puedas ahorrar lo de poner la lavadora a horas intempestivas. Este cambio solo les va a afectar desde hoy mismo a los que tuvieran un contrato de suministro eléctrico tipo PVPC, según se especifica en el texto que aparece justo debajo del citado antes en la misma página de presidencia:

"El próximo 1 de junio entrará en vigor un nuevo modelo de factura eléctrica para los consumidores acogidos al Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor (PVPC) que fomentará el ahorro energético, la eficiencia, el autoconsumo y el despliegue del vehículo eléctrico".

Si no sabes qué tipo de contrato de suministro tienes, míralo en la factura o pregúntalo a tu compañía eléctrica. Aunque casi seguro que si no lo sabes estás dentro de la otra modalidad, la llamada de mercado libre, que es la que por defecto te endosan, por ser más cara para ti y beneficiosa para la otra parte contratante, si no pides explícitamente la de PVPC o de mercado regulado.

Esto se aclara, por decirlo de alguna manera, si consigues llegar indemne hasta la mitad del punto 2 de la página informativa que publica la Comisión nacional de los mercados y la competencia (CNMC), donde dice textualmente:

¿Cómo va a cambiar el precio de mi contrato de suministro?

En el caso de los consumidores acogidos al PVPC (precio voluntario para el pequeño consumidor), los comercializadores de referencia deberán aplicar los nuevos precios establecidos para los términos de potencia y energía del PVPC, con los tramos horarios indicados anteriormente.

En el caso de consumidores en el mercado libre, el comercializador debe adaptar el precio del contrato para incorporar la diferencia de costes regulados, pudiendo optar entre: 

  • A.  Adaptar el precio del contrato a los nuevos periodos de energía y potencia.
  • B.  Mantener los tramos de precios que el consumidor tuviera acordado previamente en su contrato (precio fijo todo el día, precios diferentes entre semana/fin de semana, etc), trasladando al precio la diferencia de costes que resultaría para su perfil de consumo.

El cualquier caso, el comercializador deberá comunicar estos cambios al consumidor con la suficiente antelación.


En todo caso, lo recomendable es relajarse y esperar a que  nos lleguen las siguientes facturas y las informaciones que  nos tienen que remitir nuestras compañías eléctricas. Y ya después, con calma, decidir si vale la pena seguir en esto como buenamente se pueda o tirarse al monte con lo puesto y que sea lo que dios quiera.