miércoles, 1 de mayo de 2013

Una refrescante mañana de carrera

Zaragoza es uno de los lugares menos lluviosos de España. Aun así hay sitios y momentos en los que uno parece encontrarse en latitudes mucho más húmedas. Está semana ha estado lloviendo  tres días sin parar. Violeta, que es alemana me dijo que ese era el tiempo normal en Düsseldorf, lo que confirmó mi añoranza por esas tierras. Aunque nunca las haya visitado. 

Después de 10 días sin calzarme las zapatillas hoy me he desquitado. Ha sido una mañana perfecta. Con los amigos del grupo 7:45 hemos iniciado el recorrido habitual por la ribera del Ebro hacia los Galachos de Juslibol. Uno de esos sitios por los que da gusto correr o pasear una mañana de domingo.



El terreno estaba mojado pero la temperatura era ideal.

El río Ebro todavía baja caudaloso después de tres meses de crecidas sostenidas

Internarse en los Galachos  es uno de los recorridos más gratificantes que se pueden hacer en Zaragoza. 

Al final 16 kilómetros de ritmo suave y conversación agradable. Y a las 9: 30 en casa. Una gozada.

jueves, 18 de abril de 2013

El luminoso regalo de los 51

Pues sí. Ya hace un año desde que, con ocasión de mi 50 aniversario,  me planteaba la penosa disyuntiva de  decidirme entre  un Ipad o una guitarra como regalo. Hoy estoy más que satisfecho de haber elegido la guitarra. Aunque quizá mi familia no pensará lo mismo. El caso es que me han caído los 51, y siendo un número tan poco singular, y después del exceso de la cincuentena, la ocasión no requería de mayores agasajos.

Se dio la circunstancia de que el martes de la segunda semana de abril un antiguo compañero de colegio, de instituto y de residencia universitaria presentaba un libro en la FNAC. Hasta ahí todo normal. El problema era que los dos últimos libros suyos que había comprado los tuve que dejar sin acabar de leer. Y no soy de los que compran libros por comprar. Aunque me cueste, procuro amortizar la inversión a toda costa. Pero como digo, con esos dos no pude. Imposible.

Tapa de la última novela de Manolo Vilas.

A pesar de esos antecedentes, algunas críticas sobre su última novela que hablaban de un giro en su obra, la buena tarde que hacía y que me encontrara casualmente por el centro,  hicieron que me decidiera. Para hacer hora me metí en el Palacio de Sástago, justo en frente de la FNAC, más con la esperanza de encontrar unos servicios donde aliviar mi vejiga que de culturizarme con lo que allí se exponía. Y mira por donde que aparte de no encontrar un WC por ningún lado, me topé con la  monumental y para mi desconocida obra pictórica de Cristóbal Toral. Me quedé anonadado. Ya con aquella sorpresa inesperada tenía amortizada la tarde. Salí del palacio culturalmente satisfecho, pero con una necesidad ya perentoria de ir al lavabo. Me asomé a una heladería smooy y vi el ansiado pictograma al fondo del establecimiento. Salí de allí tan exultante como de mi visita al Palacio.

El acto estaba previsto para las 21h. Me presenté unos minutos antes y me acomodé en la última fila de la sala cerca de la puerta. Un sitio discreto por si se complicaba la cosa. Hice bien en llegar pronto por que al cuarto de hora  todavía no había empezado el asunto y al fondo se acumulaba gente de pie. Al poco vi entrar a María Ángeles, la mujer de Manolo y estuvimos departiendo un poco. Estaba muy guapa y así se lo hice saber. Llegaron por fin los oficiantes y empezó el cotarro. Todo fue muy en la línea que esperaba: alta literatura para literatos. No era mi hábitat natural, estaba claro, pero al margen de ciertas  referencias que no entendí, el acto estuvo entretenido y consiguió que me picara la curiosidad por el libro. Al final me encontré con otro antiguo compañero de residencia, Jimmy, al que no veía desde hacía décadas y que me dijo andaba por Berlín. Me alegró verlo.

Total que, aunque no era mi intención primera, animado por el ambientillo y ante las promesas del propio autor de que este sí me iba a gustar, acabé comprando el libro dedicado con un "...que disfrutes del luminoso regalo...".  Espero que así sea, porque cuando llegué a casa mi mujer y yo convinimos en que ese podía ser mi regalo de cumpleaños. Cuando lo lea, y espero hacerlo pronto, contaré si  he acertado este año como lo hice el año pasado. Y si no es así, te lo haré saber Manolo.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Gregorio Serna. El hombre tranquilo.

Así era mi cuñado. Como John Wayne en aquella película. Con ese carácter afable y paciente que distingue a esa clase especial de hombres grandes, fortachones, que uno quisiera tener siempre al lado en caso de apuro. 

Y como en casi todas las películas, junto al "bueno" siempre hay algún personajillo puñetero que se dedica a poner a prueba la paciencia del protagonista. Como por ejemplo yo.  La de veces que habré chinchado a mi buen cuñado Goyo con cualquier excusa. Un tema recurrente era su incipiente calvicie: Siempre que le sacaba el asunto me respondía impertérrito que el no era calvo, que era donante de pelo. Era así de socarrón. Otro tema habitual era el fútbol, que aunque personalmente me la refanfinfla,  me brindaba la ocasión de restregarle los triunfos del Barcelona, sabiendo que el era madridista. Y ni por esas. Goyo nunca perdía la calma. Jamás me respondió desairadamente. Ni siquiera me miró mal. Aunque en alguna ocasión me hubiera merecido algo más que eso. Pero nada. Goyo era un caballero, y como tal, no se metía con los de categorías inferiores.

Cada vez que iba a su casa se me echaba encima una perra pequeña que tienen. Así que solía entrar refunfuñando y maldiciendo al pobre animal. A lo que Goyo, solía corresponder ofreciéndome un café bombón,   uno de mis vicios confesables.

En fin. Que si Goyo era así de sufrido y considerado con un tipo como yo, imaginaos como sería con la gente normal.

El último día que pude conversar con él fue en la UCI del hospital de Barbastro. Entre otras cosas estuvimos hablando de un partido de padel que teníamos pendiente hacía tiempo y que tendríamos que dejar para cuando se hubiera recuperado. 

Dos días más tarde una ambulancia, como las que él venía conduciendo desde hace años siendo voluntario en la Cruz Roja, lo trasladó a Zaragoza de urgencia. Y allí resistió una semana. Luchando contra un enemigo despiadado y cobarde. Un estafilococo nosecuantos. Un jodido e insignificante microbio contra el que no se pudo hacer nada.

Este era Goyo cuando lo conocí por vez primera en el colegio. Era un año más joven que yo, así que no traté con él demasiado.  Quien me iba a decir que  años más tarde  íbamos a ser familia y que su pérdida iba a ser uno de los momentos más duros que me han tocado vivir.

Esta Semana Santa en Barbastro, si os fijáis un poco, podréis oír un tambor cuyo redoble brilla por encima de los demás. Y un bombo cuyo pulso atronador haría callar a Calanda entera. Y sabréis que es Goyo, que sigue más vivo que nunca  en el corazón de sus dos hijos. Y en el de tantos otros que tuvimos la suerte de ser sus familiares y amigos.


martes, 26 de febrero de 2013

Balneario

Esta mañana he viajado hasta el balneario de Panticosa. A 10º bajo cero la nieve y el silencio lo cubrían todo.


Más de una semana han estado incomunicados trabajadores y clientes en este lugar a raíz de las últimas nevadas.  


El lago helado cubierto de nieve. Algún intrépido se ha aventurado a caminar por encima. No me he acercado a ver si entre las pisadas del centro había una zona quebrada y alguien debajo del hielo mirando con los ojos muy abiertos.

Aún se conservan parte de la construcciones originales de la época de esplendor del Balneario, como casa Bello .
He visitado este impresionante lugar unas cuantas veces y siempre me he sentido sobrecogido por  una sensación de paz, de aislamiento, provocada sin duda por lo recóndito del enclave rodeado de imponentes cumbres que apenas dejan ver el sol.

Curiosamente, la misma sensación  se respira al leer la novela cuya cubierta reproduzco a continuación y que por puro azar cayó en mis manos hace unos cuantos años. A pesar de  lo vetusto de la edición original de 1954 y del olor a moho del ejemplar, me picó la curiosidad ver que se trataba de una historia ambientada en el balneario de Panticosa.

Un libro que transporta al lector a lo que debió ser una estancia en el balneario en los años 50. Puro relax. 

Ramón Salanova escribió esta curiosa novela que discurre íntegramente en el balneario de Panticosa. 

lunes, 11 de febrero de 2013

Matrimonio de conveniencia

Hace un par de semanas que formalizamos nuestra relación. No hubo ceremonia ni nada por el estilo. Cumplimenté los datos que me pidió el secretario y tema resuelto.

Lo nuestro empezó hace cosa de un par de años. Parece que fue ayer. Coincidimos en el parque una tarde de verano y así, como quien no quiere la cosa empezamos a salir juntos algún fin de semana. Siempre a la misma hora.

En este tiempo hubo días, incluso meses en los que por dejadez no me presenté a la cita. Y aun así nunca oí un reproche ni vi un mal gesto. Cada vez que volvía era recibido con una sonrisa. 

Total que cuando vi la oportunidad de legalizar el vínculo no me lo pensé dos veces. ¿Quien se hubiera resistido a una propuesta así?

Este domingo acudí puntual a la cita. Estaba amaneciendo. Y allí estaban mis amigos del grupo 7:45. Y todo volvió a ser tan nuevo, tan intenso como la primera vez.



miércoles, 23 de enero de 2013

Mystic River

Río Ebro en Zaragoza. Punta de la crecida con un caudal de 1800 metros cúbicos por segundo
Esta mañana el río Ebro mostraba el magnífico aspecto que se puede ver en la fotografía de arriba. Un espectáculo digno de ver. Hace 6 años que no se veía una riada de esta envergadura. Aun así, el caudal no ha alcanzado el límite de los 2000 metros cúbicos. Lo que quiere decir que no se ha salido de su cauce, según la legislación vigente.

Por mucho que intentemos confinarlo, cuando el río crece de verdad, de poco sirven las débiles barreras con las que intentamos defendernos de la fuerza de sus aguas. En esos momentos el río  vuelve por sus fueros. A por lo que ha sido, es y será suyo. Y le trae sin cuidado lo que esta insignificante y desquiciada civilización pueda perpetrar para intentar doblegarlo. Para él solo habremos  sido lo que para nosotros es un simple resfriado.

viernes, 11 de enero de 2013

El corredor fantasma

Hace un mes más o menos me paso una cosa realmente curiosa mientras corría por el parque del agua.



Había sido una semana bastante aciaga en la que, por una cosa o por otra, no había salido a entrenar ni un solo día. Para rematar la faena el viernes fuimos a cenar a casa de unos amigos que nos agasajaron con una parrillada de carnes a la brasa  a base de chorizo, morcilla, longaniza, panceta, etc, etc. No soy de los que quedan mal cuando se les invita a cenar, así que  me comí al menos una ración de cada, de tamaño regular. Algo salvaje.

El sábado por la mañana mi mujer y yo nos fuimos a correr un rato para intentar paliar de alguna manera las secuelas de la noche anterior. Pero es que el domingo también estábamos invitados a comer a casa de otros amigos, por lo que decidimos salir a correr también ese día. Esta vez fuimos por separado porque ella prefería  llevar un ritmo más tranquilo.

Total que a eso de la una del mediodía me tiré a la calle dispuesto a hace mi circuito habitual por la margen derecha del meandro de Ranillas. Hacía una buena mañana. Llegué hasta el puente del tercer milenio y me di la vuelta  rumbo a casa. A esas horas, ya sería la una y media, apenas quedaba nadie paseando por allí, y menos corriendo. En esas fechas todavía no había enviado mi Garmin a la casa por lo de la correa, así que iba sin reloj de lo más relajado. Hasta que lo vi  unos metros delante de mi.

Era un tío más o menos de mi edad y corría con un chandal tipo Rocky de algodón gris. Tenía una forma de correr poco ortodoxa, de esas que parece que van sufriendo una barbaridad. Ahí está mi presa, me dije mientras aceleraba un poco el ritmo para darle caza. No me costó mucho adelantarle, pero noté que cuando me puse a su altura incrementó un poco el ritmo. Ya delante de él me puse a tirar un poco con el fin de dejarlo atrás y así relajarme ya en lo que me quedaba hasta casa, que serían unos 4km.

Pero el tipo debió picarse, porque le oía resoplar detrás mío a pesar de que yo no había aflojado el ritmo de adelantamiento. No era cuestión de dejarme pasar a estas alturas, así que decidí echar el resto. Me puse a tirar a ritmo de carrera. Si quería pelea la tendría. Quedaban apenas 2km para llegar a casa y no conseguía despegarme de él. No me atrevía a mirar para atrás. Faltaba solo un km para el puente de la autopista. Allí el camino hace un quiebro en subida y podría verle la cara.

Llegué resollando a ese punto, y cuando volví la mirada desde el puente, no había nadie. Ni cerca ni lejos. Todo el camino estaba desierto. Me quedé perplejo. ¿donde se había metido el tipo del chandal gris?

Mientras recuperaba un poco el aliento empecé a darle vueltas a lo que me había ocurrido. Nunca me había pasado algo así. Tiene huevos la cosa. Casi reviento, por picarme con un fantasma.