jueves, 30 de octubre de 2014

Malikian y el éxtasis

Ayer conocí la belleza. Como pocas veces. Nunca un concierto, de los muchos que he tenido ocasión de disfrutar en mi vida, me había producido una emoción tan intensa:

 LO DE ARA MALIKIAN FUE ALGO SENCILLAMENTE BRUTAL. 
(Creo que esta es la primera vez que uso las mayúsculas en las 90 entradas que llevo publicadas en este blog.)

Ayer a mediodía una amiga me dice que un percusionista hindú conocido suyo va a actuar en la plaza de las Armas acompañando a un violinista llamado Malikian. Me sonaba de haber leído algo de él en algún XLsemanal y poco más.  Fui a ver que pasaba. Llegué casi una hora antes mientras probaban el sonido. Desde el principio intuí que estaba a punto de presenciar algo grande. ¡Y vaya si acerté!
La hora escasa que duró el concierto me dejó completamente saciado. A mi y al numeroso público que abarrotaba la plaza. Malikian conectó con la gente desde el primer momento y nos dejó sin aliento hasta el último compás. Tiene el carisma de un mesías y el virtuosismo del mismo demonio. Él y su grupo de 5 músicos tocaron temas muy diversos, desde danzas griegas y libanesas hasta una versión de "No surprises" de Radiohead realmente memorable. Daba igual el tipo de música. Todo encajaba perfectamente bajo el embrujo de ese genio.

El éxtasis llegó con la propina: El Aria de la Suite en ReM de J.S.Bach. Malikian se bajó del escenario y  recorrió suavemente la plaza de punta a punta mientras los presentes le habrían paso de una forma casi mágica, embelesados ante aquel hombre que te miraba a los ojos mientras te arropaba con aquella música celestial.


Solo me arrepiento de una cosa. Cuando pasaba justo a mi lado saqué el móvil y me puse a grabar pretendiendo atrapar para siempre aquel momento mágico. ¡Que iluso! ¡Y qué gilipollas!. Es como si estás echando el polvo de tu vida y cuando estás a punto de culminar sacas el móvil para tener un recuerdo. Era para habernos dado con el violín en la cabeza a todos los que hicimos como yo. Pero no. Ni se inmutó. Siguió magnánimo, regalándonos su mirada y su música. Simplemente genial.

jueves, 16 de octubre de 2014

Las bicicletas... "ya están aquíiii" (con la tonadilla de la niña de Poltergeist)

Y han venido para quedarse. Eso que no le quepa duda a nadie. Podría estar hablando de cualquier ciudad de tamaño medio o grande, pero en concreto me estoy refiriendo a Zaragoza, la ciudad donde vivo y por la que me desplazo a diario para ir al trabajo, para dar una vuelta y para otras cosas. Yo y unas 600.000 personas más. Digamos que, sin llegar a la locura de las grandes urbes como Madrid y Barcelona, hay bastante gente moviéndose de un lado para otro. Sobre todo en horas punta. Y como hay distintos medios de ir a los sitios, pues ya está el lío montado. Porque parece que no es nada fácil poner de acuerdo a los distintos usuarios de la vía pública en cuanto a sus derechos y deberes ciudadanos. En fin, un problema de convivencia. Ni más ni menos que de "convivencia": la madre de todas las batallas de la historia de la humanidad, desde las riñas domésticas a las guerras mundiales. "Casi ná".

Hasta hace cosa de un mes todo iba más o menos "sobre ruedas" entre ciclistas, peatones y vehículos a motor. La situación era que las bicicletas podían circular, aparte de por la calzada y por los carriles bici, por aceras anchas y vías peatonales siempre que se cumplieran una serie de normas para evitar molestias a los peatones. Es verdad que siempre había algún energúmeno que incumplía las reglas y circulaba con su bici como si estuviera en una yincana. Y también es cierto que pocas veces se sancionaba esa actitud. El caso es que hace un mes el tribunal superior de justicia de Aragón dictó una sentencia que prohibía la circulación de la bicis por las aceras y demás espacios peatonales y venía a equipararlas en cuanto al código de circulación con motocicletas, coches y demás vehículos a motor. No se porqué me da que entre los miembros del tribunal debía de haber pocos amantes de la bicicleta.

Es evidente que en hora punta no es adecuado ir en bici por lugares muy transitados como la calle Alfonso. Esta foto tomada antes de la prohibición muestra a un ciclista que, con buen criterio, va caminando al pasar por allí. Sin embargo, cuando yo circulaba por ese mismo punto a las 7:15 de la mañana, puedo asegurar que  no molestaba absolutamente a nadie.
A esas horas no había ni hay mucha circulación. Los carriles bici, donde existen, son sin duda la mejor opción en cualquier momento. Pero, aunque cada vez hay más tramos disponibles, todavía queda mucho por hacer.
 
El revuelo que se ha montado con la aplicación de la nueva norma ha sido importante. Los peatones "militantes anti-bici" están entusiasmados tras habernos expulsado de sus dominios. De momento. Por otro lado, a la mayoría de ciclistas, entre ellos yo, no nos hace mucha gracia eso de meternos por la calzada entre un autobuses, taxis, y demás. Pero vaya. una vez que te pones, es cuestión de no perder la calma y ya está. Llevo unas tres semanas subiendo al trabajo en bici  "a reglamento" y no he tenido ningún problema. En tiempo, puede que incluso tarde menos ahora que antes. En cuanto al tercero en discordia: coches, taxis y autobuses, me da la impresión de que, sin quererlo ni beberlo,  han sido y van a ser los más perjudicados. No les queda otra que adaptar su ritmo al de las bicicletas en muchas vías. Por eso, y sobre todo por el peligro que supone para el ciclista, creo que se debería flexibilizar algo la norma y permitir a las bicis circular por ciertos espacios en determinadas circunstancias.

Esta foto tomada en Varsovia ejemplifica lo que para mi es la clave de este asunto: tolerancia y sentido común. Añadiendo un poco de estos dos ingredientes, peatones, bicicletas y vehículos a motor podríamos convivir mejor sin tirarnos los trastos a la cabeza. Que bonita es la utopía, ¿verdad?




En cualquier caso lo que tengo muy claro es que el avance de la bici en ciudades como Zaragoza es imparable. Y eso va a ir siempre, ya lo siento por la industria del automóvil,  en detrimento del uso del coche particular, que en mi opinión solo está justificado en ausencia de otra opción mejor. Por clarificar un poco, pongo a continuación una  lista  en la que imagino que casi todo el mundo estará de acuerdo:

Orden de preferencia en los modos de desplazarse por ciudad:

Esta clasificación, análoga a la de un electrodoméstico quizá pueda ser útil para ver como están las cosas. Los modos de desplazamiento F y G, en mi opinión, pronto tendrán que desaparecer, como las bombillas incandescentes. Es una cuestión de sentido común. ¿Que justificación tiene mover 2000 kg a base de quemar gasolina para transportar a un ser de 80 kg? Si, es posible que el individuo o individua en cuestión se lo pueda permitir económicamente. Pero, ¿podemos permitirnos ese derroche como ciudadanos? ¿Debemos tragarnos todo ese humo innecesario sin rechistar?

Bueno, el tema da para mucho más, y seguro que volveré a él en breve. Pero para empezar, creo que puede valer.

Por cierto. Para variar, me gustaría recibir vuestras opiniones sobre el tema, tanto a favor como en contra y que se generara algo de debate. ¿Será posible? ¿O es otra idea utópica? 

sábado, 11 de octubre de 2014

El gran secreto de los bocadillos con el pan siempre tierno y crujiente.

Aprovechando que estos días parece que el apocalipsis está ya ahí, a la vuelta de la esquina, he pensado que sería bueno tratar algún tema serio. Como por ejemplo este asunto de los bocadillos. A primera vista puede parecer una tontería, pero si pensamos un poco nos daremos cuenta de que, al menos los que tenemos hijos, nos pasamos un montón de años preparando bocadillos día tras día todas las mañanas de colegio. Y si tienes dos o más criaturas en casa, eso son muchos, pero que muchos miles de bocadillos. Así que, ¿Por que no hacerlos lo más ricos posible y ahorrando tiempo y dinero?

Yo llevaré unos 10 años dedicando un rato nada desdeñable cada mañana a esta tarea, que por otro lado me resulta bastante gratificante, y calculo que me quedarán por lo menos otros 4 años más. Pero vayamos al grano. Cuando hablo de bocadillos me refiero al clásico bocadillo español que  se hace con pan de barra. Nada que ver con el sándwich de pan de molde, que si, se mantendrá tierno, o mejor dicho "blandengue" durante días en su bolsa, pero jamás podrá albergar en su seno unas virutas de jamón con un mínimo de decoro. Para hacer un bocadillo  en condiciones hace falta un pan de barra o baguette o chapata  lo más recién hecho posible. Y ahí está el problema: que uno cuando se levanta a las 7 de la mañana no suele disponer de una panadería a mano a la que acercarse un momento en pijama.

Para eso, y ahí va solo el principio del "gran secreto", está el congelador. Confieso que durante muchos años no me convenció nada la idea del congelar el pan. El problema era que no lo utilizaba de la forma adecuada. Ponía el pan a congelar cuando ya había perdido su frescura. Luego cuando lo sacaba, lo descongelaba en el microondas  y lo que me encontraba era un pan revenido y blandurrio que no valía para nada. Como alternativa solía guardar el pan de un día para otro en bolsas de plástico cerradas. No se ponía duro, pero cuando lo sacabas  al día siguiente empezaba a asemejarse demasiado a su primo el pan de molde. Un desastre vaya. Y es que por aquel entonces, no hará más de dos años, todavía no me había sido revelado el gran secreto para tener siempre pan crujiente en cualquier momento. No voy a alargar más el suspense. Estas son las claves:


  1. El pan debe congelarse lo antes posible. Si está todavía caliente de la panadería, mejor.
  2. Y esto es lo más importante: antes de congelar debe cortarse previamente como si fuéramos a preparar los bocadillos en ese momento: es decir, al tamaño que queramos pero siempre cortado en dos mitades , aunque luego guardemos las mitades juntas en el congelador.

Este es más o menos el aspecto habitual de uno de los cajones de mi congelador: Lleno de panecillos y pedazos de barra pre-cortados al tamaño deseado. También se puede guardar en rebanadas siguiendo siempre la norma del punto 1

Cuando sacas las dos mitades del congelador no hay más que rellenar con lo que se quiera y ya está. ¡No hay ni que recoger migas! Además, para los que somos amantes del "pan con tomate", el hecho de estar todavía congelado tiene la gran ventaja de que el frotado es mucho más fácil y eficiente. Luego un chorrito de aceite de oliva y ya casi es lo de menos lo que se ponga dentro.

Unas simples lonchas de mortadela se vienen arriba completamente  en un entorno tan sugerente como este. Una vez oí al mismísimo Ferrán Adriá  decir que algo tan humilde como una mortadela barata se convertía en un bocado exquisito con solo aplicarle un tratamiento tan sencillo como el de la foto. Estoy totalmente de acuerdo con él en eso.

No solo lo parece. A los pocos minutos de preparar el bocadillo el pan está tan tierno y crujiente como aparenta la imagen. Y a la hora del recreo sigue conservando esas cualidades.

En conclusión: si cuando vas a por el pan en vez de comprar una barra compras tres y cuando llegas a casa congelas dos de la forma indicada, además del posible ahorro, te aseguras de que al día siguiente por la mañana, o en cualquier otro momento, vas a poder preparar unos bocatas estupendos en un santiamén. Solo tienes que acordarte de tener algo para poner dentro. Aunque eso casi es lo de menos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

4 días en Varsovia

No he estado en Berlín, ni en Viena, ni en Praga. No conozco Atenas ni Estambúl, ni Moscú ni Sarajevo. No soy un viajero empedernido, eso está claro. Pero mira tu por donde que gracias a una de esas carambolas del destino hace una semana se me presentó la ocasión de viajar a Varsovia, ciudad que curiosamente ya conocía de unas vacaciones familiares en 2010. O sea que... para allá que me fui.

Cuando en Zaragoza estábamos a unos 25 grados, en Varsovia hacía un frío que pelaba. No hay más que ver a la gente con plumíferos y bufandas. Aparte de ser completamente de noche a las 7 de la tarde. Un recibimiento poco halagüeño.
Lo bueno de que anocheciera pronto es que al día siguiente a las 6 ya era de día. A eso de las 7 ya estaba totalmente despejado y como tenía tiempo de sobra, para entrar en calor decidí echarme a correr un rato. Afortunadamente el viento había cesado y solo lloviznaba ligeramente. Casi al lado del hotel había un parque en el que me interné buscando esos senderos húmedos tan agradables de trotar. La sorpresa fue que una vez allí, lo que en principio creí un carril-bici, resultó ser un mullido pavimento de tartán. ¡Increíble! Una pista de atletismo perfectamente integrada en el paisaje con sus calles y todo en la recta principal.  
Cuando pienso que en mi pueblo, Barbastro, llevan años y años reivindicando una pista  donde los críos y crías que empiezan en esto del atletismo puedan entrenar decentemente... está claro que en la vieja Europa nos llevan cierta ventaja en algunas cosas.
Como soy bastante proclive a perderme y también para evitar los charcos, me quedé dando vueltas por la pista los dos días que bajé a correr. Una experiencia que no había probado y que en un entorno como aquel, entre robles, castaños y todo ese frondoso verdor propio de  los países del norte, me resultó de lo más gratificante.

Las sesiones de trabajo, de 9 a 4 de la tarde, no dejaban mucho margen para hacer turismo. Entre que llegabas al hotel, te aseabas un poco y demás,  se hacían las 6 y empezaba a oscurecer. Por suerte hice amistad con dos colegas, uno irlandés y otro holandés, que casualmente se llamaban Peter los dos. Los tres juntos  fuimos a cenar un par de noches al "Old town", el centro histórico de la ciudad. Uno de los sitios con más encanto que he visito nunca. Y con el aliciente de que los precios son bastante asequibles en relación con España. 

Plaza central del casco antiguo. Todo el centro histórico fue destruido totalmente durante la II guerra mundial y posteriormente restaurado con  absoluta fidelidad, por lo que fue declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1980. El lugar es precioso, pero a pesar de las mantas y  estufas no apetecía sentarse fuera.
La tercera noche se organizó una cena "oficial" en un restaurante típico. Como entré un poco despistado tuve que separarme de mis dos colegas, Peter & Peter, y me tocó comparitir una mesa con las siguientes nacionalidades: Chequia, Serbia, Montenegro y Macedonia. Lo más cerca que había estado de un grupo así es cuando veía el festival de Eurovisión. Pero muy bien. Todo gente muy maja. Eso sí, el jamón italiano que nos pusieron "como delicatessen", no valía nada. Pero bueno, tampoco me quejé. Que se le va hacer si por aquellas tierras no saben lo que es un jamón en condiciones.


Ya el viernes, como no teníamos vuelo hasta el sábado por la mañana, tuvimos un rato por la tarde para dar una vuelta por la ciudad nueva. El impresionante edificio de la izquierda,  que sigue siendo el más alto de Polonia con sus 237m, fue un regalo de la URSS a Polonia, por lo que fue poco querido por el pueblo durante mucho tiempo. Hoy se ha consolidado como un símbolo de la ciudad. Desde la planta 30 hice unas cuantas fotos como la de la derecha. A la izquierda se puede ver una tienda de Zara. 
Otra vista de la "Old Town". Cuando se la envié a mi mujer me dijo: ¡hala maño que parece que te vas a arrancar con una jotica!. Si es que los que somos de pueblo...

En resumidas cuentas: si tenéis ocasión, no dudéis en visitar esta ciudad. No os decepcionará. Y el resto del país tampoco.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Maratón de Zaragoza 2014. Fotos

En  2012 estuve haciendo fotos de la maratón de Zaragoza. El año pasado la corrí. Este año he vuelto a hacer de fotógrafo. Si sigo esta cadencia al año que viene me toca correrla. Hoy, entre que  el  día estaba gris y que no debía de estar yo muy inspirado, no me han quedado unas fotos tan bonitas como las del 2012. Pero a cambio... he hecho bastantes más. Las fotos corresponden a la llegada a la Plaza del Pilar (km 42) desde la calle Alfonso y abarcan al personal con tiempos de llegada entre  3:30 y 4:30  más o menos. También he tomado unas pocas  en el km 37 de gente con tiempos algo inferiores a 3:30 creo, justo hasta que se me han acabado las pilas, como me suele pasar en las ocasiones importantes, y he tenido que ir a comprar unas a una tienda de recuerdos de la calle Alfonso, donde he retomado la faena. Por último, ya cuando me iba a casa, he sacado un par de fotos del último clasificado que se acercaba a ese km 37 seguido de un espectacular séquito de patinadores y demás personal de apoyo. Tiene gracia el asunto: llegas con un tiempo de 4:45 y no sales ni en la foto, pero el último recibe casi tantos honores como el primero. Así son las cosas.

Bueno, no me enrollo más y pongo a continuación algunas instantáneas. El resto, hasta 536, las podréis ver en el siguiente enlace. Y si alguien quiere una copia a máxima resolución, no tiene más que pedírmela, aunque descargándolas directamente tienen un tamaño más que aceptable.


Lucas, uno de los fenómenos de mi grupo 7:45 acercándose al km 37. Para él un aperitivo para los 103 km de la Ultra de Guara de la semana que viene. Ahí es nada.
El gran Paco, que fue mi guía durante mi primera media maratón, luciendo el nombre de nuestro pueblo, Barbastro, en el dorsal. Elegante y discreta combinación de colores.
El globo de las 3:30 a 5 km de la meta.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Los veranos de la huerta Maza

Artículo publicado en el extra de fiestas de "El Cruzado Aragonés". Septiembre de 2014.

Para los que nacimos en la década de los 60, aquel descampado, hoy cívicamente reconvertido en amplio aparcamiento,  fue durante muchos años lo que hoy son las colonias urbanas, los campus de futbol, etc. Solo que entonces no había monitores, ni horario, ni programa, ni cuotas a fin de mes. Aunque eso sí, teníamos lo fundamental: un largo verano por delante y poco que hacer en casa.  

Por alguna razón que desconozco los chavales hasta los 15 años no tienen mucha afición por algo tan conveniente como la siesta, aunque estén cayendo 40º y sean las 4 de la tarde. Los que ahora tenemos hijos sabemos lo que es que no te dejen ni echar una cabezadita a esas horas en que la conciencia se presta a darnos una tregua reparadora. Justo en ese trascendental momento, nuestros queridos retoños suelen poner todo su empeño en mantenerle a uno despierto con los métodos más crueles y refinados; peleas furibundas, gritos espeluznantes, estentóreas risotadas, etc. Pero como decía, por aquella época, era acabar de comer y, al menos mi hermano y yo, nos tirábamos a la calle sin esperar a ver que decía el hombre del tiempo ni nada. No sé si mis padres se echaban la siesta o no, pero si no, desde luego que no era por nuestra culpa.

Para hacer hora mientras bajaba el resto del personal  nos entreteníamos intentando capturar alguna lagartija hurgando con palos en el muro que daba a la plaza de Guisar. En una casa de esa misma plaza pasaban los veranos un par de chicos de Barcelona, el Oscar y el Robert con los que hicimos amistad. Entre ellos se llamaban así, con el  “el”  delante, cosa que nos chocaba un poco, pero que debía de ser normal en aquellas tierras. Su madre, que también los llamaba de esa forma, nos daba de merendar tomate rallado con azúcar y pan. Algo también extraño, pero que tras las primeras reticencias nos zampabamos sin mayor objeción. Como eran de Barcelona, tenían muchas más cosas que contarnos que nosotros a ellos. De las más recurrentes eran las historias sobre bandas callejeras que hacían la vida imposible a cualquiera que no fuera lo suficientemente duro para plantarles cara. Menos mal que yo vivía en Barbastro, si no difícilmente hubiera sobrevivido en un ambiente tan salvaje.

Hablando de meriendas, recuerdo una en concreto que me impactó la primera vez que la vi y que todavía evoco cada vez que veo unos pimientos verdes frescos. Décadas antes de que Ferrán Adriá pusiera de moda la deconstrucción en la cocina, aquí ya se había llegado mucho más lejos. Estando yo bajo el gran plátano que todavía da sombra frente a lo que queda del Moliné veo llegar a un chaval con un pimiento verde en una mano, cogido a modo de cucurucho, y casi media barra de pan en la otra. Al acercarse observo que el pimiento, al que se le ha quitado la parte del tallo y las semillas, está lleno de aceite de oliva. En él, el oficiante va untando el pan alternando con mordiscos al propio pimiento conforme va disminuyendo el nivel del aceite. ¿Puede haber algo más minimalista y moderno? Lo dudo.

Plaza de Guisar, en frente estaba el solar al que llamábamos "La huerta Maza". Foto del padre Castell, gentileza de Paco Molina.


Pero volvamos al tema. Después de la merienda, cuando el sol ya aflojaba un poco, llegaba el plato fuerte: el  partido de futbol. Y entonces era cuando los menos dotados para el deporte nos dejábamos de fantasías y pasábamos a ocupar el lugar que realmente nos correspondía en la escala social: el último. Una pareja de los que se autoproclamaban mejores, aunque a veces solo eran los más gallitos, lo que a efectos de escalafón venía a ser lo mismo, echaban pies y empezaban a elegir alternativamente a los miembros de cada equipo. Al final siempre quedábamos los mismos. Y entonces llegaba uno de los momentos más humillantes que un ser humano puede vivir:

 – Venga – decía uno de los capitanes –  te doy a estos tres y me quedo con el flaco.
 – Vale. – zanjaba el otro.

Yo estaba entre los tres.
Un diálogo similar a este supongo que habría sido habitual en los mercados romanos de esclavos cuando  se remataba un trato.

A pesar de todo, incluso los que jugábamos de relleno, pasado ya el mal trago de las alineaciones, vivíamos aquellos interminables partidos con verdadera pasión. Apurábamos hasta que ya no se veía ni la pelota. Solo entonces nos despedíamos emplazándonos para el día siguiente y nos íbamos a casa a cenar, resudados y con la cabeza llena de las historias que habíamos oído, de las jugadas que habíamos hecho, de los goles que habíamos metido.  De aquella segada que le hice al delantero del equipo contrario y que mereció aquel “bien hecho Puertas”, de mi capitán, que me hizo sentir por una vez  parte importante del equipo y que paladearía tantas veces aquella noche, y muchas otras noches, mientras caía rendido soñando con futuras jugadas. Jugadas que mi mente hilvanaba con mucha más gracia que mis piernas.  Quién sabe, quizá al día siguiente podría rozar otra vez la gloria. Aun quedaba tanto verano por delante.


martes, 12 de agosto de 2014

Correr, placer intelectual. Un artículo de Mario Vargas Llosa (1979)

Gracias a Natalia una colega blogera, he encontrado este artículo escrito en 1979 por Mario Vargas Llosa sobre el asunto del correr. Como me ha parecido muy interesante lo transcribo a continuación. Me he permitido añadir a pie de página unas cuantas anotaciones en las que expreso mi opinión sobre algún punto concreto del texto.

Portada de la revista Jogging. Con M. Vargas Llosa y Miguel de la Cuadra Salcedo corriendo por el paseo de la Concha de San Sebastián. En la España de aquella época, finales de los 70, "jogging" y no "running" era el nombre "fino" que se le daba a esto de la corrienda.

Correr, placer intelectual (M. Vargas Llosa 1979)
Comencé a correr hace cinco años, cuando me di cuenta de que mi único ejercicio diario consistía en cruzar una docena de veces los cinco metros que mediaban entre el escritorio y la cama. Un amigo deportista me convenció de que los resultados de ese régimen de vida serían la obesidad, para empezar, y el ataque de miocardio para terminar, pasando por variados anquilosamientos. Fue sobre todo lo de la obesidad lo que me persuadió, pues siempre he creído que la gordura es una enfermedad  mental.(1)

Corrí al principio en un estadio que estaba cerca de mi casa. El primer día intenté dar una vuelta a la pista de atletismo —cuatrocientos metros— y tuve que pararme a la mitad, asfixiado, con las sienes que reventaban y la certeza de que iba a escupir el corazón. Poco a poco, sin embargo, fui saliendo de ese estado físico calamitoso y alcanzando los niveles aceptables establecidos por un método conocido. Llegué a correr mil seiscientos metros, en menos de ocho minutos. Corría cuatro o cinco veces por semana, temprano y aunque los primeros meses sentía un aburrimiento y pereza, luego me fui acostumbrando, después apasionando y ahora soy un adicto al deporte.
Los resultados de las carreras matutinas fueron múltiples, todos benéficos. Es cierto que se trata del más rápido sistema para adelgazar sin hacer esas dietas que destrozan los nervios y ennegrecen la vida y una cura fulminante contra el cigarrillo —fumar y correr son vicios incompatibles—(2) y también que toda persona que corre se ríe a carcajadas de los humanos que sufren de insomnio o de estreñimiento porque duerme a pierna suelta y tiene un estómago que funciona como reloj suizo (3). Pero no son esos los principales méritos.
Superado ese periodo inicial en que el cuerpo se pone en condiciones y adapta la rutina, correr deja de ser algo que se hace por obligación, terapia, vanidad, etcétera, y se convierte en un formidable entrenamiento, en un placer que, a diferencia de los otros, casi no exige riesgo ni causa estropicios.
Aunque las cosas han cambiado algo, todavía subyace en nuestros países la convicción de que los seres humanos se dividen en inteligentes y deportistas, que el desarrollo de la mente exige, o poco menos, el sacrificio del cuerpo (y viceversa).
Este fantástico prejuicio llevó a cabo, en efecto, una disociación real. Desde hace siglos, en Occidente, el hombre es orientado desde la cuna en una dirección o en la otra, al extremo de que ha llegado a tener cierta justificación el que los atletas piensan en los intelectuales como unos risibles mamarrachos físicos y el que para estos aquellos carezcan de sesos. Reintegrar esos dos aspectos de la experiencia humana, que nunca debieron escindirse, es una de las cosas que están por hacerse. Costará trabajo, pero hay indicios —a medida que las pistas, parques, playas, carreteras se llenan de corredores— de que no es imposible. (4)
Tarde o temprano la gente tendrá que convencerse que, como leer un gran libro, correr —o nadar, patear una pelota, jugar al tenis— es, también, una fuente de conocimiento, un combustible para las ideas y un cómplice de la imaginación. 

(1) Discrepo totalmente. No creo que la "gordura" (o la obesidad) sea una enfermedad mental. Conozco a gente de todas las tallas y no veo que haya ninguna vinculación entre lo que pesan y su estado mental. 
(2) Es cierto que debe ser muy difícil correr si te fumas una cajetilla al día, pero de ahí a que sea totalmente incompatible... Conozco al menos tres casos cercanos de maratonianos  en activo que siguen fumándose un par de cigarritos al día y como si nada. 
(3) También me parece algo exagerado eso de que el correr sea la panacea contra el insomnio, el estreñimiento, etc. Al menos esa es mi experiencia. Igual  no he alcanzado la dosis adecuada.
(4)  En este aspecto creo que es evidente que las cosas han cambiado en estos últimos 30 años. Aunque los estereotipos siguen funcionando: solo tenemos que ver un telediario para comprobar la diferencia entre una cumbre de mandatarios y la sección dedicada al fútbol. Ahora me da la impresión de que los polos que se describen en el texto han cambiado, o mejor dicho, han vuelto al sitio que siempre han tenido desde la antigua Grecia: en un lado se concentra la gente con un nivel cultural  medio-alto y que invierte tiempo (y dinero) en mantenerse en forma y en el otro los que no han tenido las mismas oportunidades y bastante hacen con seguir tirando para delante. En cualquier caso me parece que esa clara disociación de la que habla el autor no refleja  la realidad actual.