domingo, 28 de diciembre de 2014

Por qué me he quitado del facebook

Hace un tiempo que se me hacía muy cuesta arriba lo del facebook. Así lo puse por escrito en "10 cosas que no soporto del Facebook". Hasta que ha llegado un punto en que he decidido olvidarme directamente del asunto. Un lastre menos. ¡Ah, que bien me siento! Salvando las distancias, es como cuando te planteas dejar de fumar. Crees que no conseguirás sobrevivir sin esa adicción y al poco te das cuenta de que no solo has sobrevivido sino que además te sientes mucho mejor y más libre que antes. Y esa es la clave de todo. La libertad.


¿Es que acaso eres más libre por estar todo los días  sacando brillo a la pantalla del móvil con el dedo gordo mientras ves pasar ante ti a toda velocidad fragmentos inconexos de la vida de otras personas conocidas o desconocidas? Yo creo que no. Al contrario. Mas bien me da la impresión de que ese exceso de información no solicitada acaba por aturdirte  de tal manera que te deja insensible ante cualquier noticia o mensaje de verdadera importancia. Así lo veo yo. Lo de estar enganchado al facebook, especialmente en el móvil,  es como si vas paseando tranquilamente por la calle y a cada paso que das te asalta alguien con una pancarta reclamando imperiosamente tu atención. Y entre los mensajes que recibes atropelladamente  se mezclan sin orden ni concierto llamadas a la solidaridad, noticias estúpidas, chistes malos, avisos urgentes, dramas cotidianos, chistes buenos pero demasiado largos, amigos que te saludan, publicidad que no te interesa, gente cantando, textos más o menos poéticos, chorradas inclasificables, reflexiones razonables, discursos políticos para todos los gustos, denuncias que no sabes si son justas o injustas, cartas de amor cuyo destinatario no eres tú, noticias falsas mezcladas con otras verdaderas, etc., etc., etc. ¡Para volverse loco! Y lo peor es que mientras estás absorto ante la pantallita te estás perdiendo lo que está pasando justo a tu lado. O quizá realmente es eso lo que quieres: evadirte de lo que te rodea. Allá cada cual. Yo de momento lo dejo. Y como todo adicto no puedo garantizar que no vaya a caer otra vez. Quizá si me pudiera controlar. Un cigarrito de vez en cuando.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Corriendo bajo la lluvia: un par de consejos

No tengo una gran experiencia en esto de correr bajo la lluvia, pero aun así creo que he aprendido algunas cosas sobre el tema que quizá puedan serle  útiles a alguien. (Si preferís ahorraros el texto introductorio, podéis ir directamente a la parte final.)

Aquella mañana, llovía moderadamente cuando me levanté dispuesto a correr un rato con los de mi grupo, el 7:45. Me calcé las zapatillas y sin pensarlo  dos veces  salí a la calle en pantalón corto. Como protección anti-lluvia me puse mi chaquetilla amarilla del Decatlhon y una gorra visera. 

En el punto de reunión, que otros sábados  llega a congregar hasta 40 corredor@s, estábamos solo 3, Ernesto, Lucas y yo. A las 7:50 viendo que no aparecía nadie más, salimos decididos a circundar la ribera del Ebro por su tramo urbano. Tampoco era cuestión de ponerse hasta arriba de barro. A pesar de la lluvia persistente, cómo la temperatura no era  baja y el viento estaba en calma, el trote a ritmo suave y en buena compañía resultaba de lo más agradable.

Esta gorra visera que me regalaron en la carrera  Castillazuelo- El Pueyo, muy recomendable por cierto, es el complemento perfecto  para correr bajo la lluvia. Simple pero eficaz.
Llovía con ganas y mientras corríamos  iba yo dándole vueltas a lo de la indumentaria más adecuada para correr con lluvia. Como he dicho, yo vestía chaquetilla y gorra visera. Ernesto y Lucas, corredores mucho más experimentados que yo, llevaban chubasqueros similares al mío pero con capucha y Lucas además una gorra visera. Anselmo, otro compañero que se nos unió por el camino, iba como yo, chaquetilla y gorra visera. A la media hora de trote tanto Ernesto como Lucas se tuvieron que quitar la capucha. no porque amainara la lluvia, sino porque les molestaba y llevaban la cabeza tan mojada como los otros dos.

Bueno, pues tras este  húmedo pero gratificante entrenamiento y lo que allí y en otras ocasiones parecidas experimenté aquí van mis...

Consejos para echarse a correr bajo la lluvia

Premisa previa: Mojarte te vas a mojar igual te pongas lo que te pongas. Si no es por la propia lluvia, será por la condensación que se produce al sudar. Y digo yo que puestos a mojarse, a no ser que haga un frío horroroso, es preferible que sea con agua fresca que recocerse uno en su propio jugo, ¿no?  Pues ahí van mis recomendaciones:
  1. Es siempre preferible llevar poca ropa. Mejor pantalón corto que mallas. Esto vale también para tiempo seco. (Aquí suele ser útil  la norma de ponerse una capa menos de la que uno piensa que necesitaría cuando se asoma a la ventana a ver el tiempo que hace)
  2. Evitar ponerse la capucha del chubasquero. Salvo en condiciones extremas de frío o viento, a los pocos minutos de estar corriendo el agobio que provoca la capucha no compensa su posible utilidad. 
  3. En mi opinión la única prenda realmente imprescindible y útil para correr bajo la lluvia es una gorra visera. Así de sencillo. Evita que te chorree agua por la cara y los ojos, algo que resulta realmente molesto. 
Como digo estás indicaciones, que no son nada científicas, se basan exclusivamente en mi experiencia personal y en lo que he ido viendo y comentando con mis colegas. Por supuesto, si vas a cualquier tienda especializada te recomendarán adquirir ropa técnica de última generación super transpirable, impermeable y cara, muy cara. En mi opinión y por mi experiencia con tejidos de esa clase, esos benéficos efectos sólo se obtienen si te das un paseito bajo un suave chirimiri. Si está lloviendo en serio y estás corriendo de verdad, lo de la transpiración, por mucha tecnología que incorpore la chaquetilla, deja de funcionar y la prenda hace el mismo papel que cualquier chubasquero de 10 euros.

En todo caso la idea final que quería transmitir es que salir a correr bajo la lluvia no solo es recomendable, estimulante y completamente inofensivo sino que además no requiere de una inversión adicional. Vasta con salir a la calle sin pensarlo dos veces. Y una gorra visera.

jueves, 30 de octubre de 2014

Malikian y el éxtasis

Ayer conocí la belleza. Como pocas veces. Nunca un concierto, de los muchos que he tenido ocasión de disfrutar en mi vida, me había producido una emoción tan intensa:

 LO DE ARA MALIKIAN FUE ALGO SENCILLAMENTE BRUTAL. 
(Creo que esta es la primera vez que uso las mayúsculas en las 90 entradas que llevo publicadas en este blog.)

Ayer a mediodía una amiga me dice que un percusionista hindú conocido suyo va a actuar en la plaza de las Armas acompañando a un violinista llamado Malikian. Me sonaba de haber leído algo de él en algún XLsemanal y poco más.  Fui a ver que pasaba. Llegué casi una hora antes mientras probaban el sonido. Desde el principio intuí que estaba a punto de presenciar algo grande. ¡Y vaya si acerté!
La hora escasa que duró el concierto me dejó completamente saciado. A mi y al numeroso público que abarrotaba la plaza. Malikian conectó con la gente desde el primer momento y nos dejó sin aliento hasta el último compás. Tiene el carisma de un mesías y el virtuosismo del mismo demonio. Él y su grupo de 5 músicos tocaron temas muy diversos, desde danzas griegas y libanesas hasta una versión de "No surprises" de Radiohead realmente memorable. Daba igual el tipo de música. Todo encajaba perfectamente bajo el embrujo de ese genio.

El éxtasis llegó con la propina: El Aria de la Suite en ReM de J.S.Bach. Malikian se bajó del escenario y  recorrió suavemente la plaza de punta a punta mientras los presentes le habrían paso de una forma casi mágica, embelesados ante aquel hombre que te miraba a los ojos mientras te arropaba con aquella música celestial.


Solo me arrepiento de una cosa. Cuando pasaba justo a mi lado saqué el móvil y me puse a grabar pretendiendo atrapar para siempre aquel momento mágico. ¡Que iluso! ¡Y qué gilipollas!. Es como si estás echando el polvo de tu vida y cuando estás a punto de culminar sacas el móvil para tener un recuerdo. Era para habernos dado con el violín en la cabeza a todos los que hicimos como yo. Pero no. Ni se inmutó. Siguió magnánimo, regalándonos su mirada y su música. Simplemente genial.

jueves, 16 de octubre de 2014

Las bicicletas... "ya están aquíiii" (con la tonadilla de la niña de Poltergeist)

Y han venido para quedarse. Eso que no le quepa duda a nadie. Podría estar hablando de cualquier ciudad de tamaño medio o grande, pero en concreto me estoy refiriendo a Zaragoza, la ciudad donde vivo y por la que me desplazo a diario para ir al trabajo, para dar una vuelta y para otras cosas. Yo y unas 600.000 personas más. Digamos que, sin llegar a la locura de las grandes urbes como Madrid y Barcelona, hay bastante gente moviéndose de un lado para otro. Sobre todo en horas punta. Y como hay distintos medios de ir a los sitios, pues ya está el lío montado. Porque parece que no es nada fácil poner de acuerdo a los distintos usuarios de la vía pública en cuanto a sus derechos y deberes ciudadanos. En fin, un problema de convivencia. Ni más ni menos que de "convivencia": la madre de todas las batallas de la historia de la humanidad, desde las riñas domésticas a las guerras mundiales. "Casi ná".

Hasta hace cosa de un mes todo iba más o menos "sobre ruedas" entre ciclistas, peatones y vehículos a motor. La situación era que las bicicletas podían circular, aparte de por la calzada y por los carriles bici, por aceras anchas y vías peatonales siempre que se cumplieran una serie de normas para evitar molestias a los peatones. Es verdad que había siempre había algún energúmeno que incumplía las reglas y circulaba con su bici como si estuviera en una yincana. Y también es cierto que pocas veces se sancionaba esa actitud. El caso es que hace un mes el tribunal superior de justicia de Aragón dictó una sentencia que prohibía la circulación de la bicis por las aceras y demás espacios peatonales y venía a equipararlas en cuanto al código de circulación con motocicletas, coches y demás vehículos a motor. No se porqué me da que entre los miembros del tribunal debía de haber pocos amantes de la bicicleta.

Es evidente que en hora punta no es adecuado ir en bici por lugares muy transitados como la calle Alfonso. Esta foto tomada antes de la prohibición muestra a un ciclista que, con buen criterio, va caminando al pasar por allí. Sin embargo, cuando yo circulaba por ese mismo punto a las 7:15 de la mañana, puedo asegurar que  no molestaba absolutamente a nadie.
A esas horas no había ni hay mucha circulación. Los carriles bici, donde existen, son sin duda la mejor opción en cualquier momento. Pero, aunque cada vez hay más tramos disponibles, todavía queda mucho por hacer.
 
El revuelo que se ha montado con la aplicación de la nueva norma ha sido importante. Los peatones "militantes anti-bici" están entusiasmados tras habernos expulsado de sus dominios. De momento. Por otro lado, a la mayoría de ciclistas, entre ellos yo, no nos hace mucha gracia eso de meternos por la calzada entre un autobuses, taxis, y demás. Pero vaya. una vez que te pones, es cuestión de no perder la calma y ya está. Llevo unas tres semanas subiendo al trabajo en bici  "a reglamento" y no he tenido ningún problema. En tiempo, puede que incluso tarde menos ahora que antes. En cuanto al tercero en discordia: coches, taxis y autobuses, me da la impresión de que, sin quererlo ni beberlo,  han sido y van a ser los más perjudicados. No les queda otra que adaptar su ritmo al de las bicicletas en muchas vías. Por eso, y sobre todo por el peligro que supone para el ciclista, creo que se debería flexibilizar algo la norma y permitir a las bicis circular por ciertos espacios en determinadas circunstancias.

Esta foto tomada en Varsovia ejemplifica lo que para mi es la clave de este asunto: tolerancia y sentido común. Añadiendo un poco de estos dos ingredientes, peatones, bicicletas y vehículos a motor podríamos convivir mejor sin tirarnos los trastos a la cabeza. Que bonita es la utopía, ¿verdad?




En cualquier caso lo que tengo muy claro es que el avance de la bici en ciudades como Zaragoza es imparable. Y eso va a ir siempre, ya lo siento por la industria del automóvil,  en detrimento del uso del coche particular, que en mi opinión solo está justificado en ausencia de otra opción mejor. Por clarificar un poco, pongo a continuación una  lista  en la que imagino que casi todo el mundo estará de acuerdo:

Orden de preferencia en los modos de desplazarse por ciudad:

Esta clasificación, análoga a la de un electrodoméstico quizá pueda ser útil para ver como están las cosas. Los modos de desplazamiento F y G, en mi opinión, pronto tendrán que desaparecer, como las bombillas incandescentes. Es una cuestión de sentido común. ¿Que justificación tiene mover 2000 kg a base de quemar gasolina para transportar a un ser de 80 kg? Si, es posible que el individuo o individua en cuestión se lo pueda permitir económicamente. Pero, ¿podemos permitirnos ese derroche como ciudadanos? ¿Debemos tragarnos todo ese humo innecesario sin rechistar?

Bueno, el tema da para mucho más, y seguro que volveré a él en breve. Pero para empezar, creo que puede valer.

Por cierto. Para variar, me gustaría recibir vuestras opiniones sobre el tema, tanto a favor como en contra y que se generara algo de debate. ¿Será posible? ¿O es otra idea utópica? 

sábado, 11 de octubre de 2014

El gran secreto de los bocadillos con el pan siempre tierno y crujiente.

Aprovechando que estos días parece que el apocalípsis está ya ahí, a la vuelta de la esquina, he pensado que sería bueno tratar algún tema serio. Como por ejemplo este asunto de los bocadillos. A primera vista puede parecer una tontería, pero si pensamos un poco nos daremos cuenta de que, al menos los que tenemos hijos, nos pasamos un montón de años preparando bocadillos día tras día todas las mañanas de colegio. Y si tienes dos o más criaturas en casa, eso son muchos, pero que muchos miles de bocadillos. Así que, ¿Por que no hacerlos lo más ricos posible y ahorrando tiempo y dinero?

Yo llevaré unos 10 años dedicando un rato nada desdeñable cada mañana a esta tarea, que por otro lado me resulta bastante gratificante, y calculo que me quedarán por lo menos otros 4 años más. Pero vayamos al grano. Cuando hablo de bocadillos me refiero al clásico bocadillo español que  se hace con pan de barra. Nada que ver con el sándwich de pan de molde, que si, se mantendrá tierno, o mejor dicho "blandengue" durante días en su bolsa, pero jamás podrá albergar en su seno unas virutas de jamón con un mínimo de decoro. Para hacer un bocadillo  en condiciones hace falta un pan de barra o baguette o chapata  lo más recién hecho posible. Y ahí está el problema: que uno cuando se levanta a las 7 de la mañana no suele disponer de una panadería a mano a la que acercarse un momento en pijama.

Para eso, y ahí va solo el principio del "gran secreto", está el congelador. Confieso que durante muchos años no me convenció nada la idea del congelar el pan. El problema era que no lo utilizaba de la forma adecuada. Ponía el pan a congelar cuando ya había perdido su frescura. Luego cuando lo sacaba, lo descongelaba en el microondas  y lo que me encontraba era un pan revenido y blandurrio que no valía para nada. Como alternativa solía guardar el pan de un día para otro en bolsas de plástico cerradas. No se ponía duro, pero cuando lo sacabas  al día siguiente empezaba a asemejarse demasiado a su primo el pan de molde. Un desastre vaya. Y es que por aquel entonces, no hará más de dos años, todavía no me había sido revelado el gran secreto para tener siempre pan crujiente en cualquier momento. No voy a alargar más el suspense. Estas son las claves:


  1. El pan debe congelarse lo antes posible. Si está todavía caliente de la panadería, mejor.
  2. Y esto es lo más importante: antes de congelar debe cortarse previamente como si fuéramos a preparar los bocadillos en ese momento: es decir, al tamaño que queramos pero siempre cortado en dos mitades , aunque luego guardemos las mitades juntas en el congelador.

Este es más o menos el aspecto habitual de uno de los cajones de mi congelador: Lleno de panecillos y pedazos de barra pre-cortados al tamaño deseado. También se puede guardar en rebanadas siguiendo siempre la norma del punto 1

Cuando sacas las dos mitades del congelador no hay más que rellenar con lo que se quiera y ya está. ¡No hay ni que recoger migas! Además, para los que somos amantes del "pan con tomate", el hecho de estar todavía congelado tiene la gran ventaja de que el frotado es mucho más fácil y eficiente. Luego un chorrito de aceite de oliva y ya casi es lo de menos lo que se ponga dentro.

Unas simples lonchas de mortadela se vienen arriba completamente  en un entorno tan sugerente como este. Una vez oí al mismísimo Ferrán Adriá  decir que algo tan humilde como una mortadela barata se convertía en un bocado exquisito con solo aplicarle un tratamiento tan sencillo como el de la foto. Estoy totalmente de acuerdo con él en eso.

No solo lo parece. A los pocos minutos de preparar el bocadillo el pan está tan tierno y crujiente como aparenta la imagen. Y a la hora del recreo sigue conservando esas cualidades.

En conclusión: si cuando vas a por el pan en vez de comprar una barra compras tres y cuando llegas a casa congelas dos de la forma indicada, además del posible ahorro, te aseguras de que al día siguiente por la mañana, o en cualquier otro momento, vas a poder preparar unos bocatas estupendos en un santiamén. Solo tienes que acordarte de tener algo para poner dentro. Aunque eso casi es lo de menos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

4 días en Varsovia

No he estado en Berlín, ni en Viena, ni en Praga. No conozco Atenas ni Estambúl, ni Moscú ni Sarajevo. No soy un viajero empedernido, eso está claro. Pero mira tu por donde que gracias a una de esas carambolas del destino hace una semana se me presentó la ocasión de viajar a Varsovia, ciudad que curiosamente ya conocía de unas vacaciones familiares en 2010. O sea que... para allá que me fui.

Cuando en Zaragoza estábamos a unos 25 grados, en Varsovia hacía un frío que pelaba. No hay más que ver a la gente con plumíferos y bufandas. Aparte de ser completamente de noche a las 7 de la tarde. Un recibimiento poco halagüeño.
Lo bueno de que anocheciera pronto es que al día siguiente a las 6 ya era de día. A eso de las 7 ya estaba totalmente despejado y como tenía tiempo de sobra, para entrar en calor decidí echarme a correr un rato. Afortunadamente el viento había cesado y solo lloviznaba ligeramente. Casi al lado del hotel había un parque en el que me interné buscando esos senderos húmedos tan agradables de trotar. La sorpresa fue que una vez allí, lo que en principio creí un carril-bici, resultó ser un mullido pavimento de tartán. ¡Increíble! Una pista de atletismo perfectamente integrada en el paisaje con sus calles y todo en la recta principal.  
Cuando pienso que en mi pueblo, Barbastro, llevan años y años reivindicando una pista  donde los críos y crías que empiezan en esto del atletismo puedan entrenar decentemente... está claro que en la vieja Europa nos llevan cierta ventaja en algunas cosas.
Como soy bastante proclive a perderme y también para evitar los charcos, me quedé dando vueltas por la pista los dos días que bajé a correr. Una experiencia que no había probado y que en un entorno como aquel, entre robles, castaños y todo ese frondoso verdor propio de  los países del norte, me resultó de lo más gratificante.

Las sesiones de trabajo, de 9 a 4 de la tarde, no dejaban mucho margen para hacer turismo. Entre que llegabas al hotel, te aseabas un poco y demás,  se hacían las 6 y empezaba a oscurecer. Por suerte hice amistad con dos colegas, uno irlandés y otro holandés, que casualmente se llamaban Peter los dos. Los tres juntos  fuimos a cenar un par de noches al "Old town", el centro histórico de la ciudad. Uno de los sitios con más encanto que he visito nunca. Y con el aliciente de que los precios son bastante asequibles en relación con España. 

Plaza central del casco antiguo. Todo el centro histórico fue destruido totalmente durante la II guerra mundial y posteriormente restaurado con  absoluta fidelidad, por lo que fue declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1980. El lugar es precioso, pero a pesar de las mantas y  estufas no apetecía sentarse fuera.
La tercera noche se organizó una cena "oficial" en un restaurante típico. Como entré un poco despistado tuve que separarme de mis dos colegas, Peter & Peter, y me tocó comparitir una mesa con las siguientes nacionalidades: Chequia, Serbia, Montenegro y Macedonia. Lo más cerca que había estado de un grupo así es cuando veía el festival de Eurovisión. Pero muy bien. Todo gente muy maja. Eso sí, el jamón italiano que nos pusieron "como delicatessen", no valía nada. Pero bueno, tampoco me quejé. Que se le va hacer si por aquellas tierras no saben lo que es un jamón en condiciones.


Ya el viernes, como no teníamos vuelo hasta el sábado por la mañana, tuvimos un rato por la tarde para dar una vuelta por la ciudad nueva. El impresionante edificio de la izquierda,  que sigue siendo el más alto de Polonia con sus 237m, fue un regalo de la URSS a Polonia, por lo que fue poco querido por el pueblo durante mucho tiempo. Hoy se ha consolidado como un símbolo de la ciudad. Desde la planta 30 hice unas cuantas fotos como la de la derecha. A la izquierda se puede ver una tienda de Zara. 
Otra vista de la "Old Town". Cuando se la envié a mi mujer me dijo: ¡hala maño que parece que te vas a arrancar con una jotica!. Si es que los que somos de pueblo...

En resumidas cuentas: si tenéis ocasión, no dudéis en visitar esta ciudad. No os decepcionará. Y el resto del país tampoco.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Maratón de Zaragoza 2014. Fotos

En  2012 estuve haciendo fotos de la maratón de Zaragoza. El año pasado la corrí. Este año he vuelto a hacer de fotógrafo. Si sigo esta cadencia al año que viene me toca correrla. Hoy, entre que  el  día estaba gris y que no debía de estar yo muy inspirado, no me han quedado unas fotos tan bonitas como las del 2012. Pero a cambio... he hecho bastantes más. Las fotos corresponden a la llegada a la Plaza del Pilar (km 42) desde la calle Alfonso y abarcan al personal con tiempos de llegada entre  3:30 y 4:30  más o menos. También he tomado unas pocas  en el km 37 de gente con tiempos algo inferiores a 3:30 creo, justo hasta que se me han acabado las pilas, como me suele pasar en las ocasiones importantes, y he tenido que ir a comprar unas a una tienda de recuerdos de la calle Alfonso, donde he retomado la faena. Por último, ya cuando me iba a casa, he sacado un par de fotos del último clasificado que se acercaba a ese km 37 seguido de un espectacular séquito de patinadores y demás personal de apoyo. Tiene gracia el asunto: llegas con un tiempo de 4:45 y no sales ni en la foto, pero el último recibe casi tantos honores como el primero. Así son las cosas.

Bueno, no me enrollo más y pongo a continuación algunas instantáneas. El resto, hasta 536, las podréis ver en el siguiente enlace. Y si alguien quiere una copia a máxima resolución, no tiene más que pedírmela, aunque descargándolas directamente tienen un tamaño más que aceptable.


Lucas, uno de los fenómenos de mi grupo 7:45 acercándose al km 37. Para él un aperitivo para los 103 km de la Ultra de Guara de la semana que viene. Ahí es nada.
El gran Paco, que fue mi guía durante mi primera media maratón, luciendo el nombre de nuestro pueblo, Barbastro, en el dorsal. Elegante y discreta combinación de colores.
El globo de las 3:30 a 5 km de la meta.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Los veranos de la huerta Maza

Artículo publicado en el extra de fiestas de "El Cruzado Aragonés". Septiembre de 2014.

Para los que nacimos en la década de los 60 aquel descampado, hoy cívicamente reconvertido en amplio aparcamiento,  fue durante muchos años lo que hoy son las colonias urbanas, los campus de futbol, etc. Solo que entonces no había monitores, ni horario, ni programa, ni cuotas a fin de mes. Aunque eso sí, teníamos lo fundamental: un largo verano por delante y poco que hacer en casa.  

Por alguna razón que desconozco los chavales hasta los 15 años no tienen mucha afición por algo tan conveniente como echarse la siesta, aunque estén cayendo 40º y sean las 4 de la tarde. Los que ahora tenemos hijos sabemos lo que es que no te dejen ni echar una cabezadita a esas horas en que la conciencia se presta a darnos una tregua reparadora. Justo en ese trascendental momento nuestros queridos retoños suelen poner todo su empeño en mantenerle a uno despierto con los métodos más crueles y refinados; peleas furibundas, gritos espeluznantes, estentóreas risotadas, etc. Pero como decía, por aquella época, era acabar de comer y, al menos mi hermano y yo, nos tirábamos a la calle sin esperar a ver que decía el hombre del tiempo ni nada. No se si mis padres se echaban la siesta o no, pero si no, desde luego que no era por nuestra culpa.

Para hacer hora mientras bajaba el resto del personal  nos entreteníamos intentando capturar alguna lagartija hurgando con palos en el muro que daba a la plaza de Guisar. En una casa de esa misma plaza pasaban los veranos un par de chicos de Barcelona, el Oscar y el Robert con los que hicimos amistad. Entre ellos se llamaban así, con el  “el”  delante, cosa que nos chocaba un poco, pero que debía de ser normal en aquella ciudad. Su madre, que también los llamaba de esa forma, nos daba de merendar tomate rallado con azúcar y pan. Algo también extraño, pero que tras las primeras reticencias nos zampabamos sin mayor objeción. Como eran de Barcelona tenían muchas más cosas que contarnos que nosotros a ellos. Unas de las más recurrentes eran las historias sobre bandas callejeras que hacían la vida imposible a cualquiera que no fuera lo suficientemente duro para plantarles cara. Menos mal que yo vivía en Barbastro, si no difícilmente hubiera sobrevivido en un ambiente tan salvaje.

Hablando de meriendas, recuerdo una en concreto que me impactó la primera vez que la vi y que todavía evoco cada vez que veo unos pimientos verdes frescos. Décadas antes de que Ferrán Adriá pusiera de moda la deconstrucción en la cocina, aquí ya se había llegado mucho más lejos. Estando yo bajo el gran plátano que todavía da sombra frente a lo que queda del Moliné veo llegar a un chaval con un pimiento verde en una mano, cogido a modo de cucurucho, y casi media barra de pan en la otra. Al acercarse observo que el pimiento, al que se le ha quitado la parte del tallo y las semillas, está lleno de aceite de oliva. En él el oficiante va untando el pan alternando con mordiscos al propio pimiento conforme va disminuyendo el nivel del aceite. ¿Puede haber algo más minimalista y moderno? Lo dudo.

Plaza de Guisar, en frente estaba el solar al que llamábamos "La huerta Maza". Foto de el padre Castell, gentileza de Paco Molina.


Pero volvamos al tema. Después de la merienda, cuando el sol ya aflojaba un poco, llegaba el plato fuerte: El  partido de futbol. Y entonces era cuando los menos dotados para el deporte nos dejábamos de fantasías y pasábamos a ocupar el lugar que realmente nos correspondía en la escala social: el último. Una pareja de los que se autoproclamaban mejores, aunque a veces solo eran los más gallitos, lo que a efectos de escalafón venía a ser lo mismo, echaban pies y empezaban a elegir alternativamente a los miembros de cada equipo. Al final siempre quedábamos los mismos. Y entonces llegaba uno de los momentos más humillantes que un ser humano puede vivir:

 – Venga – decía uno de los capitanes –  te doy a estos tres y me quedo con el flaco.
 – Vale. – zanjaba el otro.

Yo estaba entre los tres.
Un diálogo similar a este supongo que habría sido habitual en los mercados romanos de esclavos cuando  se remataba un trato.

A pesar de todo, incluso los que jugábamos de relleno, pasado ya el mal trago de las alineaciones, vivíamos aquellos interminables partidos con verdadera pasión. Apurábamos hasta que ya no se veía ni la pelota. Solo entonces nos despedíamos emplazándonos para el día siguiente y nos íbamos a casa a cenar, resudados y con la cabeza llena de las historias que habíamos oído, de las jugadas que habíamos hecho, de los goles que habíamos metido.  De aquella segada que le hice al delantero del equipo contrario y que mereció aquel “bien hecho Puertas”, de mi capitán, que me hizo sentir por una vez  parte importante del equipo y que paladearía tantas veces aquella noche, y muchas otras noches, mientras caía rendido soñando con futuras jugadas. Jugadas que mi mente hilvanaba con mucha mayor gracia que mis piernas.  Quien sabe, quizá al día siguiente podría rozar otra vez la gloria. Aun quedaba tanto verano por delante.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Correr y vacacionar: una combinación perfecta


Lo que preveía un mes entero sin correr se ha debido quedar en unos veinte o veinticinco días como mucho. No lo se exacto porque ya hace un tiempo (no se cuanto, claro) que en este asunto decidí olvidarme de estadísticas, calendarios, gps, relojes, etc. En lo que se refiere al resto de quehaceres cotidianos no he podido liberarme hasta ese punto, ni creo que pueda en un futuro próximo. 

El tema es que a partir del día 15 o así con eso de que no hacía demasiado calor empecé a notar que ya había descansado bastante. Así que nada, me eché a correr día si día no como de costumbre. Pero lo que no me imaginaba era que los diez días de vacaciones "oficiales" que hemos pasado perdidos (¡sin cobertura!) en un recóndito paraje de la ribagorza se iban a convertir en uno de los periodos más intensos de mi breve historia correcolari. En total creo que fueron 7 los días que salimos a correr puntualmente a las 8 de la mañana. Todo sin planificar nada. Simplemente nos levantábamos y nos tirábamos al monte porque nos lo pedía el cuerpo. Unos días con mi mujer. Otros con mi amigo Reynaldo. Y la mayoría los tres juntos. Josíta, la mujer de Reynaldo, también salía, pero no se atrevía a acompañarnos porque de momento se conforma con salidas algo más cortas. El año que viene ya iremos todos juntos. Seguro.

Uno de los momentos cumbres del día: después de correr y ya bien aseados no hay nada como un desayuno potente, variado y en buena compañía. Para más inri Josita, que llegaba antes a casa, nos hacía gofres y tortitas, cuyo aroma mezclado con el del café y las tostadas era capaz de sacar la cama hasta al más camastrón. Algo espectacular.
El resto del día lo pasábamos entre la piscina, el tenis, el bádminton, que casualmente alternábamos con el visionado de los partidos de la campeona Carolina Marín, y como no, planificando lo que íbamos a hacer para comer y cenar. En eso también andábamos bien surtidos: entre los arroces y las migas de Julio, el pollo al chilindrón y la tortilla de bacalao  de su mujer, Jose, y la fideuá y el conejo con ajaceite que nos preparó la mía, entre otras viandas, fuimos capeando la semana bastante bien, la verdad. Por no hablar de las barquillas de tomate rosa que nos fuimos administrando a diario bien de aceite y ajo. Yo, modestamente, también contribuí  un par de días con el gazpacho y el puré de calabacines, fáciles de hacer pero resultones también.
Y ya por la tarde, después de la obligada siesta, llegaba la hora de la música. Por si fuera poco todo lo demás tuve el privilegio de pegarme toda una semana con Julio y Reynaldo, grandes músicos y amigos. ¡que manera de tocar y cantar!
Para rematar la faena por las noches Rey nos preparaba unos mojitos de ron cubano impresionantes. Solo alguien nacido en el caribe sabe hacerlos así. Y cantar así.

El último día decidimos hacernos una foto de grupo en las escaleras de la casa poniendo caras raras. Nótese la mirada  de los adolescentes de la parte derecha como diciendo: ¿qué hemos hecho para tener unos padres así?

Creo que a medida que he ido escribiendo, los pies de foto se  han ido apoderando de el texto en si. Pero da igual, lo que está claro es que  sin el complemento de la corrienda mañanera no hubiera disfrutado tanto de esos días ni hubiera acabado tan en forma y satisfecho como me encuentro ahora. Ahí queda eso.

martes, 12 de agosto de 2014

Correr, placer intelectual. Un artículo de Mario Vargas Llosa (1979)

Gracias a Natalia una colega blogera, he encontrado este artículo escrito en 1979 por Mario Vargas Llosa sobre el asunto del correr. Como me ha parecido muy interesante lo transcribo a continuación. Me he permitido añadir a pie de página unas cuantas anotaciones en las que expreso mi opinión sobre algún punto concreto del texto.

Portada de la revista Jogging. Con M. Vargas Llosa y Miguel de la Cuadra Salcedo corriendo por el paseo de la Concha de San Sebastián. En la España de aquella época, finales de los 70, "jogging" y no "running" era el nombre "fino" que se le daba a esto de la corrienda.

Correr, placer intelectual (M. Vargas Llosa 1979)
Comencé a correr hace cinco años, cuando me di cuenta de que mi único ejercicio diario consistía en cruzar una docena de veces los cinco metros que mediaban entre el escritorio y la cama. Un amigo deportista me convenció de que los resultados de ese régimen de vida serían la obesidad, para empezar, y el ataque de miocardio para terminar, pasando por variados anquilosamientos. Fue sobre todo lo de la obesidad lo que me persuadió, pues siempre he creído que la gordura es una enfermedad  mental.(1)

Corrí al principio en un estadio que estaba cerca de mi casa. El primer día intenté dar una vuelta a la pista de atletismo —cuatrocientos metros— y tuve que pararme a la mitad, asfixiado, con las sienes que reventaban y la certeza de que iba a escupir el corazón. Poco a poco, sin embargo, fui saliendo de ese estado físico calamitoso y alcanzando los niveles aceptables establecidos por un método conocido. Llegué a correr mil seiscientos metros, en menos de ocho minutos. Corría cuatro o cinco veces por semana, temprano y aunque los primeros meses sentía un aburrimiento y pereza, luego me fui acostumbrando, después apasionando y ahora soy un adicto al deporte.
Los resultados de las carreras matutinas fueron múltiples, todos benéficos. Es cierto que se trata del más rápido sistema para adelgazar sin hacer esas dietas que destrozan los nervios y ennegrecen la vida y una cura fulminante contra el cigarrillo —fumar y correr son vicios incompatibles—(2) y también que toda persona que corre se ríe a carcajadas de los humanos que sufren de insomnio o de estreñimiento porque duerme a pierna suelta y tiene un estómago que funciona como reloj suizo (3). Pero no son esos los principales méritos.
Superado ese periodo inicial en que el cuerpo se pone en condiciones y adapta la rutina, correr deja de ser algo que se hace por obligación, terapia, vanidad, etcétera, y se convierte en un formidable entrenamiento, en un placer que, a diferencia de los otros, casi no exige riesgo ni causa estropicios.
Aunque las cosas han cambiado algo, todavía subyace en nuestros países la convicción de que los seres humanos se dividen en inteligentes y deportistas, que el desarrollo de la mente exige, o poco menos, el sacrificio del cuerpo (y viceversa).
Este fantástico prejuicio llevó a cabo, en efecto, una disociación real. Desde hace siglos, en Occidente, el hombre es orientado desde la cuna en una dirección o en la otra, al extremo de que ha llegado a tener cierta justificación el que los atletas piensan en los intelectuales como unos risibles mamarrachos físicos y el que para estos aquellos carezcan de sesos. Reintegrar esos dos aspectos de la experiencia humana, que nunca debieron escindirse, es una de las cosas que están por hacerse. Costará trabajo, pero hay indicios —a medida que las pistas, parques, playas, carreteras se llenan de corredores— de que no es imposible. (4)
Tarde o temprano la gente tendrá que convencerse que, como leer un gran libro, correr —o nadar, patear una pelota, jugar al tenis— es, también, una fuente de conocimiento, un combustible para las ideas y un cómplice de la imaginación. 

(1) Discrepo totalmente. No creo que la "gordura" (o la obesidad) sea una enfermedad mental. Conozco a gente de todas las tallas y no veo que haya ninguna vinculación entre lo que pesan y su estado mental. 
(2) Es cierto que debe ser muy difícil correr si te fumas una cajetilla al día, pero de ahí a que sea totalmente incompatible... Conozco al menos tres casos cercanos de maratonianos  en activo que siguen fumándose un par de cigarritos al día y como si nada. 
(3) También me parece algo exagerado eso de que el correr sea la panacea contra el insomnio, el estreñimiento, etc. Al menos esa es mi experiencia. Igual  no he alcanzado la dosis adecuada.
(4)  En este aspecto creo que es evidente que las cosas han cambiado en estos últimos 30 años. Aunque los estereotipos siguen funcionando: solo tenemos que ver un telediario para comprobar la diferencia entre una cumbre de mandatarios y la sección dedicada al fútbol. Ahora me da la impresión de que los polos que se describen en el texto han cambiado, o mejor dicho, han vuelto al sitio que siempre han tenido desde la antigua Grecia: en un lado se concentra la gente con un nivel cultural  medio-alto y que invierte tiempo (y dinero) en mantenerse en forma y en el otro los que no han tenido las mismas oportunidades y bastante hacen con seguir tirando para delante. En cualquier caso me parece que esa clara disociación de la que habla el autor no refleja  la realidad actual.

sábado, 9 de agosto de 2014

10 cosas que no soporto del Facebook

Si te parece tan insoportable - pensaréis- ¿por qué no te das de baja y punto?   Pues sí. Sería lo más coherente. Como también lo sería bajar la tele al trastero, quitarme del teléfono, del adsl, del móvil, y en última instancia irme a  un pueblo abandonado de la montaña y empezar una nueva vida cultivando un huerto. Todo eso sería lo que tendría que hacer si no fuera porque estoy enfangado hasta las trancas en este  hipertecnológico y deshumanizado primer mundo en el que me ha tocado vivir. Dicho esto, sigo donde lo dejé:



10 cosas que no soporto del Facebook*

  1. La ambigüedad del "Me gusta". Cuando alguien enlaza una noticia del tipo: "Estrepitoso fracaso de la selección en el mundial de fútbol", si haces click en "Me gusta" ¿significa que te gusta el artículo o que te alegras del hundimiento de la armada española? A mi en muchos casos no me queda claro.
  2. La ausencia del botón "No me gusta". Yo creo que este botón no lo ponen porque si lo pusieran se usaría más que el otro. Y entonces igual había que añadir la categoría de "enemigos" y quizás la cosa acabaría como el rosario de la Aurora. O sea que tenemos que conformarnos con esta versión "edulcorada" de red social, en la que decirle a alguien que no te gusta lo que pone exige un esfuerzo mucho mayor que decirle que "te gusta" o no decirle nada. Y claro, con lo comodones que somos, el triunfo del "buenísmo" está asegurado.
  3. La banalización de la amistad. Cuando te metes en esta red empiezas tímidamente añadiendo o aceptando como amigos sólo a los que tu piensas que lo son realmente, pero cuando ves que esos amigos tienen cientos de "amigos" mientras que tu solo tienes siete, contando a la familia, empiezas a aceptar a cualquiera que te lo pida aunque no lo conozcas de nada. No vaya a ser que piensen que eres un antisocial. Y a partir de ese momento empieza el desmadre y se da el hecho curioso de que te cruzas por la calle con "amigos del facebook" a los que ni siquiera saludas aunque te los topes de frente, porque al fin y al cabo no tienes nada que decirles. Ni ellos a ti.
  4. Los que intentan mostrar al mundo constantemente lo felices que son. "Mira que zumos recién hechos y que cruasanes nos estamos desayunando en esta terracita  con vistas del mar".  Me dan ganas de contestar: "Mira que polvo acabamos de echar en casa". (Foto borrosa de la habitación con la cama hecha unos zorros. Tras la ventana se vislumbra el letrero del Carrefour)". Ni en el Resort más exclusivo te aseguran un despertar así. Jeje.
  5. Lo de los cumpleaños. Esto es una norma que me he auto-impuesto: Jamás felicito a nadie en el Facebook a quien no felicitara antes por teléfono o en persona. Esto está relacionado con el punto 3. ¿Que sentido tiene felicitar  por su cumpleaños a alguien que ni siquiera sabe lo de la última vez que pasaste por quirófano, ni se ha enterado de lo de tu cuñado, ni sabe casi nada de tí y viceversa?
  6. Los cartelitos con frases ingeniosas,  emotivas,  etc. Sí, ya se que muchas son bienintencionadas y algunas incluso muestran  enseñanzas o consejos interesantes  y útiles. Pero  la inmensa mayoría son auténticas ñoñerías solo aptas para adictos a los libros de autoayuda.  Un rollo vaya.
  7. Los videos graciosos, extraños, sorprendentes, etc. Más de lo mismo. Solo que  exigen mucho más tiempo que los cartelitos. Yo directamente no los abro. Salvo quizá uno de cada veinte.
  8. El saber lo que está escuchando alguien en spotify. Me parece muy bien que cada cual tenga sus gustos musicales. ¿Pero que me importa a mi que Pepito Perez esté repasando la discografía completa de "Los chunguitos"? 
  9. Las fotos de vacaciones. En el principio fueron los álbumes de fotos con los que atormentábamos a las visitas con los detalles más nimios de nuestro último viaje. Luego vinieron las diapositivas, mas o menos lo mismo pero en pantalla grande. Luego los interminables reportajes digitales que pasábamos por la tele o el ordenador. Y ahora, sin que tengas que moverte de casa, ya lo puedes ver todo por el facebook. Por suerte, aun siendo algo intrínsecamente soporífero,  el facebook  tiene la ventaja respecto a lo de antes, de que con un  simple "Me gusta" quedas bien y no hace falta cascarse el reportaje entero. Pero no hay que confiarse. Cualquier día te encuentras en persona al intrépido viajero dispuesto a regalarte un pase personal y comentado con el móvil. ¿Creías que te ibas a librar así como así o qué? ¡Inocente!
  10. El tiempo perdido en filtrar el contenido de los puntos del 4 al 9. Finalmente lo que realmente sucede después de pegarnos una sentada ante el ordenata o con el móvil en la mano, es que hemos pasado una considerable cantidad de tiempo enganchados al facebook simplemente haciendo scroll: Poco más o menos lo que hacíamos y seguimos haciendo con el zapping: La eterna búsqueda  de algo que realmente nos interese o nos distraiga entre tantas cosas que ni nos van ni nos vienen. Aunque, ahora que lo pienso, quizá ahí radique el éxito de este diabólico invento: que nos hace pasar ratos y ratos evadidos de la realidad. Como la tele.

*Advertencia final importante: Todos los personajes y situaciones que aparecen en este decálogo son ficticios aunque están basados en hechos reales.  Y lo más importante de todo: tengo que confesar que yo mismo incurro habitualmente  en todas las conductas "que no soporto" descritas en los puntos 4 al 9 y las sufrirán mis amigos, mis otros "amigos" y el público en general. ¡Qué le voy a hacer! Espero al menos que algún alma pura pueda sacar provecho de todo esto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Vacaciones de correr.

Nunca había disfrutado tanto del correr como estos días que llevo sin calzarme las zapatillas. Me explicaré. A lo tonto  hace ya casi 5 años desde que me eché a correr allá por el 2009 y salvo dos o tres semanas que estuve con unas molestias en la pierna izquierda y que me obligaron a bajar mucho el ritmo no había pensado en ningún momento en un descanso tan largo. Pero ha llegado la hora.

Para los que nos hemos iniciado no hace mucho en esto del correr lo de dejar de entrenar durante más de una semana se nos antoja algo así como para un ex-fumador echarse un cigarro después de 5 años sin fumar. Un peligroso síntoma de debilidad que tememos pueda ser el principio del fin. Pero no parece que haya que alarmarse tanto. Lo del cigarro,  no lo pruebo por si acaso, pero lo del descanso cada vez estoy más convencido de que es algo recomendable de vez en cuando.

Este año ya me lo estaba tomando de por sí con mucha calma, pero lo de pegarme un mes entero sin sudar la camiseta es algo que he decidido esta misma semana, cuando llevo casi  diez días sin  correr. El mes de julio lo empecé con pocas fuerzas pero con intención de preparar la maratón de Zaragoza como el año pasado. Sin embargo las cosas se han ido complicando por diversas causas hasta que a mediados de mes desistí ya de apuntarme a la carrera. Estoy de vacaciones desde el lunes y lo lógico hubiera sido salir a correr por la mañana al menos un par de días. Pero nada, cada vez que se me pasaba por la cabeza me daba media vuelta y seguía remoloneando entre las sábanas. Al principio me remordía  bastante la conciencia, pero poco a poco la idea  de relajarme durante todo un mes empezaba a fraguarse hasta que como digo he tomado la decisión formal.

Y lo que empezaba a ser una entrega bochornosa al pecado de la pereza se ha convertido en una saludable y gozosa reafirmación de mi libre albedrío: me tomo un descanso porque me da la gana. ¡Ah que placer! Es curioso como un simple cambio de enfoque puede dar un giro de 180º a una situación.

Mis viejas Mizuno.  Las compré en 2010  y las sigo utilizando. Y lo que les queda.

Mentiría si dijera que antes de tomar esta decisión no he consultado la opinión de otra gente en internet, donde hay por supuesto para todos los gustos. Personalmente me he quedado con este post, que mas o menos se adapta a la idea que yo tenía. Esto es por otra parte  lo que solemos hacer cuando buscamos algo en la red: encontrar a alguien que nos de la razón. Así somos. O así soy yo, por lo menos.

Vuelvo a la primera frase por si no ha quedado claro. No es que no me lo haya pasado bien corriendo a lo largo de estos años, pero encontrarme con unas vacaciones deportivas, que ni siquiera había planeado, me está sentando de lujo. Espero volver en septiembre con fuerzas renovadas. 


jueves, 17 de julio de 2014

Los móviles y otros grandes avances de la telefonía.

El otro día, mientras  esperaba el tranvía, me encontré de frente con uno de los efectos colaterales más perniciosos de la tecnología móvil: Un tipo solo hablando a voz en grito y gesticulando como si estuviera en el plató de “Sálvame”. Un espectáculo de por sí bochornoso. Pero con la peculiaridad de que a menos que uno esté muy cerca del individuo en cuestión, no se sabe a ciencia cierta si el pobre diablo es un enajenado mental en pleno diálogo interior, lo cual lo exculparía de todo cargo, o lo que desgraciadamente es más habitual, un maleducado integral que, a falta de nada mejor que dar al mundo, pretende hacer creer a quien se encuentre en un radio de 25 metros que su ajetreada vida le exige estar en todo momento conectado al manos libres, no vaya a ser que se hunda la bolsa por no haber atendido a tiempo una llamada. Patético.

Este episodio me hizo recordar otro ocurrido allá por los años 90, cuando los móviles todavía no existían. Por circunstancias había puesto mi piso en alquiler. En el anuncio del periódico figuraba lógicamente el teléfono fijo. En aquellos tiempos el contestador automático todavía no era afortunadamente un servicio prestado amablemente por la compañía telefónica quieras que no, sino  que consistía en un aparatito que enchufabas cuando querías y cuando no pues lo apagabas. Yo tenía uno. ¡Que tiempos!

Un contestador automático de los años 90. En su momento fue una revolución. No creo que, salvo Paqui y alguna otra mente preclara, nadie imaginara en aquella época lo que estaba por venir.

El caso es que tras varios días sin aparecer por casa nos acercamos mi amigo Joaquín y yo a ver si había alguna llamada interesándose por lo del piso. Le dimos al "play" y escuchamos las grabaciones. Había bastantes. Muchas sin interés. Pero la que nos hizo reir y nos conmovió al mismo tiempo y hoy todavía recordamos bastante a menudo, es la que intentaré transcribir a continuación:

-Click
-Este es el contestador automático del 97431... , si quiere dejar algún mensaje hágalo después de la señal. (Esto es lo que oiría más o menos la persona que dejó el mensaje)
-
-
- piiiiiiiip
-
- Cloing Cloing (ruido de monedas tragadas por el aparato de una cabina telefónica)
- ¡! (Alboroto que denota dos o tres mujeres dentro de la cabina)
- ¡Oigaaaa! (Con voz suplicante y un tanto descompuesta)
- ¡pero no ves que no hay nadie, Paqui, que es un contestador de esos! (La que asesora a Paqui por detrás)
- ¡Hostia puta, pues se me ha tragao una moneda de 500!
- ¿Que has echao cien duros? ¿No tenías na más pequeño o qué?
- ¡No, no tenía otra cosa joder! (aumenta el alboroto en el hábitáculo)
- ¡Pues dí algo Paqui!
- ¡Qué voy a decir...no ves que es una máquina!
- ¡Ayyyyyyyyy! (Voz lastimera, casi un llanto)
- ¡Esto es la perdición del ser humano! (con la misma voz lastimera)
- click
-
- tu tu tu tu tu.. (Han colgado el teléfono)

Desde ese día la última frase de Paqui se ha convertido para mi amigo Joaquín y yo casi en un mantra, un comodín que usamos habitualmente y que cuando estamos juntos surge al unísono cuando nos topamos con cualquiera de los múltiples desatinos que lleva aparejados el vertiginoso progreso tecnológico en el que  intentamos sobrevivir día a día.

¡Ah Paqui! ¡Cuantas veces nos hemos acordado de ti! 

martes, 20 de mayo de 2014

La fiebre de las carreras "populares". Una adicción que tiene cura.

Desde hace un tiempo lo de las carreras "populares" se está convirtiendo en un fenómeno que empieza  a ser ya un pelín agobiante. Es casi imposible encontrar un fin de semana en el que no se celebren  dos o tres carreras a tiro de piedra de dondequiera que uno esté. Un sinvivir. Este inusitado auge está ligado claramente a la gran cantidad de personal que, con buen criterio, cada vez más decide echarse a correr en vez de dedicarse a otras prácticas deportivas menos eficientes y, a priori, bastante más caras. Y ahí viene el problema, cuando uno cree que se ha librado por fin de la cuota del gimnasio o de la del club de padel, resulta que echas cuentas y con lo que te gastas en inscripciones a carreras varias y demás, te sale la torta un pan. Porque esa es otra. En teoría el adjetivo "popular" haría referencia a que tales carreras deberían ser o bien gratuitas o tener unos precios de inscripción cuando menos asequibles para todo el mundo. Pero de eso nada monada.  Si quieres ponerte un dorsal lo tienes que pagar y bien pagado. Pero bueno, en este mundo hay gente para todo y al que le apetezca dejarse los cuartos en este concepto, pues allá él. Para los que, como yo, piensan que esto se está convirtiendo cada vez más en un descarado sacaperras, que no cunda el desánimo:

Esta "fiebre", que se caracteriza por sentir una necesidad irrefrenable de apuntarse  a cuantas más carreras mejor, tiene cura. Salvo en algunos casos severos que se convierten en crónicos, conozco algún ejemplo escalofriante,  suele remitir sin tratamiento alguno al cabo de un tiempo que puede oscilar entre 12 y 48 meses sin mayores secuelas.

No se si mi caso particular será muy representativo, pues como soy de natural poco gastador, digamos que pillé el virus ya medio vacunado y la calentura no me llegó a atacar con demasiada  virulencia. Probablemente también la edad, empecé en esto con 47 tacos, y un estado físico de lo más corrientucho contribuyeron a que la cosa no se desbocara demasiado. Pero vaya, aun  teniendo en cuenta que  cada uno es como es, espero al menos que mi experiencia pueda servir de algo a aquellos o aquellas que están atravesando ahora lo más agudo de este singular proceso febril.

En esta gráfica se resumen agrupadas por años las carreras "populares" en las que he participado desde que me eché a correr en 2009. Los datos detallados pueden verse en la hoja Mis carreras de este blog.

Como puede verse en la gráfica anterior, la fase "aguda" de mi adicción a las carreras populares se produjo en el año 2011. A partir de ahí la cosa empieza a remitir rápidamente hasta este mismo año, 2014, en el que he puesto "1"  porque me imagino que alguna correré, aunque es algo todavía no tengo nada claro.

Lo que si tengo claro es que mientras el cuerpo me lo permita seguiré echándome a correr dos o tres veces por semana. Disfrutando metro a metro de los beneficios de este deporte. Sin compromisos. Sin más metas que las que yo me imponga en cada momento. Y si me apetece apuntarme a una carrera, pues me apuntaré, aunque eso sí... muy a huevo me lo tienen que poner.

jueves, 15 de mayo de 2014

El sarrio de Wall Street

Hace unos años conocí a un hombre que había amasado una considerable fortuna jugando a la bolsa. A mi eso de la bolsa siempre me ha parecido una cosa bastante enigmática y desde luego completamente ajena a mi talante precavido y poco lanzado para los negocios. Lo que más llamaba la atención de este personaje es que no era ni mucho menos un profesional de las finanzas. Ni siquiera creo que tuviera estudios más allá de la primaria. Eso si,  tenía un instinto especial para invertir en el valor adecuado en el momento justo. O sea, sabía jugar a la bolsa. Y ganaba. Ganaba mucho.

Aunque había oído en alguna ocasión hablar de él  lo conocí ya jubilado de su profesión de chófer al servicio de un organismo oficial. Ni en su puesto de trabajo ni en su vida privada hizo nunca ostentación de su desahogada situación económica. Hasta el último día de servicio estuvo llevando de aquí para allá a funcionarios, algunos de alto rango, que ni en sueños llegarían a tener lo que el bueno de su subalterno había ido  acumulando a lo largo de los años, en sus ratos libres. Más de uno de aquellos viajeros, sabedores de su don, le preguntaban tímidamente que opinaba sobre tal o cual valor, a lo que el respondía sin dudar con algún taxativo "compra" ó "no me gusta" que eran seguidos a pies juntillas por el agradecido jefe como si hubieran sido asesorados por el mismísimo presidente del Banco de España.



El único capricho que se permitió fue una sólida casa de piedra que se construyó para pasar la vejez en su pueblo de toda la vida. Allí me llevó un día un compañero de trabajo que lo había tratado bastante y estuvimos charlando un rato. Cuando nos íbamos, medio en broma,  mi amigo le dijo que de qué le había servido ganar tanto dinero, para qué tanto sacrificio, tanto trabajar y tanto ahorrar  si al final la que se lo iba a gastar todo iba a ser su hija, que era su única heredera. Aun recuerdo su risotada y la respuesta que nos dio con aquel acento de aragonés rudo: ¡JAJAJA! ¡No creo que mi hija disfrute tanto gastando como he disfrutado yo ganándolo! 

Y allí lo dejamos, cortando leña para pasar el invierno.


jueves, 1 de mayo de 2014

La selva de Zaragoza


En otras ocasiones ya he comentado que Zaragoza es un secarral  atravesado por un gran oasis lineal que es el río Ebro y  sus riberas. Si, también están el río Gállego y el  Huerva  y el Parque Grande y el Parque del Agua, aunque este último está integrado dentro de lo que es la propia ribera del Ebro. Todas estas zonas y alguna otra, son las que aportan la humedad necesaria para que la vida por estos lares sea algo llevadero y hasta agradable en muchos momentos.

Esta mañana, en una de las salidas habituales con mis compañeros corredores del grupo 7:45 hemos pasado por lo que llamamos "La selva". Se trata de una senda de aproximadamente  kilómetro y medio que atraviesa una parte del frondoso bosque de ribera del galacho de Juslibol. Es sin duda mi tramo favorito. Se siente uno como en plena selva tropical. Y ya en primavera, la sensación es espectacular. Hoy he intentado capturar algo de esa magia con mi teléfono. Aunque la imagen no es muy buena, el sonido si da una idea de lo que es estar allí en ese momento.


¡¡Imprescindible activar el sonido!!

A poco más de 3 km de Zaragoza se encuentra el galacho de Juslibol. Un espacio natural único. Adentrarse en  sus sotos por las sendas que  lo atraviesan es un experiencia de lo más recomendable. Y si es a primera hora de la mañana, mucho mejor.

martes, 11 de febrero de 2014

El asombroso caso del viejo chandal rojo

Por primera vez desde que me eché a correr hace cuatro años, estaba lesionado. Llevaba tres semanas con molestias en la rodilla izquierda. Durante las dos primeras hice un par de intentonas pero nada,  no pude correr más de 4 o 5 km seguidos. Tenía que parar y seguir caminando casi a la pata coja. Afortunadamente la semana pasada  salí un par de días  muy despacio y aguanté tres cuartos de hora sin notar dolor. Así que este sábado que estaba en Barbastro decidí probar si todo iba bien y me lancé a la calle a primera hora

No hacía demasiado frío pero el cielo estaba cubierto y caía alguna gota. Nada serio aparentemente. El problema era que me había dejado mi equipación de invierno, mallas y chaquetilla cortavientos, en Zaragoza. O sea que no tuve mas remedio que recurrir a mi viejo chándal John Smith, de hechuras anchas y algodón gordo, que me regaló mi mujer a mediados de los 90 y que tengo en el pueblo para estar por casa en invierno.  Pues nada,  bien abrigado aunque con unas  pintas poco aerodinámicas, puse rumbo a la Boquera.

A la altura del instituto las gotas dispersas se habían convertido ya en un suave chirimiri. Por allí visualicé a un corredor  que iba por delante y  llevaba un ritmo, increíblemente, más lento que el mío. Le dí caza y me puse a darle palique, como es mi costumbre. Mis explicaciones sobre lo extraño de mi indumentaria no parecieron convencerle demasiado. Cogió la primera escapatoria que vio con la excusa, sospecho que inventada, de que iba a hacer monte. No lo culpo.

Algo decepcionado por aquella incipiente relación tan tempranamente truncada, seguí a lo mío. Me sentía bastante bien y la rodilla no amagaba con manifestarse. Eso si, el chirimiri empezaba a ser una llovizna persistente, pero para lo que quedaba hasta el km cinco... tampoco era cuestión de quedar mal. 

Ya de vuelta fui avivando el ritmo pensando en mojarme lo menos posible, pero cada vez tenía que pasarme la mano por la cara con mayor frecuencia, como un limpiaparabrisas, para poder ver algo. Por suerte mi entrada en el casco urbano, ya iba como un auténtico eccehomo, pasó bastante desapercibida: lloviendo y a esas horas de la mañana no se veía a casi nadie. Llegué a casa satisfecho por haber corrido una hora con buenas sensaciones, pero con varios litros de agua infiltrados en mi ultra absorbente atuendo deportivo.

Y ahí llegó la sorpresa. Cuando me quité la empapada chaqueta comprobé asombrado que la camiseta técnica que me había puesto debajo estaba completamente seca. Y eso que era de las que regalan. Atribuí esa sorprendente sequedad a las propiedades de esos tejidos de poliester. Pero cuando eché un vistazo y toqué la chaqueta del chándal por dentro vi que estaba tan seca  como la camiseta. Eso si que me pareció realmente asombroso. ¿No habíamos quedado en que la ropa de algodón normal y corriente cala cuando se moja? Eso de mantenerte seco cuando corres bajo la lluvia, ¿no estaba reservado a prendas "técnicas" de gama alta  y por consiguiente muy, muy caras?  No entiendo nada.

miércoles, 15 de enero de 2014

Un golpe bajo

El día de Navidad murió Germán Coppini. El alma de Golpes Bajos, uno de los grupos claves de la movida de los 80. Germán fue, en mi opinión, el cantante y letrista más personal de aquella época. 

De siempre me ha gustado la música, aunque nunca he sido en absoluto mitómano, ni con la música ni con nada en general.  Nunca llegué a tener tocadiscos. Si, me compré algún cassette, de Dire Straits, de Pink floyd, me grabé alguna cinta, de los Beatles, de Elvis, de Police, etc.  Mas tarde, en el año 86, me hice con una minicadena Pioneer en Escala. Es la que tengo todavía en el salón de mi casa, aunque no funcionan ni las pletinas, ni falta que hacen, ni el cd, eso ya me fastidia un poco más. Si alguna vez me da por poner algún disco, cosa que sucede rara vez, utilizo el dvd que tengo conectado a la misma. Estos antecedentes pueden dar una idea mi condición de melómano: de perfil bajo tirando a muy bajo.


Esta foto debe ser de los años 80. Antes de Golpes bajos, Germán Coppini ya había formado parte de Siniestro Total. Creó un estilo único en el que sus letras tristes, intimistas, lloradas más que cantadas, se acoplaban insólitamente bien con ritmos funkys, o salseros, creando una atmosfera realmente peculiar.

Y todo esto para decir que si tuviera que elegir a alguien que de verdad me ha conmovido con su música y sus canciones, ese sería Germán Coppini. Nunca lo vi en directo. A penas supe nada de él desde que dejó Golpes Bajos. Pero el único disco, de los pocos que guardo, al que le tengo algún apego, el único cuyas canciones he grabado primero en cassette, después en  mp3 y ahora llevo todavía en el móvil, es el doble CD recoplatorio de Golpes Bajos (Todas sus gabaciones 1983-85) publicado en 1990. Imprescindible.

Mi posesión discográfica más valiosa. Y casi la única.



Malos tiempos para la lírica. Una de sus canciones más emblemáticas que mantiene hoy toda su frescura.