Después de un verano preparándome para correr mi primera maratón, llegó por fin la semana decisiva. Desde julio había estado siguiendo un plan de entrenamiento bastante llevadero y del que hablaré en detalle en otro momento. Solo adelanto que el espíritu de ese plan, o la adaptación que hice de él, podría resumirse en la siguiente frase: "A la maratón hay que llegar fresco, que no crudo".
Así que a siete días para la carrera, ya con todo el pescado vendido, la duda de si estaría preparado o no empezó a inquietarme de manera insistente. Otra fuente de desasosiego fue que en mi hoja de entrenamientos ponía que esa última semana tenía que salir a correr tres días (a razón de una hora cada día). Como me pareció algo excesivo, ya sabéis, para lo de llegar fresco, consulté al oráculo. El gran Pedro Justes, mi principal mentor y guía espiritual en esto de la corrienda, me dijo que él solo iba a correr un rato el miércoles y el resto de los días a descansar. Dicho y hecho. No hay nada como escuchar los consejos que uno desea oír. Aun así, los cuarenta minutos que troté ese último día se me hicieron mas largos de lo normal y acabé con una sensación de cansancio nada halagüeña. ¿Iba a resistir mas de cuatro horas corriendo si en menos de una estaba para el arrastre? Preferí no darle muchas vueltas al asunto.
El jueves, para entrar en harina, me presenté en unas charlas que daban sobre diversos temas para participantes en la carrera. No estuvo mal. Hablaron sobre estiramientos e hicimos unas sesiones prácticas en las que, aparte de comprobar mi nula flexibilidad, aprendí el nombre y ubicación de algunos músculos que solo me sonaban de oídas.
En el mismo foro, el viernes, después de una charla sobre zapatillas, habló un especialista en nutrición. Esperaba con interés oír algún consejo práctico sobre qué comer antes, durante y después de la carrera. Y si, consejos nos dio, pero para mi que tenían mas de teóricos que de prácticos. Que si solo hay que comer productos integrales, incluidos el pan, el arroz y la pasta, que si de embutidos nada y el jamón solo de bellota (¡nos ha jodido!), que si evitar la leche y sus derivados, que si los cereales del desayuno hay que hervirlos antes porque sino son indigestos (o sea, que hay que convertirlos en papilla para bebés), que si el azúcar, chocolate y dulces ni probarlos (con lo laminero que soy), que si nada de agua del grifo, solo mineral, etc. Es decir, lo que se dice una dieta supersaludable, aburridísima y solo apta para bolsillos desahogados. Excesiva en cualquier caso para mi gusto. Porque, como diría mi mujer, tampoco es cuestión de hacerse de 200 años. Pero ya lo que acabó de desconcertarme fue que pusiera al mismísimo Rafa Nadal como ejemplo de lo que no hay que hacer mientras se practica ejercicio: comer plátano, con lo indigesto que es. (!?) Volví a casa con mas dudas que otra cosa. Esa noche cené pizza.
El sábado tenía un menú rico en hidratos de carbono que ya había programado antes de la charla del día anterior: arroz blanco y pechugas rebozadas para comer, y pan (normal) con tomate y jamón serrano y un poco de queso para cenar. Aparte de fruta y bebida isotónica a discreción . Salvo esto último, me lo comí todo con una ligera aprensión, al contravenir de forma tan flagrante los mandamientos que me habían sido revelados el día anterior.
Y llegó el gran día. Siguiendo la recomendación generalizada, apoyada también por el nutricionista, había que desayunar bien unas tres horas antes de la carrera. Así que a las cinco y veinte sonó el despertador y me puse al tema. No tenía nada de hambre, pero me comí un par de peras y un bol de leche con colacao y cereales (sin hervir, ¡inconsciente de mi!). Volví a la cama con intención de dormir un rato, pero entre la tripa llena y los nervios no pude pegar ojo. Afortunadamente en esta ocasión al menos no tuve dudas respecto a la indumentaria: el día se presentaba templado y con el viento en calma, por lo que la camiseta sin mangas de mi equipo, el Grupo7:45, fue mi única opción. A las siete y veinte ya estaba en la parada del tranvía, donde me encontré con José Ignacio, colega de grupo. Durante el recorrido hacia el Parque Grande se fueron incorporando otros muchos corredores hasta llenar los vagones casi por completo. El ambiente era total.
Junto a la linea de salida nos hicimos unas fotos de grupo y nos deseamos suerte unos a otros. Faltaban solo unos minutos para el pistoletazo cuando me asaltó la clásica duda en estos casos: ¿Debería ir al baño por última vez? . (
Continuará)