domingo, 10 de mayo de 2020

De la lluvia, del correr y del soñar

Me gustan los días de lluvia. En el campo, en la ciudad. Da igual. Todo parece nuevo, como recién pintado. Pero no solo es una cuestión estética. También disfruto muchísimo de esos tonos más desvaídos que deja la niebla, cuando se agarra durante un mes o más. Es por esa sensación de irrealidad que lo envuelve todo, como si en vez de estar de camino al trabajo, por ejemplo, continuaras en  esa agradable fase entre el sueño y la vigilia de la que no quieres despertar. Desgraciadamente para mi, pero me temo que afortunadamente para la mayoría de la gente, siempre acaba saliendo el sol... demasiado pronto. Si esperara hasta el día siguiente, que sería lo más educado, tendría un pase. Pero cuando se presenta  a media tarde, así de sopetón, me parece de una insolencia insoportable. Es como si estás tan ricamente en un cine viendo una película romántica o de suspense o de lo que sea y alguien enciende las luces de la sala. Se rompe toda la magia. En fin. Dicho esto, voy al tema.

Esta mañana a eso de las 6 me he levantado con la intención de ir a correr un rato por el Parque del agua, que es mi hábitat natural para estos menesteres. Desde la ventana se veían charcos en la calle y chispeaba ligeramente. No me atrevería a llamar a eso lluvia, pero cumplía sus funciones en lo que a mi respecta. Así que me he calzado las zapatillas y me he tirado a la calle con el único accesorio anti-lluvia que he considerado adecuado en estas circunstancias:  una gorra visera que evita que te baje el agua por ojos y cara caso de que arrecie el chaparrón. 

Como suponía, el ambiente húmedo a disuadido al 95% del personal que el sábado pasado me encontré durante el recorrido. Sí. De normal, incluso entre semana y más desde que se dio el permiso,  hay gente a esas horas por ahí. Hoy sin embargo solo me he encontrado corriendo a una chica y un chico, cada uno por su lado, justo cuando de vuelta veía ya el portal de mi casa. Por el parque me he cruzado con dos bicis y un par de paseantes pertrechados con chubasqueros y demás.


¿Hay algo más evocador que ver llover tras los cristales?

No acabo de entender cuál es el motivo de esta aversión generalizada a mojarse ni siquiera un poquito. Y más en un día como hoy, a 18 grados. Chispeaba tan poco que apenas se ha mojado mi camiseta. Supongo que la gente pensará que con lo bien que se está en la cama, para qué te vas a arriesgar a darte un remojón. En fin. ¡Si supieran lo que se han perdido! Aunque pensándolo un poco, casi mejor así. A ver si mañana llueve otra vez. Volveré a tener ese vergel húmedo y fragante solo para mi. Un sueño hecho realidad.


Nota al margen.: El título de este artículo contiene el singular nombre de un grupo pop nacido ya en los 80 pero que sigue todavía en pie (De la lluvia). Son la mayoría amigos míos y hace unos tres años me dieron la oportunidad de salir  con ellos al escenario a interpretar Space oddity. Un subidón.

domingo, 26 de abril de 2020

Cuatro libros que te van a enganchar, incluso estando en caurentena

Lo de ponerse a leer, a leer un libro, me refiero,  requiere su tiempo, pero sobre todo requiere de cierto sosiego de espíritu. Y si de esto último ya no vamos muy sobrados de normal, en estos tiempos de incertidumbre ya ni os cuento.  Y lo del tiempo, otro tanto. Yo creo que en esto nos pasa un poco como a mucha de la gente que se jubila, que se jubilaba, perdón, antes de lo del virus,  que pensaban que eso iba a ser el dolce far niente y de eso nada monada.  Entre las tareas caseras, los nietos, las idas y venidas al centro de salud, a la farmacia, las actividades del club de mayores, etc. etc., estaban más pringados que antes. Pues algo así nos pasa a muchos ahora. Me hace especial gracia, casi diría que me inspiran ternura, por su inocencia, la ingente cantidad de recomendaciones para "no aburrirse" que te llegan a diario desde los medios de comunicación o por las redes sociales: que si el museo del Prado a golpe de clic y en 3D,  que si conciertos en directo, ópera, ballet, teatro... y encima, todo gratis. ¡Pero si no me da tiempo ni a leer las propias recomendaciones! Como para meterme en harina con lo de dentro. Es de locos. Además, muchas de esas actividades programadas suelen ser precisamente a las 18h, justo coincidiendo con mi clase de zumba en streaming. Cachis. En fin. Retomo el hilo, que me disperso.

Bueno, pues como en estas situaciones no vale cualquier libro, si alguien está pensando en leer uno  y no sabe cuál, a continuación recomiendo cuatro que a mi me han gustado especialmente* de los últimos que han caído en mis manos (y que he leído, eso es importante), y un breve comentario personal, no una crítica, sobre cada uno de ellos. Y si alguien se anima con alguno tras leer esto, me alegraré, sobre todo si me lo hace saber. Hala. Ahí va la lista.



En busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán

Esta novela corta la encontré hará un par de años en plena calle a dos manzanas de mi casa sobre el respiradero de un garaje. Supongo que alguien la había dejado allí para que la cogiera el primero que se interesara por ella. Estaba medio lloviendo. Me picó la curiosidad, miré la contraportada y me la llevé.  Todavía hoy huele a humedad. Leyéndola se siente uno trasladado al siglo XV, pero no sólo por la historia que cuenta, que es más que entretenida, sino por el lenguaje y las expresiones que utiliza el autor al escribir, que parecen salidas de  la humilde pero florida y graciosa pluma del protagonista, Don Juan de Olid. Una auténtica y singular delicia.



El adversario, de Emmanuel Carrere

Este perturbador libro llegó a mí por el club de lectura de mi mujer, fuente de la que he bebido tragos realmente saciantes, como fue el caso de Stoner o El color de la leche entre otros. Este no te deja indiferente.  Cuenta de una forma muy directa, casi en primera persona, pues el autor tuvo un contacto muy cercano con el protagonista, la escalofriante e increíble historia de Jean Claude Romand, que  hace un año salió en libertad después de 26 años de cárcel por haber asesinado a  sus hijos, su mujer y sus padres. La realidad supera a la ficción. Y este libro es buena muestra de ello, no solo por la historia en sí, que es tremenda,  sino por cómo lo cuenta. Imprescindible.
Por cierto, más tarde vi una película española que se inspiraba en esta historia y que ha mi modo de ver pasó bastante desapercibida. Se titula "La vida de nadie".  Muy recomendable también.



Fin, de David Monteagudo

Encontré esté título en una de esas listas que aparecen en verano.  Sería una calurosa tarde en la que  no sabía muy bien por donde enfocar mi ansia lectora. Y por suerte acerté. Como de costumbre, no era uno de esos títulos que están en primera fila en las librerías. Quizá no sea literariamente exquisito, pero la trama te atrapa desde un primer momento y no te deja respiro hasta el fin. Nunca mejor dicho. Inquietante.



No, mamá, no, de Verity Bargate

Este librito de menos de 200 páginas llegó a mí como el anterior, puede que incluso en la misma lista. No sé cómo presentarlo. Digamos que una mujer joven, casada y madre de dos pequeños, tras tener al segundo, (quizá a causa de la depresión post parto) comienza a ver su vida con tal desencanto y lo cuenta en primera persona de una forma tan descarnada que te deja completamente noqueado desde la primera linea. Imposible dejarlo a mitad. Pequeño pero matón. Muy, muy intenso. 


* A todos los he valorado con un 9 en mi escala personal (y subjetiva, claro). No es una garantía para nadie, pero puede ser un indicio. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Cómo sobrevivir en los grupos de whatsapp. La guía definitiva.


Igual me he pasado con lo de definitiva. Pero el que me conoce ya sabe que soy muy de titulares.

Si ya estábamos enganchados al whatsapp antes de que empezara la cuarentena, no hace falta que os diga cómo está la cosa desde entonces. Una locura. Imagino que pasará lo mismo con el resto de redes sociales, pero como esta es la que más uso, pues de esta voy a hablar. Y en especial, de los grupos, su punto fuerte en mi opinión, pero también el más crítico. 



O sea que vamos al tema ya de una vez. A continuación, a modo de guía para navegantes y para conocer a qué nos enfrentamos, me he atrevido a proponer una clasificación en la que se podrían encuadrar la mayoría de las especies que hoy coexisten en las procelosas aguas de ese maremágnum que forman los grupos de whatsapp. Espero que os sea útil:

El rebotador. Este es un espécimen muy común. Admitámoslo, todos, en algún momento, somos rebotadores. Pero al rebotador puro lo reconoceréis porque al inicio de sus mensajes siempre, digo siempre, sale una flechita gris y la palabra "reenviado". Y aun dentro de este conjunto hay grados muy diversos. Desde el más pernicioso, que reenvía indiscriminadamente todo lo que le llega por otros grupos, hasta el que, algo más contenido, se limita a rebotar cosas que al menos tienen alguna relación con lo que se está comentando. Un pesado, en cualquier caso.

El exhibicionista. Su medio natural es el Instagram y el Facebook, pero también se mueve con soltura en este hábitat. No pierde ocasión de mostrar a todo el mundo la felicidad que embarga cada momento de su vida. No es muy dañino, aunque puede ser bastante empalagoso si se expone con demasiada frecuencia.

El activista. En muchos  grupos, no en todos afortunadamente,  suele haber uno o varios individuos, que a sabiendas de que se encuentran entre personas con tendencias políticas diferentes, no tienen empacho en lanzar acaloradas soflamas contra la agrupación política que no es de su cuerda. Ante esto, la  mayor parte del personal, con buen criterio, suele tener el buen gusto de no replicar. La paciencia, combinada con una buena dosis de indiferencia, suele ser el mejor antídoto.

El atrae fakes. En realidad suele ser una variante del rebotador, pero con una sensibilidad especial, una tendencia natural a la difusión de bulos, fakes y teorías conspiratorias de todo tipo. El no va más de esta clase es cuando se combina con el activista. Un cóctel realmente explosivo.

El inoportuno. Este tipo puede ser en realidad cualquiera de los otros, incluso de los pasivos (los que casi nunca participan). Se manifiesta cuando en medio de una conversación, o justo después de lanzar algún mensaje personal o en el que has puesto especial interés, zas, te corta el rollo con un tema que no tiene nada que ver dejándote con un palmo de  narices. Os ha pasado, ¿verdad? Para evitar esto, recomiendo siempre echar un vistazo al grupo antes de compartir nada nuevo.

El caza vampiros. Es justo lo contrario del atrae fakes, sobre el que se lanza como un águila ratonera en cuanto huele un bulo. Aunque a veces puede llegar a ser un poco pedante, suele ser útil para mantener cierto equilibrio en el frágil ecosistema grupal.

El felicitador feliz. Esta subespecie puede combinarse con todas las demás, pero tiene la particularidad de que suele contar entre sus miembros con muchos de los llamados pasivos que, agazapados en sus madrigueras, esperan la llegada de un cumpleaños para salir exultantes entre tartas, confeti y serpentinas para felicitar al interesado en día tan señalado. No pasa nada, es un tipo aceptado socialmente. Solo que yo, puestos a elegir, prefiero en estos casos una llamadita o un  mensaje personal. Manías mías. 

El creativo. Por definición, sería lo opuesto al rebotador. Acostumbra a aportar contenidos de elaboración propia. A veces es difícil distinguirlo del exhibicionista. Hay que tener cuidado con eso. En todo caso, al menos si alguien se molesta en escribir un mensaje o lo que sea de su puño y letra, qué menos que leerlo.

El adulador. Emparentado con el felicitador feliz suele aparecer, a modo de palmero,  tras la intervención de un activista de su misma manada, con el que comparte las mismas pulsiones pero con menor iniciativa. 

El despistado. Suele recibir antes un burofax que un mensaje de whatsapp. Por urgente que sea. No tiene mala intención, pero a veces es exasperante.

El dictator. Jamás escribe con el teclado. Se limita a hablar por el el micro. Largas parrafadas, por lo general.  Si es por una deficiencia visual, o física, está en su derecho. Pero por vagancia... no tiene perdón. De las dos variantes de este ejemplar, el que te envía directamente los audios es claramente el más fastidioso. Por lo menos  al texto, aunque suele estar lleno de erratas de la transcripción, le puedes echar un vistazo y te haces una idea de que va. En el caso del audio lo mejor es obviarlo directamente y en caso de alegación decir que tienes la memoria llena.

En fin. Probablemente existan muchos más tipos de los que acabo de describir. Al fin y al cabo esto no es un estudio científico. Es solo un divertimento. Y no creo que nadie o casi nadie pueda decir que no se haya infiltrado en algún momento en prácticamente cada uno de todos estos tipos. Yo seguro que sí. En todos. Pero bueno. El único fin de este "estudio" es arrancar una sonrisa a alguien en estos días tan extraños. Y, quién sabe. Quizá también haya a quien le sirva para reflexionar un poco sobre este fenómeno del whatsapp, del que formamos parte, queramos o no.



jueves, 19 de marzo de 2020

Tenemos que hablar

Posiblemente la frase más temible con la que una pareja  puede empezar una conversación. Y más si el que suelta la frase ha propuesto sentarse antes. Y mucho más aun si el que recibe el mensaje no sabe de donde le vienen los tiros, que suele ser lo normal. Es sabido que el efecto sorpresa suele acompañar a cualquier cataclismo que se precie, como el que nos ha caído encima estos días.  Pero no os asustéis, no es de problemas de pareja de lo que quería hablaros hoy, aunque me da que este periodo de convivencia intensiva propiciará  más de un positivo, por usar la terminología desgraciadamente tan de moda en estos momentos. Ya no sé ni de qué quería hablar. Ah sí. De que tenemos que hablar más. Especialmente ahora.

Debe de ser cosa de la naturaleza humana que cuando algo que antes era costoso pasa a ser gratis nos deja automáticamente de interesar. O quizá es que dejan gratis las cosas que saben que van a dejar de interesar a la gente. Quién sabe. Pero centrémonos un poco. ¿Cuantas llamadas hacéis desde el fijo de casa a familiares o amigos desde que son ilimitadas? Cuando vivía mi madre hablábamos todos los días. Desde que me quedé huérfano aun tengo muchas veces el impulso de coger el teléfono y llamarla para comentar cualquier novedad o simplemente  preguntar qué tal van las cosas. En la situación actual, si viviera, seguro que todos los días hablaríamos un buen rato. Desde que empezó todo esto siento ese impulso más a menudo. Y aunque tengo la agenda del móvil repleta de contactos ya casi no llamo a nadie y casi nadie me llama. Me refiero a llamadas importantes. Las que se hacen sin ningún motivo. Solo por estar un rato con alguien a quien aprecias. 

Aunque parezca actual, esta foto la tomé en febrero de 2019. La luz era perfecta.

En realidad tengo unos cuantos amigos a los que podría llamar y de hecho hay alguno con el que hablo más de una vez a la semana. Pero, por qué no nos llamamos más. Claro. Cuando cogemos el móvil, si es que en algún momento lo hemos soltado, cosa rara, tenemos demasiados wasaps que atender o twits que revisar. El correo de la empresa. El particular. El Facebook. El Instagram. Youtube, Netflix,... bueno, lo de las series me lo reservo para otro día. Total que, cómo voy a perder el tiempo hablando con alguien por teléfono -qué cosa más antigua- teniendo todas estas excitantes formas de comunicación en la palma de mi mano. Por qué llamar a alguien para felicitarle por su cumpleaños -seguro que lo pillas en mal momento y lo molestas- si puedes enviarle un wasap. Y además, como te has enterado por alguien que ha felicitado primero en el grupo que compartís - uno no suele estar al tanto de estos detalles- pues envías el mensaje allí mismo y así te unes a la orgía de  confeti, tartas, besos, corazones palpitantes y hasta fuegos artificiales. Es tan bonito. Pues bueno, esto mismo mas o menos sucede con el resto de redes sociales que hay que atender también, claro. Y cuando te has puesto al día en todas tienes que volver a empezar por la primera. Seguro que hay montones de fotos, mensajes, memes o videos superinteresantes que ver y, por supuesto, reenviar -no vaya a ser que alguien se los pierda-. Ah. Estas tecnologías facilitan tanto la comunicación. 

Afortunadamente todavía hay algún amigo, y no siempre de primera línea, que llama para tu cumpleaños. O para Navidad. O incluso un día cualquiera. Y en esos momentos se aplaca al menos por un rato ese vacío, ese que me provoca ese impulso del que hablaba.

Debo de ser un bicho raro. Pero a lo tonto ya hace 6 años de 10 cosas que no soporto del facebook y Por qué me he quitado del facebook,  dos de mis post más leídos donde explicaba en detalle las causas de mi desapego por esa red, que vienen a ser las mismas por las que me estoy hartando del wasap, a pesar de lo útil que es en ocasiones. En Twitter y en Instagram apenas llegué a meterme hace años y las dejé. Por eso no voy a insistir más aquí sobre el asunto. Solo diré una cosa para acabar -parafraseando a la mismísima Lola Flores-:
Si me queréis... llamadme. 
Tenemos que hablar.

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lunes, 16 de marzo de 2020

Cuando el río (y la epidemia) crece

Hace sólo una semana, el domingo 8 de marzo por la tarde, estábamos con un par de amigos en la terraza de la casa de uno de ellos tomándonos una cerveza tranquilamente. Con  el Pilar al frente y el Ebro discurriendo tranquilo bajo el puente de Piedra, elucubrábamos sobre el posible devenir del virus sin ponernos muy de acuerdo, pero con cierto relajo, la verdad. Parece que ha pasado una eternidad. Hoy llevamos 3 días en estado de alarma. 

En una semana nuestra apacible vida cotidiana, que ingenuamente creíamos inexpugnable, se ha desmoronado como un castillo de naipes. Hasta el mismísimo Futuro, que algunos veíamos llegar ya con cierto sosiego, ha pasado a un segundo plano (en su momento veremos cómo de maltrecho sale de esta, el pobre) ante la plaga bíblica a la que nos enfrentamos. ¡España en cuarentena por desinfección! Y el resto de Europa y del mundo, más o menos igual, en distintas fases de la misma guerra contra el coronavirus. 

Confiamos en que en unos meses, si todo el mundo arrima el hombro, habremos controlado la pandemia. Pero seguramente tardaremos años en recuperarnos de las secuelas de esta insólita guerra en la que nos hemos visto involucrados así, de sopetón. Lo de la sorpresa es algo que debe de ser bastante habitual en estos casos. Casi nadie se cree que de la noche a la mañana va a ser víctima de una situación como la que estamos viviendo. Siempre tendemos a pensar que eso son cosas que pasan en sitios remotos, a gentes acostumbradas ya a esas calamidades. Pues no. Esta vez nos ha tocado a todos.  De lleno.  

El lunes pasado, cuando todavía se paseaba despreocupadamente por la calle pero ya se empezaba a percibir una sensación de calma tensa, comentábamos con unos compañeros de trabajo las similitudes entre la gestión de la crecida de un río con la de la actual pandemia. La conclusión fue que en ambos casos el asunto consiste en intentar aplanar la curva de crecimiento. Lo que nosotros llamamos "laminar la avenida". En el caso de los ríos se sabe que los desbordamientos que causan graves daños se producen a partir de determinados niveles y también se sabe que no se podrá disminuir el volumen de agua que va a pasar por un determinado punto. Pero con los sistemas de previsión actuales, en muchos casos es posible actuar con la suficiente antelación para reducir el pico de la curva, aplanándola y reduciendo así los desbordamientos y consiguientes daños que se hubieran producido de no haber tomado las medidas adecuadas. Un ejemplo:
Gestión real de una avenida en el bajo Ebro. La curva que se hubiera producido (en rojo) sin las medidas de gestión hubiera tenido un pico de 1800 m3/s, que hubiera generado desbordamientos importantes. Gracias a las medidas adoptadas se contuvo en 800m3/s (curva azul), caudal que se mantuvo durante más días pero no causó ningún daño al mantenerse dentro del cauce. Este es el efecto de laminación.
Como estamos viendo estos días, uno de los objetivos de la gestión de la emergencia sanitaria se basa en el mismo principio de "laminación", solo que en vez del pico de caudal es el pico de infectados lo que se pretende disminuir para evitar que se desborde, no el río en este caso, sino el sistema hospitalario. Os suena, ¿no?

Así que no queda otra que cumplir escrupulosamente las medidas que van tomando las autoridades. La colaboración de toda la ciudadanía es indispensable para frenar el avance de la epidemia. Con calma pero con absoluta determinación. Solo así conseguiremos laminar la infección. 
Quédate en casa.






sábado, 23 de noviembre de 2019

Manuel Vilas y Javier Cercas cara a cara


Manuel Vilas vivía hace unos pocos años en el barrio del Actur de Zaragoza. Eramos vecinos. Pero eso fue antes de marcharse a Iowa y de pegar el pelotazo con su libro Ordesa.  

Esta tarde me he pasado por el Carrefour, uno de los centros neurálgicos del barrio, con la intención de comprar una bombilla para la lámpara de noche de la parte izquierda de mi cama, donde duerme mi mujer. Como a los dos nos gusta leer  un rato antes de dormir y  me suelo encargar de estos temas, harto de las bombillas baratas pero poco duraderas de los chinos he decidido comprar una led tipo vintage de las de marca. También son made in china, pero confío en que pasen algún control de calidad porque me han soplado 7,90 euros por la bombillita. Haciendo cálculos necesitaré unos 5 años para amortizar la inversión. En fin, todo sea por el desarrollo sostenible y el ahorro energético. 

El caso es que cuando pasaba por uno de los pasillos del centro comercial rumbo a las cajas con mi bombilla Philips me he topado con un expositor de novedades bibliográficas entre las que destacaban los flamantes ganador y finalista del Planeta de este año: Javier Cercas y Manuel Vilas con sus respectivos libros, "Terra alta" y "Alegría".

Llevan pocos días en las estanterías así que me he acercado a curiosear y echarles un primer vistazo. Como supongo que hace todo el mundo les he dado la vuelta para ver lo que ponía en las traseras y... el texto ha dejado automáticamente de interesarme. Han sido las fotos las que han atraído mi atención:


Javier Cercas y Manuel Vilas, ambos nacidos en 1962, posan de forma muy distinta en las contraportadas de sus libros, ganador y finalista respectivamente, del premio planeta 2019
¿No os  parece que la diferencia en el tipo de imagen elegida de cada uno de los autores es más que notable? No sé quién decide estas cosas, si el propio autor, su representante o la editorial, pero el asunto tiene su importancia. En el caso de Cercas la foto parece casual, tomada de forma improvisada en la puerta de la facultad o un sitio así. Además, le falta contraste. Es una foto gris de un  profesor que mira algo ceñudo a la cámara, obligado por las circunstancias del marketing.

Sin embargo la de Vilas es la foto de estudio de una estrella, con su photoshop y todo. La imagen de un tipo seguro de si mismo que mira a la cámara con ese aplomo que da el tener una cuenta corriente saneada y con perspectivas más que fundadas de ir añadiendo ceros a no mucho tardar. Vamos, que en vez de un libro podría estar vendiendo una colonia de las caras. Quién sabe. Quizá Vilas sea el primer escritor con el suficiente tirón mediático como para hacer bolos en publicidad. Al tiempo.

Podrá parecer algo superficial este primer acercamiento a los premios planeta de este año, pero, qué queréis, para no haberlos leído todavía...

Aunque en mi defensa diré que tengo algunas referencias. De Vilas he leído y tengo en mi estantería casi todos sus libros de narrativa, desde "Dos años felices", que por algún motivo no suele aparecer en las listas pero que a mi me parece uno sus libros más interesantes, hasta Ordesa que fue, bueno, como ese diario íntimo que muchos hubiéramos querido escribir si no fuera porque nunca tuvimos ni las ganas ni el valor ni el talento necesarios para hacerlo.

De Javier Cercas confieso que no había leído nada hasta lo del premio. Así que para ponerme en situación tras la noticia me agencié dos de sus novelas cortas (siempre elijo si es posible este formato en autores que no conozco, por si acaso). "El móvil" me gustó a medias, posiblemente influenciado por la película "El autor", basada en la novela, que no me entusiasmó demasiado cuando la vi en su día. Sin embargo "El inquilino"  sí me enganchó desde el primer momento, lo que me hace tener buenas expectativas de cara al resto de su obra y  a su premiada "Terra Alta" en particular.

De todas formas estoy seguro de que van a ser de los libros más  regalados e incluso leídos estas navidades. Y yo no seré una excepción puede que en las dos modalidades. Quizá porque, aparte de que no escriben nada mal,  los dos autores nacieron el mismo año que yo, y eso quieras que no une.  Y encima Vilas fue compañero mío de clase de los 6 a los 18 años. Cómo no voy a leerlos.

martes, 20 de agosto de 2019

Basta ya de cerveza, por favor

Lo de la cerveza es algo que no acabo de entender. Me refiero a la gran cantidad de gente que no solo ama incondicionalmente esa bebida sino que alardea de ello alegremente en cualquier foro.  Yo no soy uno de ellos y por eso, inmerso en un país de locos por la cerveza, tengo que soportar una especie de presión social-mediática-publicitaria que se podría resumir así: Si tu ideal de una tarde de domingo no es juntarte con los amigos a ver el fútbol con la nevera llena de cervezas... no eres un tío normal. Que lo sepas. 

O sea que, sabiéndome "rarito", voy llevando la cosa lo mejor que puedo.  Además, no es que sea nada radical al respecto. De verdad. De hecho suelo tomarme tres o cuatro  cañas a la semana sin problemas. Y hasta ese límite más o menos me sientan bien. Lo que pasa es que cuando por circunstancias  llevo unos días bebiéndome aunque sea una diaria me empiezo a saturar y llegado a ese punto la sola visión de ese fermentado amarillento y gaseoso se me hace insoportable. Por eso no me siento en absoluto representado por esa  marabunta de chistes y memes que ensalzan las virtudes de la ingesta inmoderada de cerveza y que se celebran con alborozo especialmente en verano en todo grupo de amiguetes de whatsapp que se precie. ¡Como si fuera algo 100% saludable sin riesgo alguno!

Pues no, amiguitos, no. La cervecita es una bebidita alcohóliquita y como tal tiene sus riesguitos. Pero como digo, no es el tema de la salud  lo que me hace decir "no" a una segunda ronda cuando vamos de bares por ahí. Es algo mucho más poderoso, es el hastío que me provoca el exceso de esa bebida que a "casi" todo el mundo parece no empalagar nunca. Me cansa la cerveza. Qué se le va a hacer. Pero más que la cerveza en sí, que como el vino, tiene su momento, lo que me hastía es, como he dicho, esa apología desmesurada que se hace de  ella  por todas partes. Eso es lo que me aburre. Nunca he sido mucho de idolatrar a nada ni a nadie, y menos a una bebida, faltaría más. Por eso, si no toco palmas cada vez que alguien sube un chistecito sobre la cerveza, que nadie se extrañe, ya sabéis los motivos.