Correr está bien, pero tampoco es la panacea. Y hay muchas otras cosas interesantes que hacer.

martes, 11 de febrero de 2014

El asombroso caso del viejo chandal rojo

Por primera vez desde que me eché a correr hace cuatro años, estaba lesionado. Llevaba tres semanas con molestias en la rodilla izquierda. Durante las dos primeras hice un par de intentonas pero nada,  no pude correr más de 4 o 5 km seguidos. Tenía que parar y seguir caminando casi a la pata coja. Afortunadamente la semana pasada  salí un par de días  muy despacio y aguanté tres cuartos de hora sin notar dolor. Así que este sábado que estaba en Barbastro decidí probar si todo iba bien y me lancé a la calle a primera hora

No hacía demasiado frío pero el cielo estaba cubierto y caía alguna gota. Nada serio aparentemente. El problema era que me había dejado mi equipación de invierno, mallas y chaquetilla cortavientos, en Zaragoza. O sea que no tuve mas remedio que recurrir a mi viejo chándal John Smith, de hechuras anchas y algodón gordo, que me regaló mi mujer a mediados de los 90 y que tengo en el pueblo para estar por casa en invierno.  Pues nada,  bien abrigado aunque con unas  pintas poco aerodinámicas, puse rumbo a la Boquera.

A la altura del instituto las gotas dispersas se habían convertido ya en un suave chirimiri. Por allí visualicé a un corredor  que iba por delante y  llevaba un ritmo, increíblemente, más lento que el mío. Le dí caza y me puse a darle palique, como es mi costumbre. Mis explicaciones sobre lo extraño de mi indumentaria no parecieron convencerle demasiado. Cogió la primera escapatoria que vio con la excusa, sospecho que inventada, de que iba a hacer monte. No lo culpo.

Algo decepcionado por aquella incipiente relación tan tempranamente truncada, seguí a lo mío. Me sentía bastante bien y la rodilla no amagaba con manifestarse. Eso si, el chirimiri empezaba a ser una llovizna persistente, pero para lo que quedaba hasta el km cinco... tampoco era cuestión de quedar mal. 

Ya de vuelta fui avivando el ritmo pensando en mojarme lo menos posible, pero cada vez tenía que pasarme la mano por la cara con mayor frecuencia, como un limpiaparabrisas, para poder ver algo. Por suerte mi entrada en el casco urbano, ya iba como un auténtico eccehomo, pasó bastante desapercibida: lloviendo y a esas horas de la mañana no se veía a casi nadie. Llegué a casa satisfecho por haber corrido una hora con buenas sensaciones, pero con varios litros de agua infiltrados en mi ultra absorbente atuendo deportivo.

Y ahí llegó la sorpresa. Cuando me quité la empapada chaqueta comprobé asombrado que la camiseta técnica que me había puesto debajo estaba completamente seca. Y eso que era de las que regalan. Atribuí esa sorprendente sequedad a las propiedades de esos tejidos de poliester. Pero cuando eché un vistazo y toqué la chaqueta del chándal por dentro vi que estaba tan seca  como la camiseta. Eso si que me pareció realmente asombroso. ¿No habíamos quedado en que la ropa de algodón normal y corriente cala cuando se moja? Eso de mantenerte seco cuando corres bajo la lluvia, ¿no estaba reservado a prendas "técnicas" de gama alta  y por consiguiente muy, muy caras?  No entiendo nada.

2 comentarios:

  1. Una foto Ramon, yo quiero una foto con ese chandal rojo años 90.

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  2. Jeje, Orni, no creo que sea necesario herir la sensibilidad de nadie con ese tipo de imágenes. Aunque, quizá no era para tanto. Mejor dejarlo a la imaginación de cada cual.
    Un abrazo!

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