sábado, 19 de noviembre de 2011

El efecto del prado verde. (The green meadow effect)

Cuando paseo por el pirineo, sobre todo en primavera, me suelo quedar prendado de los verdes prados que tapizan casi todo el paisaje. Parecen competir entre ellos en  belleza y frescura. Me cuesta mucho decidirme, es mi naturaleza, pero al final elijo uno que, curiosamente, nunca es el mas cercano. Pero vale la pena. Es sin duda el prado perfecto. Parece de terciopelo. Retozar en su hierba mullida y fragante debe ser como estar en el paraíso.

Corro hacia él ansioso y cuando llego me tumbo boca arriba con los ojos cerrados. La felicidad soñada.



Al cabo de un rato el suave lecho sobre el que reposo empieza a mostrar algunas irregularidades que empiezan a incomodarme levemente. Alguna piedrecilla traviesa. Nada grave.

El picotazo de un tabano en plena pantorrilla ya me molesta un poco más. Además no había calculado bien el grado de humedad y tengo el pantalón empapado. Al levantarme me clavo un pincho en la palma de la mano que acaba de romper el hechizo. Menos mal que por centímetros no he pisado una plasta de vaca de tamaño  familiar  que está haciendo las delicias de una multitud de insectos y bichejos de todo tipo. Que asco. Yo me largo de aquí. 

Entonces levanto la vista y lo veo. Está justo al lado del camino por donde había pasado a primera hora de la mañana. Cómo no me había dado cuenta. Es el prado perfecto.
Este sí.
Definitivamente.